A través del espejo·Episodio 17

Reina Alicia · I

~12 min · 2470 palabras

—¡Vaya, esto sí que es grandioso! —exclamó Alicia—. Jamás imaginé que llegaría a ser Reina tan pronto... y te diré una cosa, Majestad —continuó en tono severo (era muy aficionada a regañarse a sí misma)—: ¡de ningún modo está bien que andes tirada por la hierba de semejante manera! ¡Las Reinas deben conservar la dignidad, como bien sabes!

De modo que se puso en pie y echó a andar... con paso un tanto envarado al principio, pues temía que se le cayera la corona; pero se consoló pensando que no había nadie que pudiera verla: —Y si en verdad soy una Reina —dijo mientras volvía a sentarse—, con el tiempo sabré gobernarme la mar de bien.

Todo sucedía de manera tan estrambótica que no le causó la menor sorpresa encontrarse a la Reina Roja y a la Reina Blanca sentadas muy cerca de ella, una a cada lado; le habría gustado muchísimo preguntarles cómo habían llegado hasta allí, pero temió que no fuera del todo cortés. Sin embargo, pensó que no habría ningún inconveniente en inquirir si la partida había terminado. —Por favor, ¿tendrían la amabilidad de decirme... —empezó, mirando tímidamente a la Reina Roja.

—¡Habla cuando te hablen a ti! —la atajó con acritud la Reina.

—Pero si todo el mundo obedeciera esa regla —replicó Alicia, que siempre estaba dispuesta para una pequeña discusión—, y una solo hablara cuando le hablaran a una, y la otra persona aguardara siempre a que tú empezaras, comprenderá que nadie diría jamás nada de nada, de suerte que...

—¡Qué disparate! —exclamó la Reina—. Pero ¿no ves, criatura?... —Aquí se detuvo frunciendo el entrecejo, y tras pensarlo un minuto, cambió de pronto el rumbo de la conversación—. ¿Qué quieres decir con eso de «si en verdad soy una Reina»? ¿Con qué derecho te arrogas semejante título? No puedes ser Reina, ya lo sabes, hasta que hayas aprobado el examen correspondiente. Y cuanto antes empecemos con él, muchísimo mejor.

—¡Solo dije «si»! —suplicó la pobre Alicia con voz compungida.

Las dos Reinas se miraron entre sí, y la Reina Roja observó, con un ligero estremecimiento: —Ella dice que solo dijo «si»...

—¡Pero dijo muchísimo más que eso! —se lamentó la Reina Blanca, retorciéndose las manos—. ¡Oh, infinitamente más que eso!

—Vaya si lo hiciste, bien lo sabes —le espetó la Reina Roja a Alicia—. Di siempre la verdad... piensa antes de hablar... y ponlo luego por escrito.

—Tengo la certeza de que yo no quise decir... —comenzó Alicia, pero la Reina Roja la interrumpió con impaciencia.

—¡De eso es precisamente de lo que me quejo! ¡Debiste querer decir algo! ¿Para qué te figuras que sirve una niña que no tiene ningún significado? Hasta una broma debe tener algún sentido... y una niña es más importante que una broma, espero yo. No podrías negarlo, ni aunque lo intentaras con ambas manos.

—Yo no niego las cosas con las manos —objetó Alicia.

—Nadie ha dicho que lo hicieras —repuso la Reina Roja—. Dije que no podrías ni aunque lo intentaras.

—Está en ese estado de ánimo —terció la Reina Blanca— en el que siente ganas de negar algo... ¡solo que no sabe qué negar!

—Un genio desagradable y avieso —sentenció la Reina Roja; y luego sobrevino un silencio sumamente incómodo durante un minuto o dos.

La Reina Roja rompió el mutismo diciéndole a la Reina Blanca: —Te invito al banquete que Alicia celebra esta tarde.

La Reina Blanca esbozó una débil sonrisa y repuso: —Y yo te invito a ti.

—Yo no sabía que fuera a dar ninguna fiesta —dijo Alicia—; pero si va a celebrarse una, me parece a mí que debería ser yo quien invitara a los convidados.

