Un novio falso en Cartagena·Episodio 04

La brisa tibia de las murallas

~7 min · 1301 palabras

La foto familiar duró exactamente siete minutos, pero a Manuela se le hicieron tan largos como una misa cantada en latín. Tía Leonor se acomodó a la izquierda con una copa de daiquirí que parecía un accesorio quirúrgico adherido a sus dedos enjoyados, sonriendo con esa benevolencia venenosa que reservaba para las tragedias ajenas. Al otro extremo del arco de buganvilias marchitas por el bochorno, Felipe Zúñiga sostenía su vaso de whisky como si fuera un escudo medieval, masticando el hielo con una furia silenciosa que no alcanzaba a disimular su derrota.

—Más juntos, por favor —indicó Rodrigo, con la voz templada de quien dirige ganado dócil—. Tía Leonor, baje un milímetro el hombro derecho. Perfecto. No parpadeen.

El clic seco y metálico cortó la atmósfera pegajosa del patio, amortiguado apenas por el zumbido ronco de los ventiladores de techo colgados de las vigas coloniales. Rodrigo no miraba a Felipe; ni siquiera parecía registrar que el hombre lo observaba como a una mancha de grasa sobre un mantel de hilo blanco.

—Listo. Inmortalizados para la posteridad —anunció Rodrigo, bajando el cuerpo negro del equipo fotográfico con un giro limpio de muñeca.

Felipe se dio media vuelta sin decir una palabra, sus mocasines de ante arrastrándose con desgana sobre las baldosas de piedra coralina hacia la barra libre.

—Cosas que no voy a hacer bajo ninguna circunstancia —susurró Manuela mientras fingía sonreírle a una prima segunda que pasaba cargando un plato con tres tartaletas—: Uno. Quedarme aquí a esperar que Leonor empiece a repartir el chisme por WhatsApp.

—Dos —completó Rodrigo a su lado, inclinándose apenas para que solo ella lo escuchara—: Caminar otro metro con ese zapato que te hace cojear como pirata de película barata.

—No cojeo.

—Manuela, das lástima técnica. Quítatelo ya.

◇

El estallido sordo del primer fuego artificial retumbó contra las murallas, abriendo un paraguas de chispas verdes y doradas sobre la bahía. El cielo se tiñó de un humo denso con olor a pólvora y azúcar quemada.

Fue el momento exacto.

Manuela se deslizó fuera del perímetro iluminado por los faroles de luz ocre, con las sandalias colgando de una mano por las tiras de cuero dorado. Los adoquines del portal de Santo Domingo todavía guardaban el calor sofocante del mediodía, ásperos y tibios contra las plantas de sus pies descalzos.

Rodrigo la siguió dos pasos por detrás, cargando al hombro su morral de lona gastada y la cámara terciada al pecho. Caminaron sin hablar, esquivando a un coche de caballos vacío cuyo cochero cabeceaba bajo un sombrero de paja, hasta subir por la rampa empinada de piedra que conducía a la cresta de la muralla.

Arriba, la brisa del Caribe no traía alivio, solo una tregua tibia cargada de humedad.

Se sentaron al borde de la cantería colonial, con las piernas colgando hacia el mar oscuro que rompía con pereza contra los escollos. A lo lejos, la música de la fiesta llegaba reducida a una línea de bajo distorsionada, intercalada con las risas estridentes de los invitados que ya habían alcanzado la fase del aguardiente.

Manuela apoyó la espalda contra una aspillera centenaria, soltando el aire que parecía llevar acumulado desde las cuatro de la tarde.

—Doscientos mil pesos —dijo de pronto.

—¿Qué?

—Eso costaron los zapatos. Una suela se partió a las dos horas de fiesta. Es una estafa con factura legal.

—Te dije que los tacones de aguja en el Centro Histórico son una trampa para turistas y señoras tercas —dijo Rodrigo. Dejó su morral sobre la piedra y sacó un termo abollado, cubierto con stickers desteñidos de bandas indie de 2014 que nadie recordaba. Lo desenroscó y le ofreció la tapa de plástico metálico—. Es agua con limón. No tiene veneno.

Manuela bebió dos sorbos largos. Tenía un regusto tibio y metálico que en ese instante le supo a gloria bendita.

—¿Y tus audífonos? —preguntó ella, señalando el cable blanco que asomaba del bolsillo de su guayabera de lino.

—Ahí siguen. Solo sirve el lado izquierdo desde hace seis meses.

—Tíralos, Rodrigo. Por Dios.

