A través del espejo·Episodio 14

El León y el Unicornio · II

~6 min · 1181 palabras

Ya les está esperando —dijo Hatta—: esto que me estoy comiendo es un trozo de muestra.

En aquel instante hubo un alto en el combate, y el León y el Unicornio se sentaron jadeantes, mientras el Rey proclamaba: —¡Diez minutos de tregua para refrigerio! —Haigha y Hatta se pusieron manos a la obra de inmediato, portando toscas bandejas cargadas de pan blanco y moreno. Alicia tomó un pedazo para probarlo, pero estaba muy seco.

—No creo que luchen más por hoy —le dijo el Rey a Hatta—: ve y ordena que empiecen a redoblar los tambores. —Y Hatta se alejó dando saltos descomunales como un saltamontes.

Durante un minuto o dos Alicia se quedó callada, siguiéndolo con la mirada. De pronto su rostro se iluminó. —¡Miren, miren! —gritó, señalando entusiasmada—. ¡Allí va la Reina Blanca corriendo por el campo! Salió volando del bosque de más allá... ¡Qué rápido pueden correr estas Reinas!

—Algún enemigo la irá persiguiendo, sin duda alguna —afirmó el Rey, sin dignarse siquiera a girar la cabeza—. Ese bosque está atestado de ellos.

—¿Pero no va a correr usted a socorrerla? —preguntó Alicia, pasmada de que se lo tomara con tanta calma.

—¡Inútil, del todo inútil! —repuso el Rey—. Corre a una velocidad espeluznante. ¡Tanto valdría intentar atrapar a un Bandersnatch! Pero tomaré una nota sobre ella, si te parece... Es una buena y querida criatura —repitió con ternura para sí, mientras abría su libreta de apuntes—. ¿Criatura se escribe con una sola «e»?

En ese instante el Unicornio se acercó paseando hacia ellos con las manos metidas en los bolsillos. —¿Verdad que llevé la mejor parte esta vez? —le soltó al Rey, echándole una mirada de pasada.

—Un poco... solo un poco —respondió el monarca con evidente nerviosismo—. Aunque no debiste ensartarlo con el cuerno, ya sabes.

—No le ha dolido nada —dijo el Unicornio con indiferencia, disponiéndose a proseguir, cuando de pronto su mirada tropezó con Alicia: se dio media vuelta de golpe y se quedó un buen rato contemplándola con la más profunda cara de asco.

—¿Qué... es... esto? —preguntó por fin.

—¡Es una niña! —se apresuró a responder Haigha, adelantándose para hacer las presentaciones y desplegando ambas manos hacia ella en una postura anglosajona—. La hemos encontrado hoy mismo. ¡Es de tamaño natural y el doble de viva!

—¡Siempre creí que eran monstruos fabulosos! —exclamó el Unicornio—. ¿Está viva de verdad?

—Sabe hablar —anunció Haigha con gran solemnidad.

El Unicornio miró a Alicia con aire soñador y ordenó: —Habla, niña.

Alicia no pudo evitar que una sonrisa asomara a sus labios al decir: —¿Sabe una cosa? ¡Yo también creí siempre que los Unicornios eran monstruos fabulosos! ¡Jamás había visto uno con vida hasta hoy!

—Bueno, pues ahora que nos hemos visto el uno al otro —propuso el Unicornio—, si tú crees en mí, yo creeré en ti. ¿Trato hecho?

—Sí, si usted quiere —aceptó Alicia.

—¡Vamos, saca el pastel de pasas, viejo! —añadió el Unicornio, volviéndose hacia el Rey—. ¡A mí no me vengas con tu pan moreno!

—¡Desde luego, faltaría más! —farfulló el Rey, haciéndole señas a Haigha—. ¡Abre la alforja! —le siseó—. ¡Deprisa! ¡Esa no, hombre, que esa está llena de heno!

Haigha sacó un pastel enorme de la bolsa y se lo entregó a Alicia para que lo sostuviera, mientras sacaba una bandeja y un cuchillo trinchante. De qué manera cupo todo aquello allí dentro era un enigma para Alicia. Parecía un juego de prestidigitación, pensó la niña.