—Te hemos brindado la oportunidad de hacerlo —señaló la Reina Roja—; pero me atrevo a decir que aún no has recibido muchas lecciones de buenos modales.

—Los buenos modales no se enseñan en lecciones —dijo Alicia—. Las lecciones te enseñan a hacer cuentas de sumar y cosas por el estilo.

—¿Y sabes hacer Sumas? —inquirió la Reina Blanca—. ¿Cuánto es uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno?

—No lo sé —confesó Alicia—. Perdí la cuenta.

—No sabe Sumar —decretó la Reina Roja—. ¿Acaso sabes Restar? Quítale nueve a ocho.

—Quitarle nueve a ocho no se puede, bien lo sabe usted —respondió Alicia con presteza—; pero...

—No sabe Restar —dictaminó la Reina Blanca—. ¿Sabes Dividir? Divide una hogaza con un cuchillo... ¿cuál es el resultado de eso?

—Supongo que... —empezó a responder Alicia, pero la Reina Roja contestó por ella—: Pan con mantequilla, naturalmente. Prueba con otra resta. Quítale un hueso a un perro: ¿qué es lo que queda?

Alicia reflexionó. —El hueso no quedaría, por supuesto, si yo me lo llevara... y el perro tampoco se quedaría quieto, sino que vendría a morderme... ¡y tengo la absoluta certeza de que yo tampoco me quedaría allí parada!

—¿Entonces piensas que no quedaría nada de nada? —preguntó la Reina Roja.

—Creo que esa es la respuesta acertada.

—Equivocada, como de costumbre —repuso la Reina Roja—: quedaría el mal genio del perro.

—Pero no veo de qué manera...

—¡Pues fíjate bien! —exclamó la Reina Roja—. El perro perdería el genio, ¿no es verdad?

—Tal vez sí —admitió Alicia con cautela.

—¡Pues si el perro se marchara, su genio se quedaría aquí! —proclamó la Reina en son de triunfo.

Alicia dijo con la mayor gravedad que pudo: —Bien podrían marcharse cada cual por su lado. —Pero no pudo evitar pensar para sus adentros: «¡Qué disparates tan espantosos estamos diciendo!».

—¡No sabe hacer cuentas en lo más mínimo! —sentenciaron al unísono ambas Reinas, con gran énfasis.

—¿Y acaso sabe hacer cuentas usted? —inquirió Alicia, volviéndose bruscamente hacia la Reina Blanca, pues no le hacía ninguna gracia que le encontraran tantos defectos.

La Reina suspiró con desmayo y cerró los ojos. —Sé Sumar, si me das el tiempo suficiente... ¡pero no puedo Restar bajo ninguna circunstancia!

—¿Por descontado que te sabes el abecedario? —preguntó la Reina Roja.

—Pues claro que me lo sé —respondió Alicia.

—Yo también me lo sé —susurró la Reina Blanca—: lo repasaremos muy a menudo juntas, querida. Y te confiaré un secreto... ¡sé leer palabras de una sola letra! ¿Verdad que es portentoso? Con todo, no te desanimes. Ya llegarás a ello con el tiempo.

Aquí la Reina Roja tomó de nuevo la iniciativa: —¿Sabes contestar a preguntas de utilidad? ¿Cómo se hace el pan?

—¡Eso sí que me lo sé! —exclamó Alicia entusiasmada—. Se toma un poco de harina...

—¿Y en qué lugar recoges la flor de la harina? —preguntó la Reina Blanca—. ¿En un jardín o en los setos?

—Bueno, es que no se recoge en ninguna parte —explicó Alicia—: es trigo molido en el suelo...

—¿Y cuántas leguas de suelo tienes que pisar para molerlo? —repuso la Reina Blanca—. No debes omitir tantos detalles importantes.

—¡Abaníquenle la cabeza! —intervino con premura la Reina Roja—. Se pondrá con fiebre tras semejante derroche de seso. —De modo que pusieron manos a la obra y se dedicaron a abanicarla con sendos manojos de hojas, hasta que Alicia tuvo que rogarles que parasen, pues le desbarataban el pelo.

—Ya vuelve a estar bien del todo —declaró la Reina Roja—. ¿Dominas los idiomas? ¿Cómo se dice en francés tonterías y zarandajas?

