A través del espejo·Episodio 16

«Es un invento propio» · II

~9 min · 1778 palabras

El Caballero sacudió la cabeza. —¡Conmigo se daban toda clase de rapideces y fijezas, te lo aseguro! —afirmó. Levantó las manos entusiasmado al decirlo, y en el acto rodó fuera de la silla para precipitarse de cabeza al fondo de una zanja profunda.

Alicia corrió al borde de la zanja a buscarlo. La caída la había alarmado bastante, pues durante un rato el buen hombre se había sostenido la mar de bien, y temió que esta vez se hubiera hecho daño de veras. Sin embargo, aunque solo alcanzaba a ver las suelas de sus botas, se sintió muy aliviada al oír que continuaba perorando con su tono habitual: —Toda clase de fijezas —repetía—; aunque fue una desconsideración por su parte ponerse el yelmo de otro... y con el hombre dentro, además.

—¿Cómo puede seguir hablando con tanta calma, puesto cabeza abajo? —preguntó Alicia mientras lo sacaba tirándole de los pies y lo depositaba en un montón sobre la orilla.

El Caballero pareció extrañado ante la pregunta. —¿Qué importa dónde se encuentre mi cuerpo? —dijo—. Mi cerebro sigue funcionando exactamente igual. De hecho, cuanto más cabeza abajo estoy, más cosas nuevas no paro de inventar.

—Y la ocurrencia más ingeniosa de ese tenor que he tenido jamás —prosiguió tras una pausa— fue inventar un pudín nuevo durante el plato de carne.

—¿A tiempo para cocinarlo de postre en esa misma comida? —inquirió Alicia.

—Bueno, no para el postre siguiente —precisó el Caballero con tono pausado y meditabundo—: no, ciertamente para el siguiente no.

—Entonces sería para el día después. Supongo que no tomarían dos platos de pudín en una misma cena.

—Bueno, tampoco para el día después —repitió el Caballero exactamente igual que antes—: no para el día después. En realidad —continuó, agachando la cabeza mientras su voz se apagaba poco a poco—, ¡no creo que ese pudín llegara a cocinarse jamás! A decir verdad, ¡no creo que ese pudín vaya a cocinarse en toda la eternidad! Y con todo, era un pudín sumamente ingenioso de concebir.

—¿De qué ingredientes pensaba prepararlo? —preguntó Alicia para animarlo, pues el pobre hombre parecía bastante alicaído por el recuerdo.

—Empezaba con papel secante —contestó el Caballero con un gemido.

—Mucho me temo que no resultaría muy apetitoso...

—No muy apetitoso por sí solo —la interrumpió él con viveza—; pero no te imaginas qué cambio da cuando se mezcla con otras cosas... como pólvora y lacre. Y aquí es donde debo dejarte. —Acababan de alcanzar el lindero del bosque.

Alicia se limitó a mirarlo perpleja: todavía estaba pensando en el pudín.

—Te veo triste —dijo el Caballero con tono compasivo—: déjame cantarte una balada para consolarte.

—¿Es muy larga? —preguntó Alicia, pues había escuchado una cantidad enorme de poesía aquel día.

—Es larga —reconoció el Caballero—, pero muy, muy hermosa. Todos los que me la oyen cantar... o bien se les saltan las lágrimas, o bien...

—¿O bien qué? —preguntó Alicia, al notar que el Caballero se detenía en seco.

—O bien no se les saltan, como comprenderás. El nombre de la canción se titula «Ojos de merluza».

—¡Ah, ese es el nombre de la canción! —dijo Alicia, procurando aparentar interés.

—No, no lo entiendes —repuso el Caballero, algo contrariado—. Así es como se llama el nombre. El nombre en realidad es «El anciano anciano».

—¿Entonces debí decir: «Así es como se llama la canción»? —se corrigió Alicia.

—No, tampoco: ¡eso es otra cosa totalmente distinta! La canción se llama «Medios y modos»... ¡pero eso solo es cómo se llama, ya me entiendes!

—Bueno, ¿y cuál es la canción, entonces? —preguntó Alicia, que a esas alturas estaba sumida en el más completo desconcierto.

—A eso iba —dijo el Caballero—. La canción en realidad es «Sentado en un portillo»... y la tonada es de mi propia invención.

Dicho lo cual, detuvo a su rocín y dejó caer las riendas sobre el cuello del animal: luego, llevando lentamente el compás con una mano, y con una tenue sonrisa iluminando su rostro bondadoso e inocente, como deleitándose con la música de sus propios compases, comenzó a cantar.

De todas las cosas singulares que Alicia presenció en su viaje a través del Espejo, esta fue la que siempre recordó con mayor nitidez. Años más tarde era capaz de evocar la escena entera como si hubiera ocurrido ayer mismo: los plácidos ojos azules y la sonrisa afable del Caballero; la luz del sol poniente filtrándose entre sus cabellos y brillando sobre su armadura con un fulgor que la deslumbraba; el caballo moviéndose mansamente con las riendas sueltas sobre el cuello, paciendo la hierba a sus pies; y las sombras oscuras del bosque a sus espaldas... todo aquello lo guardó en la memoria como un cuadro, mientras, resguardándose los ojos con una mano, permanecía apoyada contra un árbol, contemplando a la extraña pareja y escuchando, en una especie de ensueño, la melancólica tonada de la canción.

—Pero la tonada no es invento suyo —se dijo para sus adentros—: es la de «Te doy cuanto tengo, más ya no puedo». —Permaneció inmóvil escuchando con gran atención, pero no asomó lágrima alguna a sus ojos.

