Cincuenta milímetros y lino arrugado
~6 min · 1290 palabras
Jodida en grado superlativo, con un zapato cojo en la mano y el peso de una mentira que acababa de nacer muerta.
—¿Tu prometido? —repitió tía Leonor. La aceituna de su daiquirí se balanceó al borde de la copa como un suicida indeciso—. Manuela, querida, creí que habías venido sola porque tu vida personal seguía en pausa. Como siempre.
A dos metros, Felipe Zúñiga enarcó una ceja sobre su vaso de güisqui aguado. Ese gesto exacto. El mismo arqueo milimétrico de suficiencia que ponía cuando le explicaba a Manuela por qué ella no entendía de fondos de inversión ni de sincronización de agendas. Felipe no dijo nada, pero sus mocasines de cuero italiano dieron un paso al frente sobre los adoquines irregulares, crujiendo con una pereza calculada.
Rodrigo no pestañeó. Llevaba una guayabera de lino crudo con las mangas arremangadas hasta los codos, dos cuerpos de cámara cruzados al pecho con correas de cuero gastado y una mancha de café con leche justo debajo del bolsillo izquierdo.
—Diez años sin vernos y sigues teniendo un sentido del humor fascinante, Manuela —dijo Rodrigo.
A Manuela se le secó la boca.
Cosas que no voy a hacer:
1. Llorar.
2. Tirarle el tacón roto a la cabeza.
3. Recordar cómo olía su chaqueta verde en octubre de 2014.
—Es que a Rodrigo le encanta bromear —soltó ella, clavando los dedos con fuerza clandestina en el antebrazo del fotógrafo—. Cosas de artistas. Ya sabes cómo son, tía. Viven en otra dimensión temporal.
—En otra dimensión temporal te dejó plantada en las escaleras del colegio —murmuró la voz de la tonta sensatez en la cabeza de Manuela, pero se la tragó con el residuo amargo del protector solar de coco derritiéndose hacia la comisura de sus labios.
Rodrigo miró a Leonor. Luego a Felipe. Sus ojos se detuvieron medio segundo en la barbilla alzada de Felipe, en la condescendencia espesa que flotaba entre el humo de los habanos y las buganvilias achicharradas por el bochorno de la tarde.
—En realidad —dijo Rodrigo, pasando un brazo pesado y cálido por encima de los hombros de Manuela con una naturalidad que casi pareció ensayada—, estábamos esperando a que pasara la ceremonia para no robarles protagonismo a los novios. Pero mi chica nunca ha sabido guardar un secreto. Ven un momento, amor. Tienes el peinado corrido por la humedad.
Tiró de ella con suavidad implacable.
—Permiso, señora Leonor. Felipe, un gusto.
Felipe entrecerró los ojos. Leonor se quedó con la boca entreabierta y el daiquirí a medio camino del labio pintado de carmín.
La trastienda de la sacristía olía a parafina vieja, cirios consumidos sobre piedra coralina y cartón mojado. Sobre una mesa coja descansaban tres coronas de flores artificiales y una botella de gaseosa a la mitad.
Arriba, las aspas del ventilador giraban con un silbido cansado, apenas empujando el aire caliente contra las paredes encaladas.
Apenas se cerró la pesada puerta de madera carcomida, Manuela se soltó.
—¿Se puede saber qué pretendes? —susurró ella, aunque no había nadie más.
Rodrigo soltó un bufido breve. Se descolgó la réflex más pesada, la dejó con delicadeza casi quirúrgica sobre una caja de cirios y sacó del bolsillo una servilleta de papel arrugada de la panadería de la esquina. Con lentitud metódica, se limpió el sudor que le bajaba por el puente de la nariz hasta la frente.
—¿Yo? —dijo él, doblando el papel húmedo en cuatro—. Tú fuiste la que me agarró del brazo como si fuera una tabla de salvamento en medio del naufragio de tu dignidad social.
—Estaba desesperada.
—Se notó. La señora del daiquirí casi se atraganta con el hielo.
Silencio.
El ventilador tosió en su eje.
—¿Por qué no me desmentiste ahí mismo? —preguntó Manuela, apoyando la espalda contra la pared fría para no apoyar el pie descalzo en el suelo mugriento—. Habría sido tu venganza perfecta. Redonda. Diez años esperando para cobrarte la cuota.
