El León y el Unicornio · I
~7 min · 1486 palabras
Al instante siguiente aparecieron soldados corriendo por el bosque, al principio de dos en dos y de tres en tres, luego en grupos de diez o veinte, y por último en multitudes tan compactas que parecían colmar el bosque entero. Alicia se refugió tras un árbol, por temor a que la atropellasen, y los vio pasar.
Pensó que en toda su vida había visto soldados con pasos tan inseguros: tropezaban a cada instante con una cosa o con otra, y cada vez que uno rodaba por tierra, varios más caían encima de él, de suerte que el suelo no tardó en quedar sembrado de montoncitos de hombres.
Luego llegaron los caballos. Al tener cuatro patas se las apañaban bastante mejor que los soldados de a pie; pero incluso ellos daban traspiés de vez en cuando; y parecía constituir una regla fija que, siempre que un caballo tropezaba, el jinete salía despedido por los aires en el acto. La confusión iba en aumento por momentos, y Alicia se alegró muchísimo de salir del bosque a un terreno despejado, donde encontró al Rey Blanco sentado en el suelo, escribiendo afanosamente en su libreta de notas.
—¡Los he enviado a todos! —exclamó el Rey con júbilo al divisar a Alicia—. ¿Has visto por casualidad a algún soldado, querida, mientras cruzabas el bosque?
—Sí, desde luego —contestó Alicia—; a varios miles, me ha parecido a mí.
—Cuatro mil doscientos siete, ese es el número exacto —dijo el Rey, consultando su cuaderno—. No pude mandar a todos los caballos, como comprenderás, porque hacen falta dos en la partida. Y tampoco he mandado a los dos Mensajeros. Se han ido ambos a la ciudad. Asómate al camino y dime si alcanzas a ver a alguno de ellos.
—No veo a Nadie en el camino —dijo Alicia.
—¡Ojalá tuviera yo unos ojos como los tuyos! —se lamentó el Rey con tono quejumbroso—. ¡Poder ver a Nadie! ¡Y a semejante distancia! ¡Caramba, si a mí ya me cuesta bastante ver a las personas de carne y hueso con esta luz!
Todo aquello cayó en saco roto para Alicia, que seguía escudriñando el camino con atención, resguardándose los ojos con la mano. —¡Ahora sí veo a alguien! —exclamó por fin—. Aunque viene despacísimo... ¡y qué posturas tan raras va haciendo! —(Pues el mensajero no dejaba de dar brincos y contonearse como una anguila conforme avanzaba, agitando sus manazas abiertas como abanicos a ambos lados).
—No son raras en absoluto —dijo el Rey—. Es un Mensajero Anglosajón... y esas son posturas anglosajonas. Solo las adopta cuando está contento. Se llama Haigha. —(Y lo pronunció de modo que rimara con «mayor»).
—Amo a mi amor con H —no pudo evitar comenzar Alicia—, porque es Hermoso. Lo aborrezco con H, porque es Horroroso. Lo alimenté con... con... con Hojuelas de jamón y con Heno. Se llama Haigha y vive...
—Vive en la Hondonada —apuntó el Rey con sencillez, sin sospechar en lo más mínimo que estaba participando en el juego, mientras Alicia aún vacilaba buscando una población que empezara por H—. El otro Mensajero se llama Hatta. Necesito tener dos, ya sabes... uno para ir y otro para venir. Uno para venir y otro para ir.
—¿Cómo dice usted? —preguntó Alicia.
—No es nada decoroso andar pidiendo —reprendió el Rey.
—Solo quise decir que no lo entendía —aclaró Alicia—. ¿Por qué uno para venir y otro para ir?
—¿No te lo acabo de decir? —repitió el Rey impaciente—. Debo tener dos... para traer y llevar. Uno para traer y otro para llevar.
En aquel momento llegó el Mensajero: estaba demasiado sofocado para articular palabra, y solo podía agitar las manos en el aire y hacer las muecas más espantosas al pobre Rey.
—Esta señorita te ama con H —dijo el Rey, presentándole a Alicia con la esperanza de desviar la atención del Mensajero de su persona... pero fue inútil: las posturas anglosajonas se volvieron más extravagantes por momentos, mientras sus ojazos giraban desorbitados de un lado a otro.
—¡Me asustas! —clamó el Rey—. Me siento desfallecer... ¡Dame un emparedado de jamón!
Ante lo cual el Mensajero, para gran diversión de Alicia, abrió una bolsa que llevaba colgada del cuello y le tendió un emparedado al Rey, quien lo engulló con avidez.
—¡Otro emparedado! —exigió el Rey.
—Ya no queda más que heno —dijo el Mensajero, ojeando el interior de la bolsa.
—Heno, entonces —murmuró el Rey con un hilo de voz débil.
Alicia comprobó con alivio que aquello lo reanimaba de forma notable. —No hay nada comparable al heno cuando a uno le da un patatús —le comentó él a la niña mientras mascaba afanosamente.