—Te contaré todo cuanto pueda; hay muy poco que relatar. Vi a un anciano, un anciano anciano, sentado sobre un portillo. «¿Quién eres, anciano?», le pregunté, «¿y de qué manera te ganas la vida?». Y su respuesta resbaló por mi cabeza como agua por un cedazo.

—Me dijo: «Busco mariposas que duermen entre el trigo; hago con ellas pasteles de carne, y los vendo por la calle. Se los vendo a los marineros», dijo, «que surcan mares tempestuosos; y así es como me gano el pan... una fruslería, si no es molestia».

—Pero yo estaba pensando en un plan para teñirme las patillas de verde, y usar siempre un abanico tan grande que nadie las pudiera ver. De modo que, sin tener respuesta que dar a cuanto el viejo decía, grité: «¡Vamos, dime cómo vives!», y le arreé un porrazo en la cabeza.

—Con voz apacible reanudó su relato: dijo: «Sigo mis andanzas, y cuando encuentro un arroyo serrano, le prendo fuego y lo hago arder; y de allí extraen un unto que llaman Aceite de Macasar de Rowland... mas solo dos peniques y medio me pagan por mi fatigosa labor».

—Pero yo estaba pensando en un método para alimentarse a base de masa frita, y continuar así de un día para otro engordando un poquitito más. Lo sacudí con fuerza de un lado a otro, hasta ponerle la cara azul: «¡Vamos, dime de qué vives!», le grité, «¡y a qué te dedicas de verdad!».

—Me dijo: «Cazo ojos de merluza entre los brezos luminosos, y hago con ellos botones de chaleco en la calma de la noche. Y estos no los vendo por oro ni por moneda de brillo plateado, sino por un medio penique de cobre, con el que se compran nueve».

—«A veces escarbo buscando bollos de manteca, o pongo liga en las ramas para cazar cangrejos; a veces busco en las lomas de hierba ruedas de carruajes de punto. Y de esa manera» —guiñó un ojo— «es como consigo mi hacienda... y con sumo gusto brindaré por la noble salud de Su Señoría».

—Lo escuché entonces, pues justo acababa de ultimar mi propio diseño para evitar que el puente de Menai se oxide hirviéndolo entero en vino tinto. Le agradecí muchísimo que me contara la manera en que ganaba su fortuna, pero sobre todo su buen deseo de brindar por mi noble salud.

—Y ahora, si por ventura meto los dedos en cola, o encajo con furia un pie derecho en un zapato izquierdo, o si dejo caer sobre la punta de mis dedos un peso tremendo y aplastante, me echo a llorar, porque me trae a las mientes a aquel anciano al que conocí... de mirada dulce y hablar pausado, de cabellos más blancos que la nieve, con cara idéntica a la de un cuervo y ojos brillantes como brasas encendidas, que parecía enloquecido por su desdicha, balanceando el cuerpo hacia delante y hacia atrás, murmurando confusa y quedamente como si tuviera la boca llena de masa cruda, resoplando con la fuerza de un búfalo... aquella tarde de verano, hace ya tanto tiempo, sentado sobre un portillo.

Al entonar el Caballero las últimas palabras de la balada, recogió las riendas y volvió la cabeza de su caballo hacia el camino por donde habían llegado. —Solo te quedan unos pocos pasos —dijo—, colina abajo y cruzando aquel arroyuelo, y entonces te convertirás en Reina... Pero ¿te quedarás a despedirme primero? —añadió al ver que Alicia volvía la mirada anhelante hacia donde él señalaba—. No tardaré mucho. ¿Esperarás y me dirás adiós con el pañuelo cuando llegue a aquella curva del camino? Me parece que me dará muchos ánimos, ¿sabes?

—Claro que esperaré —prometió Alicia—; y muchísimas gracias por acompañarme hasta tan lejos... y por la canción... me ha gustado muchísimo.

—Eso espero —dijo el Caballero con cierta duda—; aunque no has llorado tanto como yo me temía.

De manera que se estrecharon las manos, y luego el Caballero se alejó al trote lento adentrándose en el bosque. «No tardará mucho en despedirse, me temo», se dijo Alicia a sí misma mientras lo observaba marchar. «¡Ahí va! ¡De coronilla como de costumbre! Aunque vuelve a montar con bastante facilidad... eso es por llevar tantos cachivaches colgados alrededor del caballo...». Y así siguió hablando sola, mientras contemplaba al animal avanzar pausadamente por el sendero y al Caballero caer de cabeza, primero a un lado y luego al otro. Al cuarto o quinto costalazo alcanzó el recodo del camino, y entonces ella lo despidió agitando su pañuelo y esperó hasta que se perdió de vista.

—Espero que le haya dado ánimos —dijo, disponiéndose a bajar la colina a la carrera—; ¡y ahora a por el último arroyo, y a ser Reina! ¡Qué imponente suena! —Unos poquísimos pasos la llevaron a la orilla del agua—. ¡La Octava Casilla por fin! —exclamó dando un gran brinco sobre el arroyo,

◇

y se dejó caer en el suelo para descansar sobre un césped tan suave como el musgo, salpicado aquí y allá de florecillas. —¡Oh, cuánto me alegro de haber llegado hasta aquí! Pero ¿qué es esto que tengo en la cabeza? —exclamó con tono de desconcierto, al llevarse las manos a un objeto muy pesado y ceñido que le apretaba la frente por todos lados.

—Pero ¿cómo puede haberse colocado ahí sin que yo me haya enterado? —se preguntó Alicia para sus adentros, mientras se lo quitaba y se lo ponía sobre el regazo para examinar qué podía ser aquello.

Era una corona de oro.

Fin del Episodio 16 · de 19

«Es un invento propio» · II

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