—Funcionan al cincuenta por ciento. Es más de lo que rinde la mayoría de la gente en este país.

Silencio.

El teléfono de Manuela, resucitado a medias con el cargador de la sacristía, vibró en su regazo con un zumbido agudo. La pantalla iluminó su rostro con una claridad pálida. Era una notificación de chat.

Mamá [23:14]: Leonor dice que tu novio es bohemio pero educado. Pregunta si tiene EPS y por qué tiene la barba tan larga. Llámame apenas termine el vals.

Manuela apagó la pantalla contra su muslo con un golpe seco.

—Mi mamá ya está calculando la pensión de tus futuros hijos.

Rodrigo soltó una risa breve, casi inaudible, mientras se sacaba del cuello la correa de la cámara con un movimiento mecánico y fluido. Se frotó la nuca húmeda de sudor, dejando a la vista la marca roja que la cinta de nylon le había dibujado en la piel.

—Podría ser peor —dijo él, mirando hacia la línea invisible donde el agua negra se fundía con el cielo sin estrellas—. Podría haberle dicho a Felipe que éramos socios de un negocio de exportación de aguacates. La cara que puso con el contrato valió cada centavo de lo que Leonor me regateó por la sesión.

—¿Por qué lo hiciste, Rodrigo?

La pregunta quedó flotando entre ellos, pesada y densa como la cera que goteaba en los faroles del patio allá abajo.

Rodrigo tardó en responder. Sacó de su morral una bolsa arrugada de maní salado, intentó abrirla por la muesca de plástico, falló y tuvo que usar los dientes con un crujido poco elegante.

—Porque me lo pediste con la mirada —dijo, masticando despacio—. Y porque todavía me debes una camisa de mezclilla que te llevaste en 2015 y jamás volvió a mi armario.

—Esa camisa era espantosa.

—Era una camisa excelente, de corte clásico.

—Tenía un parche de Bob Dylan en el codo, Rodrigo. No inventes elegancia retro.

—Bob Dylan tiene un premio Nobel.

—No de moda.

Volvieron a callar. Abajo, los últimos residuos de los fuegos artificiales caían en chispas apagadas sobre la superficie marina. El salitre se iba asentando sobre los brazos desnudos de Manuela, dejando una película áspera que le tiraba de la piel cada vez que flexionaba los codos.

—Felipe cree que montamos esto para joderle el ascenso en el banco —murmuró ella, mirando sus propios dedos sucios de polvo colonial—. Y mi tía cree que es una comedia para salvar mi dignidad de solterona.

—Que crean lo que quieran.

—El problema es que se lo van a creer. Y mañana me va a tocar contestar cuarenta mensajes explicando por qué salgo con mi ex.

Rodrigo giró la cabeza hacia ella. La media luz que llegaba desde la avenida Santander le perfilaba la mandíbula y esa costumbre suya, tan intacta como hace una década, de apretar los labios cuando intentaba descifrar un encuadre difícil.

—La verdad es más simple, Manuela —dijo en voz baja.

—Nada contigo fue simple nunca.

—Si hace diez años me hubieras dicho que... —se detuvo, cortando la frase en seco. Con los dedos índices y pulgares, buscó la palanca diminuta de encendido en el cuerpo de la Nikon D750. La pestaña plástica que cerraba el compartimento de la batería crujió levemente cuando la presionó.

Un chasquido definitivo apagó la pantalla trasera de la cámara por primera vez en toda la noche.

Con una calma deliberada, Rodrigo deslizó la tarjeta de memoria fuera de la ranura, la guardó en el bolsillo superior de su guayabera y apoyó los codos sobre las rodillas, inclinándose hacia ella.

—Dime una cosa mirándome a los ojos —soltó él, sin sombra de burla en la voz—. ¿De verdad crees que todo lo que pasó hoy entre nosotros fue solo actuación?

Fin del Episodio 4 · de 4

La brisa tibia de las murallas

¡Has completado toda la obra!
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.

Para seguir leyendo

Olas de sal y rencor
Relato
Olas de sal y rencor

Tres años después de la muerte de su abuela Celia, Abril reabre la vieja escuela de surf familiar con una carta de rechazo en el bolsillo, una concesión municipal a punto de embargo y un miedo al agua que no confiesa a nadie. Su único alumno, Iván, un forastero que no sabe ni ponerse el neopreno, lleva colgado el silbato de salvamento que desapareció del cobertizo la noche en que la abuela murió. Y mientras ella intenta no ahogarlo en rencor, Lucas Arenas mueve sus máquinas para quedarse con la playa.