El León se les unió mientras se disponían: tenía aspecto somnoliento y fatigado, y mantenía los ojos medio entornados. —¿Qué es esto? —preguntó, parpadeando con pereza hacia Alicia y hablando en un tono cavernoso y grave que recordaba el tañido de una campana mayor.

—¡Ah, a ver si adivinas qué es! —chilló el Unicornio complacido—. ¡Nunca en la vida acertarás! ¡Yo fui incapaz!

El León observó a Alicia con aire hastiado. —¿Eres animal... vegetal... o mineral? —preguntó, bostezando a cada dos palabras.

—¡Es un monstruo fabuloso! —gritó el Unicornio, antes de que Alicia pudiera abrir la boca.

—En ese caso reparte el pastel de pasas, Monstruo —ordenó el León, echándose en el suelo y apoyando la barbilla sobre las zarpas—. Y siéntense los dos —añadió mirando al Rey y al Unicornio—: ¡juego limpio con el pastel, que nos conocemos!

El Rey se sentía visiblemente incómodo al tener que tomar asiento entre aquellas dos descomunales bestias; pero no había otro sitio libre para él.

—¡Vaya combate que podríamos librar por la corona ahora mismo! —soltó el Unicornio, mirando de reojo a la corona, que el pobre Rey estaba a punto de perder por temblar de puro miedo.

—Yo ganaría con facilidad pasmosa —aseguró el León.

—De eso no estoy yo tan seguro —replicó el Unicornio.

—¡Pero si te di una paliza por toda la ciudad, gallina mojada! —bramó el León irritado, incorporándose a medias mientras hablaba.

Aquí intervino el Rey para impedir que la riña fuera a mayores; estaba sumamente nervioso y la voz le temblaba de veras. —¿Por toda la ciudad? —preguntó—. Es un trecho bastante largo. ¿Fueron por el puente viejo o por la plaza del mercado? Las mejores vistas están en el puente viejo.

—Qué voy a saber yo —gruñó el León mientras volvía a tumbarse—. Había demasiado polvo para ver nada. ¡Vaya si tarda el Monstruo en cortar ese pastel!

Alicia se había sentado a la orilla de un pequeño arroyo, con la gran bandeja sobre las rodillas, y aserraba con entusiasmo con el cuchillo. —¡Resulta muy exasperante! —le contestó al León (ya se estaba acostumbrando a que la llamaran «el Monstruo»)—. ¡He cortado ya varias rebanadas, pero vuelven a juntarse en el acto!

—Es que no sabes manejar los pasteles del Espejo —observó el Unicornio—. Repártelo primero y córtalo después.

Aquello parecía un absoluto disparate, pero Alicia se levantó muy obediente y paseó la bandeja en derredor: y el pastel se dividió por sí solo en tres porciones conforme lo hacía. —Ahora córtalo —dijo el León, cuando ella regresó a su sitio con la bandeja vacía.

—¡Oiga, esto no es justo! —protestó el Unicornio, mientras Alicia permanecía con el cuchillo en la mano, perpleja sin saber por dónde empezar—. ¡El Monstruo le ha dado al León el doble que a mí!

—Al menos para sí misma no se ha guardado nada —repuso el León—. ¿Te gusta el pastel de pasas, Monstruo?

Pero antes de que Alicia pudiera responderle, los tambores comenzaron a redoblar.

De dónde procedía aquel estruendo era imposible de averiguar: el aire entero parecía impregnado de él, y retumbaba en su cabeza hasta dejarla prácticamente ensordecida. Se puso en pie de un salto y cruzó el arroyuelo aterrorizada,

◇

y apenas tuvo tiempo de ver cómo el León y el Unicornio se levantaban enfurecidos por verse interrumpidos en su banquete, antes de caer de rodillas y taparse las orejas con las manos, intentando en vano amortiguar tan espantoso alboroto.

«¡Si con eso no consiguen echarlos de la ciudad a tambor batiente —se dijo Alicia para sus adentros—, ya no lo logrará nada en este mundo!».

Fin del Episodio 14 · de 19

El León y el Unicornio · II

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