—Eso de zarandajas no es francés —replicó Alicia con aplomo.

—¿Y quién ha dicho que lo fuera? —espetó la Reina Roja.

Alicia creyó encontrar esta vez una salida al atolladero. —¡Si me dice en qué idioma está zarandajas, le diré cómo se dice en francés! —exclamó triunfante.

Pero la Reina Roja se estiró con gran tiesura y sentenció: —Las Reinas nunca hacen tratos.

—¡Ojalá las Reinas nunca hicieran preguntas! —pensó Alicia para su capote.

—No nos peleemos —pidió la Reina Blanca con tono acongojado—. ¿Cuál es la causa del relámpago?

—La causa del relámpago —respondió Alicia con absoluta resolución, pues de aquello estaba bien segura— es el trueno... ¡no, no! —se corrigió apresuradamente—. Quise decir al revés.

—Ya es tarde para enmendarlo —dijo la Reina Roja—: una vez que has dicho una cosa, queda fijada para siempre y debes atenerte a las consecuencias.

—Lo cual me recuerda... —dijo la Reina Blanca, bajando la mirada y juntando y separando nerviosamente las manos— que tuvimos una tormenta tremenda el martes pasado... quiero decir, en una de las últimas series de martes, ya me entiendes.

Alicia quedó perpleja. —En nuestro país —observó— solo transcurre un día cada vez.

La Reina Roja afirmó: —Esa es una manera muy raquítica y mezquina de organizar las cosas. Aquí, por lo común, nos tocan los días y las noches de dos en dos o de tres en tres, y a veces en invierno juntamos hasta cinco noches de una sentada... para darnos calor, ya ves.

—¿Acaso cinco noches abrigan más que una sola? —se atrevió a preguntar Alicia.

—Cinco veces más calientes, naturalmente.

—Pero también deberían ser cinco veces más frías, por esa mismísima regla...

—¡Exactamente igual! —exclamó la Reina Roja—. Cinco veces más calientes y cinco veces más frías... tal como yo soy cinco veces más rica que tú y cinco veces más lista.

Alicia dio un suspiro y se rindió. «¡Es idéntico a un acertijo que no tiene respuesta!», pensó.

—Humpty Dumpty también fue testigo —continuó la Reina Blanca en voz baja, más bien como si hablara para sus adentros—. Se presentó a la puerta con un sacacorchos en la mano...

—¿Y qué es lo que quería? —inquirió la Reina Roja.

—Dijo que quería entrar por fuerza —prosiguió la Reina Blanca— porque andaba buscando un hipopótamo. Y dio la casualidad de que no teníamos ninguno en casa aquella mañana.

—¿Acaso suelen tenerlos de ordinario? —preguntó Alicia sumida en el asombro.

—Bueno, únicamente los jueves —precisó la Reina.

—Ya sé a qué venía —dijo Alicia—: quería castigar a los peces, porque...

Aquí la Reina Blanca arrancó de nuevo: —¡Fue una tronada tan espantosa que no te la puedes ni figurar! («Nunca podría figurársela, ya lo sabes», apostilló la Reina Roja). ¡Y parte del tejado salió volando, y se coló dentro una barbaridad de truenos... y andaban rodando por la habitación hechos unos pedruscos enormes... y volcando las mesas y todo lo demás... hasta que me asusté tanto que no lograba acordarme ni de mi propio nombre!

Alicia pensó para sí: «¡A mí jamás se me ocurriría intentar acordarme de mi nombre en mitad de un desastre semejante! ¿De qué me iba a servir?». Pero no lo dijo en voz alta, por no herir los sentimientos de la pobre Reina.

—Su Majestad debe disculparla —le dijo la Reina Roja a Alicia, tomando una de las manos de la Reina Blanca entre las suyas y acariciándosela con suavidad—: tiene muy buenas intenciones, pero no puede evitar decir simplezas, por regla general.

La Reina Blanca miró tímidamente a Alicia, y la niña sintió que debía decir algo bondadoso, pero en aquel instante no se le ocurrió nada oportuno.