—Me parece a mí que echarse agua fría por la cara resultaría mejor —sugirió Alicia—, o unas sales aromáticas.
—No he dicho que no haya nada mejor —replicó el Rey—. Dije que no había nada comparable. —Cosa que Alicia no se atrevió a discutir.
—¿A quién te cruzaste en el camino? —continuó el Rey, extendiendo la mano hacia el Mensajero para pedir más heno.
—A Nadie —respondió el Mensajero.
—Exactamente —asintió el Rey—: esta señorita también lo vio. De modo que, como es natural, Nadie camina más despacio que tú.
—Hago cuanto puedo —replicó el Mensajero en tono mohíno—. ¡Seguro que nadie camina mucho más rápido que yo!
—No puede hacerlo —sentenció el Rey—, pues de lo contrario habría llegado aquí antes que tú. En cualquier caso, ahora que has recuperado el aliento, ya puedes contarnos qué ha sucedido en la ciudad.
—Se lo diré al oído —anunció el Mensajero, poniéndose las manos en la boca a modo de bocina e inclinándose para acercarse a la oreja del monarca. Alicia lo lamentó, pues tenía vivas ganas de enterarse también de las noticias. Sin embargo, en vez de cuchichear, pegó un alarido a pleno pulmón—: ¡Están dándose otra vez!
—¿A eso llamas hablar al oído? —gritó el pobre Rey, dando un bote y sacudiéndose—. ¡Si vuelves a hacer semejante disparate, mandaré que te unten con mantequilla! ¡Me ha retumbado la cabeza como un terremoto!
—¡Tendría que ser un terremoto diminuto! —pensó Alicia—. ¿Quiénes están dándose otra vez? —se atrevió a preguntar.
—¡Pues el León y el Unicornio, naturalmente! —dijo el Rey.
—¿Peleando por la corona?
—Sí, desde luego —contestó el Rey—: ¡y lo más gracioso del caso es que es mi corona todo el tiempo! Corramos a verlos. —Y echaron a trotar, mientras Alicia se repetía para sus adentros, al compás de la carrera, la letra de la vieja canción popular:
«El León y el Unicornio por la corona luchaban: el León al Unicornio por toda la ciudad vapuleaba. Unos les dieron pan blanco, otros les dieron pan moreno; otros les dieron pastel de pasas y los echaron a tambor batiente».
—¿Acaso... el que... gane... se queda... con la corona? —preguntó jadeando como pudo, pues la carrera la estaba dejando sin una gota de aire.
—¡Válgame el cielo, claro que no! —dijo el Rey—. ¡Qué ocurrencia!
—¿Sería usted... tan amable —solicitó Alicia con dificultad, tras correr un trecho más— de parar un minuto... solo para... recobrar el resuello?
—Amable... bastante —repuso el Rey—; lo que no soy es bastante fuerte. Ya ves, un minuto pasa con una rapidez aterradora. ¡Tanto valdría intentar detener a un Bandersnatch!
A Alicia no le quedaban ya fuerzas para hablar, de manera que continuaron trotando en silencio hasta avistar una enorme multitud, en medio de la cual combatían el León y el Unicornio. Se levantaba tal nube de polvo que al principio Alicia fue incapaz de distinguir quién era quién; pero no tardó en reconocer al Unicornio por el cuerno.
Fueron a colocarse junto a Hatta, el otro mensajero, que contemplaba la refriega con una taza de té en una mano y una rebanada de pan con mantequilla en la otra.
—Acaba de salir de prisión y ni siquiera había terminado su té cuando lo despacharon para acá —le susurró Haigha a Alicia—; y allí dentro solo les dan cáscaras de ostra... así que ya ves que está hambriento y sediento como un demonio. ¿Cómo te encuentras, querido muchacho? —añadió, echándole un brazo afectuoso al cuello a Hatta.
Hatta miró hacia atrás, asintió con la cabeza y continuó devorando su pan con mantequilla.
—¿Fuiste feliz en prisión, querido muchacho? —inquirió Haigha.
Hatta volvió a mirar, y esta vez una lágrima o dos le rodaron por la mejilla; pero no soltó una sola palabra.
—¡Habla, caramba! —exclamó Haigha con impaciencia. Pero Hatta se limitó a seguir masticando y apuró otro trago de té.
—¡Habla de una vez! —ordenó el Rey—. ¿Cómo marcha el combate?
Hatta hizo un esfuerzo desesperado y tragó un gran bocado de pan con mantequilla. —Marcha la mar de bien —consiguió decir con voz entrecortada—: cada uno de ellos ha mordido el polvo unas ochenta y siete veces.
—¿Entonces supongo que no tardarán en traer el pan blanco y el pan moreno? —se aventuró a comentar Alicia.
Fin del Episodio 13 · de 19
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