A través del espejo·Episodio 19

¿Quién lo soñó?

~4 min · 753 palabras

Su Majestad no debería ronronear con tanta fuerza —le dijo Alicia al gatito, frotándose los ojos y dirigiéndose al animal con respeto, aunque con cierta severidad—. ¡Me has despertado de un sueño... tan bonito! Y tú has estado conmigo todo el tiempo, Minina... por todo el mundo del Espejo. ¿Lo sabías, tesoro?

Es una costumbre sumamente incómoda de los gatitos (Alicia ya había hecho la observación en cierta ocasión) que, les digas lo que les digas, siempre ronronean. «¡Si al menos ronronearan para decir que sí y maullaran para decir que no, o alguna regla por el estilo —había dicho la niña—, una podría mantener una conversación! Pero ¿cómo puede hablarse con alguien que siempre dice exactamente la misma cosa?».

En esta ocasión el gatito se limitó a seguir ronroneando: y resultaba de todo punto imposible adivinar si quería decir que sí o que no.

De suerte que Alicia se puso a buscar entre las piezas de ajedrez sobre la mesa hasta encontrar a la Reina Roja: luego se arrodilló sobre la alfombra del hogar y puso frente a frente al gatito y a la Reina para que se mirasen. —¡Vamos, Minina! —exclamó batiendo palmas en son de triunfo—. ¡Confiesa que fue en esto en lo que te convertiste!

(«Pero no quiso mirarla —contó más tarde, al explicárselo todo a su hermana—: volvió la cabeza hacia otro lado fingiendo no verla; pero tenía un aire un poco avergonzado, así que tengo la certeza de que debió de ser la Reina Roja»).

—¡Siéntate un poco más erguida, rica! —le dijo Alicia soltando una risita cantarina—. Y haz una reverencia mientras piensas qué... qué vas a ronronear. ¡Ahorra tiempo, acuérdate! —Y la tomó en brazos dándole un cariñoso beso—: solo en honor a haber sido la Reina Roja.

—¡Copito de Nieve, ricura! —continuó, mirando por encima del hombro al gatito blanco, que aún se sometía pacientemente a sus abluciones—, ¿cuándo terminará Dinah de asear a Su Blanca Majestad, me pregunto yo? Esa debió de ser la causa de que estuvieras tan desaliñada en mi sueño... ¡Dinah! ¿Acaso sabes que estás frotando a toda una Reina Blanca? ¡De verdad que es una tremenda falta de respeto por tu parte!

—¿Y en qué se transformaría Dinah, me pregunto? —siguió parloteando la niña, acomodándose en el suelo con un codo sobre la alfombra y la barbilla apoyada en la mano para contemplar a los mininos—. Dime, Dinah, ¿te convertiste en Humpty Dumpty? Sospecho que sí... aunque será mejor que no se lo menciones a tus amistades todavía, porque no lo sé de fijo.

—A propósito, Minina, si de verdad hubieras estado conmigo en mi sueño, hubo una cosa con la que habrías disfrutado de veras... ¡Me recitaron tal cantidad de poesías sobre peces! Mañana por la mañana te vas a dar un verdadero banquete. Todo el tiempo que estés tomando el desayuno te recitaré «La morsa y el carpintero», ¡y así podrás imaginarte que son ostras, querida!

—Y ahora, Minina, pensemos quién fue el que soñó todo esto. Es una pregunta de gran seriedad, tesoro, y no deberías seguir lamiéndote la patita de esa manera... ¡como si Dinah no te hubiera lavado ya esta mañana! Verás, Minina: por fuerza tuvo que ser o bien yo misma, o bien el Rey Rojo. Él formaba parte de mi sueño, por descontado... ¡pero es que yo también formaba parte de su sueño! ¿Acaso fue el Rey Rojo, Minina? Tú eras su esposa, querida, de modo que deberías saberlo... ¡Oh, Minina, ayúdame a resolverlo! ¡Estoy segura de que tu pata puede esperar un instante! —Pero la traviesa gatita se puso a lavarse la otra pata, fingiendo que no había oído la pregunta.

¿Y quién creen ustedes que fue?

Una barca bajo el cielo soleado, demorándose en su rumbo soñoliento en un atardecer de julio...

Tres niñas que se arriman junto a mí, con ojos vivaces y oído complacido, felices de escuchar un simple relato...

Hace tiempo que palideció aquel cielo soleado: las voces se apagan y los recuerdos mueren. Las escarchas del otoño han segado a julio.

Y aún me persigue, como una sombra querida, Alicia moviéndose bajo cielos que jamás contemplaron ojos despiertos.

Aún vendrán los niños a escuchar el cuento, con ojos anhelantes y oído presto, y con tierno apego se arrimarán a mí.

En un País de Maravillas reposan, soñando al paso de los días, soñando mientras mueren los estíos:

Flotando sin cesar corriente abajo... demorándose bajo el fulgor dorado... La vida entera, ¿qué es sino un ensueño?

FIN

Fin del Episodio 19 · de 19

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