—Jamás recibió una educación en condiciones —prosiguió la Reina Roja—; ¡pero es asombroso lo buenaza que es! ¡Dalle unas palmaditas en la cabeza y verás qué contenta se pone! —Pero aquello superaba con creces el valor de Alicia.

—Un poco de cariño... y ponerle unas papillotas en el pelo... harían milagros con ella...

La Reina Blanca exhaló un profundo suspiro y recostó la cabeza sobre el hombro de Alicia. —¡Tengo tanto sueño! —se quejó lánguidamente.

—¡Está agotada, pobrecilla! —dijo la Reina Roja—. Alísale el cabello... préstale tu gorro de dormir... y cántale una nana sedante.

—No llevo ningún gorro de dormir conmigo —repuso Alicia, intentando obedecer la primera indicación—, y no me sé ninguna nana sedante.

—Tendré que cantársela yo misma, en tal caso —dijo la Reina Roja, y comenzó:

«¡Duérmete, dama, en el regazo de Alicia! Hasta que el banquete esté a punto, hay tiempo de sobra para una siesta: cuando termine la fiesta, iremos todos al baile... ¡la Reina Roja, la Reina Blanca, Alicia y todos los demás!».

—Y ahora que ya te sabes la letra —añadió, dejando caer su cabeza sobre el otro hombro de Alicia—, cántamela tú a mí. A mí también me está entrando sueño. —Un segundo después, ambas Reinas dormían a pierna suelta y roncaban sonoramente.

—Pero ¿qué voy a hacer? —exclamó Alicia, mirando a su alrededor con enorme perplejidad, conforme primero una cabezota redonda y luego la otra resbalaban de sus hombros para quedar depositadas como dos pesados bultos sobre su regazo—. ¡No creo que jamás en la Historia de Inglaterra nadie haya tenido que cuidar a dos Reinas dormidas a la vez! No, desde luego que no... era del todo imposible, porque nunca hubo más de una Reina en el trono a un mismo tiempo. ¡Despierten de una vez, cargantes! —les gritó con impaciencia; pero no obtuvo otra respuesta que un plácido ronquido a dúo.

Los ronquidos se iban haciendo más claros por momentos, cobrando la cadencia de una tonada: al fin Alicia pudo incluso distinguir las palabras, y prestó tanta atención que, cuando las dos cabezotas desaparecieron de su falda, apenas si notó su ausencia.

Se encontraba ante un portalón arqueado sobre el cual rezaban las palabras REINA ALICIA en grandes letras doradas, y a cada flanco del arco colgaba el tirador de una campanilla: uno llevaba la inscripción «Campanilla de Visitas», y el otro «Campanilla de Criados».

—Aguardaré a que termine la canción —pensó Alicia—, y luego llamaré a la... ¿a cuál de las campanillas debo llamar? —continuó, sumamente perpleja ante los letreros—. Yo no soy una visita, ni tampoco soy una criada. Debería haber una campanilla con el rótulo de «Reina», bien lo sé...

En aquel instante la puerta se entreabrió un palmo, y una criatura con un pico larguísimo asomó la cabeza por un instante para decir: —¡No se admiten visitas hasta la semana que viene! —y cerró de nuevo de golpe con un portazo.

Alicia aporreó la puerta e hizo sonar la campanilla en vano durante un buen rato, pero por fin una Rana ancianísima que estaba sentada al pie de un árbol se puso en pie y se acercó cojeando con lentitud hacia ella: vestía de amarillo chillón y calzaba unas botas descomunales.

—¿Qué se le ofrece ahora? —preguntó la Rana con un ronco y cavernoso susurro.

Alicia se dio la vuelta, dispuesta a cantar las cuarenta a cualquiera. —¿Dónde está el criado encargado de abrir la puerta? —empezó a increpar indignada.

—¿Qué puerta? —dijo la Rana.

Alicia estuvo a punto de patear de rabia ante la exasperante pachorra con que hablaba aquel batracio. —¡Esta puerta, naturalmente!

La Rana contempló la puerta con sus ojazos apagados durante un minuto entero: luego se aproximó más y la frotó con el pulgar, tal como si probase si la pintura saltaba; acto seguido volvió la vista hacia Alicia.

Fin del Episodio 17 · de 19

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