Rodrigo la miró de arriba abajo. Se detuvo en el dobladillo arrugado de su vestido de satén verde oliva, en el tirante que se le caía por el hombro, en la expresión tensa que ella intentaba camuflar con ironía.
—Porque la cara de ese imbécil de mocasines no tenía precio —contestó él con voz plana—. Y porque el pasado no se cura con disculpas formales; a veces solo necesita treinta grados a la sombra y una mentira compartida.
Manuela arqueó las cejas.
—¿Te aprendiste esa frase en un taller de poesía barata?
—Venía en el reverso de un calendario de taller mecánico —replicó Rodrigo sin inmutarse—. Ahora escúchame, Restrepo. Si vamos a fingir que estamos juntos para que tu familia te deje en paz y tu ex deje de mirarte con lástima, lo vamos a hacer bien. Odio las malas fotos y odio los malos montajes.
—No te pedí que montaras una obra de teatro.
—Me metiste al escenario, así que te aguantas el guion.
Se cruzó de brazos. La tela de su guayabera crujió levemente contra el salitre reseco de su piel.
—Condición número uno: no me das órdenes sobre los tiros de cámara. Yo sigo trabajando; la novia me pagó por adelantado y necesito cobrar el saldo. Condición número dos: durante la cena de ensayo te sientas a mi lado y te ríes de mis chistes malos. Y condición número tres...
—¿Hay una tres? —bufó ella.
—Sí. Tienes que devolverme mi termo de café con stickers de la universidad que te quedaste en 2014.
Manuela parpadeó.
—Lo boté en una mudanza.
—Mentira. Eres una acumuladora patológica. Seguro lo usas para guardar monedas.
Se quedaron mirando. Diez años de distancia evaporados entre el zumbido del motor del ventilador y el calor que no daba tregua.
—Trato —dijo ella al fin, extendiendo la mano.
Rodrigo no se la estrechó. En lugar de eso, sacó su teléfono del bolsillo y le mostró la pantalla.
Mamá (18:42): Leonor me acaba de mandar una nota de voz diciendo que viniste con un barbudo greñudo. ¿Quién es? Dime que no es el que te dejó el día del grado.
Manuela cerró los ojos con fuerza.
—La red de espionaje funciona a la velocidad de la luz.
Salieron al patio interior cuando el cielo empezaba a teñirse de ese naranja sucio y espeso de las cinco de la tarde. Los faroles coloniales ya estaban encendidos, arrojando una luz ocre sobre los muros y las espaldas sudorosas de los invitados que intentaban revivir con copas de champaña tibia.
En una esquina, apoyado contra una tinaja de barro, Felipe conversaba con dos primos segundos, pero su mirada rebotaba hacia ellos cada treinta segundos.
—Finge que te estoy contando una historia divertidísima —murmuró Rodrigo, acercándose tanto que Manuela sintió el calor que desprendía su pecho a través del lino crudo.
—No se me ocurre nada divertido con este zapato roto.
—Dime cualquier tontería. Lo que almorzaste.
—Empanada fría de queso en el aeropuerto. La masa parecía caucho de llanta.
—Fascinante —dijo Rodrigo, soltando una carcajada baja y ronca que sonó peligrosamente auténtica.
Levantó la cámara con un movimiento fluido. El visor cubrió la mitad de su rostro. Con la mano izquierda, sus dedos rozaron el mentón de Manuela para inclinarle la cabeza apenas tres centímetros hacia la luz mortecina del farol.
El clic seco y metálico del obturador cortó el barullo del patio.
Rodrigo no bajó el lente. Lo mantuvo pegado a su ojo, a escasos centímetros de la nariz de Manuela, ajustando el anillo de enfoque de cincuenta milímetros con una lentitud deliberada, casi insolente.
—¿Ves? —susurró él detrás del visor, tan bajo que el murmullo quedó atrapado entre los dos—. Fingir que te quiero de nuevo no me va a costar ningún esfuerzo.
El obturador volvió a disparar.
Fin del Episodio 2 · de 4
Cincuenta milímetros y lino arrugado
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.