Piedra coralina y sal amarga
~5 min · 1079 palabras
La lente de la Nikon D750 apuntaba directo a la frente de Manuela con un zumbido diminuto de autofoco. Rodrigo no bajó la cámara del todo; apenas asomó un ojo por encima del visor para medir los daños.
—Sonríe con menos ganas de asesinar a un inocente, prometida —murmuró—. Te sale esa arruga vertical entre las cejas cuando estás a punto de morder.
—Es mi cara de plenitud conyugal. Acostúmbrate.
—Me halaga el entusiasmo.
El celular de Manuela, que sobrevivía de milagro con el uno por ciento, vibró en el bolsillo lateral del bolso de mano, un golpe seco contra el cuero sintético. Lo sacó apenas dos centímetros para espiar la pantalla con el brillo al mínimo.
Mamá: Leonor dice que tu novio parece un náufrago pero que tiene dientes bonitos. ¿De qué familia es? ¿Restrepo de Medellín o de los de Pereira? Responde ya.
Cosas que no voy a hacer esta noche:
1. Responderle a mi madre antes de tener tres copas encima.
2. Recordar que Rodrigo todavía huele a una mezcla ridícula de jabón neutro y café cargado.
3. Mirar hacia las jardineras del fondo.
Por supuesto, miró.
Felipe Zúñiga estaba apoyado contra una de las arcadas del patio, donde la buganvilia colgaba reseca por el bochorno de la tarde. No hablaba con nadie. Sostenía un vaso corto de whisky y no le quitaba los ojos de encima a Manuela con esa expresión que ponía en la facultad cuando encontraba una errata en el memorial del equipo contrario: no era dolor, era un apetito burocrático de destrucción.
Rodrigo hizo girar el anillo de enfoque con el pulgar. Clic.
—¿Le pusiste cinta aislante a la tapa de la batería? —preguntó ella, señalando el borde inferior de la cámara para no pensar en Felipe.
—Se rompió la pestaña plástica en un bautizo en Turbaco el año pasado. Si funciona, no se toca.
—Es de una precariedad conmovedora.
—Se llama presupuesto operativo, Manuela.
—Se llama tacañería.
Se quedaron callados un momento mientras los meseros pasaban con bandejas de ceviche sudado y copas de champaña tibia. El calor de Cartagena no perdonaba nada, ni el hielo ni la compostura. A lo lejos, la orquesta de cuerdas desafinaba con dignidad sobre un vals viejo.
El sonido agudo de una cuchara de postre golpeando una copa de cristal fino partió la conversación en pedazos. Arriba, los ventiladores de madera giraban con un zumbido perezoso que no movía el aire, solo redistribuía el vapor caliente entre los hombros descubiertos y las guayaberas empapadas. La novia, radiante y exhausta, levantó su copa junto a la fuente central de piedra coralina, donde las gotas de cera de los cirios derretidos formaban costras pálidas sobre la salinidad del agua estancada.
El brindis oficial estalló en aplausos automáticos, ese coro disciplinado de la alta sociedad que aplaude bodas con la misma cortesía con la que después descuartiza a los recién casados en el camino al estacionamiento. Manuela dio dos pasos torpes, recordando demasiado tarde que su tacón derecho seguía partido a la mitad en el fondo de su bolso.
Un brazo le rodeó la cintura por detrás. Firme, sin pedir permiso.
—Apóyate —dijo Rodrigo junto a su oreja—. Pareces un flamenco herido.
—Te odio con toda la fuerza de mis antepasados.
—Lo sé. Disimula.
Antes de que pudieran dar otro paso hacia la salida del claustro, una sombra alta les cortó el paso entre dos faroles coloniales de luz ocre. Felipe Zúñiga no aplaudía. Su vaso de whisky reposaba en la mano izquierda, condensando gotas frías que le resbalaban por los nudillos, mientras que en la derecha sostenía una hoja de papel doblada en cuatro, arrugada por los bordes.
—Qué conmovedor todo —dijo Felipe. Su sonrisa no se movía ni un milímetro del guion—. De verdad, Manuela. Casi me lo creo.
—Felipe, no es el momento —contestó ella, buscando aire entre el calor pastoso que se le pegaba al satén del vestido.
—Oh, creo que es el momento exacto. Justo antes del vals.
Felipe desdobló el papel con la parsimonia de quien va a leer una sentencia de muerte en voz alta. Era una copia impresa del contrato de prestación de servicios técnicos de la organizadora del evento. Arriba, en negrita descolorida por una impresora con poco tóner, figuraba el nombre completo de Rodrigo junto a una fecha de contratación de hacía exactamente setenta y dos horas.
—Setenta y dos horas —repitió Felipe, enseñando el papel como si fuera un pagaré vencido—. Tres días. Qué romance tan fulminante, ¿no? Contratado para cubrir el cóctel por la novia y ahora resulta que es el prometido oficial de la familia. Qué pequeño es el mundo, Manuela. O qué desesperada estás tú.
A Manuela se le secó la lengua contra el paladar. Si tan solo hubiera tenido cinco segundos para—
Felipe alzó el vaso con gesto triunfal, hinchando el pecho para proyectar la voz hacia la mesa principal, donde tía Leonor fingía mirar hacia otro lado mientras sostenía su daiquirí a medio beber con dedos enguantados.
Rodrigo no retrocedió ni medio centímetro.
Dio un paso adelante, colocándose justo entre Felipe y Manuela, con la correa de cuero de la réflex cruzándole el pecho como un correaje militar gastado.
No hay nada más peligroso en una fiesta de alcurnia que alguien que no tiene apellido que defender ni nada que perder.
—Levanta la voz si quieres, Zúñiga —soltó Rodrigo en un susurro gélido, tan bajo que Felipe tuvo que inclinarse hacia adelante para escucharlo—. Grita bien fuerte para que todos se enteren. Pero antes de abrir la boca, hazte un favor y mira la firma de aprobación al pie de esa misma hoja.
Felipe bajó la vista, descolocado. La soberbia se le congeló en el mentón.
—El visto bueno no lo dio la novia —continuó Rodrigo, apoyando dos dedos sobre el borde del vaso de whisky de Felipe hasta obligarlo a bajar la mano—. Lo firmó la tía Leonor ayer a las cuatro de la tarde. Ella sabía perfectamente quién era yo cuando me contrató, Felipe. Sabía que Manuela no tenía novio y te dejó montar este teatrito para que vinieras a hacer el ridículo tú solo.
Leonor lo sabía.
Manuela miró a su tía a través del patio; la mujer levantó su copa hacia ellos con una serenidad despiadada y bebió.
Felipe palideció bajo el bronceado de club social.
—Y ahora —dijo Rodrigo, arrebatándole con delicadeza el papel de las manos—, discúlpanos, que nos toca la foto familiar.
Fin del Episodio 3 · de 4
Piedra coralina y sal amarga
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