Un novio falso en Cartagena·Episodio 01

El tacón atascado en Santo Domingo

~6 min · 1245 palabras

Tres por ciento de batería.

La pantalla del teléfono parpadeó con ese brillo mortecino que precede a la muerte digital, justo cuando el sol de las cinco de la tarde terminaba de teñir de naranja sucio los muros encalados del claustro de Santo Domingo. En el patio interior, el bochorno de Cartagena no daba tregua: olía a buganvilias resecas por el mediodía, a cera de cirio derritiéndose sobre la piedra coralina y a ese menjurje inevitable de protector solar de coco fundido con el sudor de setenta personas embutidas en lino crudo.

Manuela apoyó la espalda contra una columna ochavada, abrió la aplicación de mensajería y escribió a toda prisa con el pulgar tembloroso:

«S.O.S. Si no salgo viva de este matrimonio, dile a mi mamá que doné mi ropa y por favor quema mi libreta de apuntes.»

Lo miró dos segundos. Borró todo con un suspiro áspero y tecleó una versión menos melodramática:

«Todo bajo control. Solo hay cuarenta tíos preguntándome por qué vine sola. Mándame memes.»

Enviar.

Dos por ciento.

Se guardó el teléfono en el minúsculo bolso de mano de cuentas doradas —que en realidad era de su hermana y llevaba tres años en su armario sin visos de retorno— y se ajustó el tirante izquierdo del vestido verde esmeralda. El satén se le pegaba a los omóplatos por culpa de la humedad salobre que subía desde las murallas.

—¿Son de jaiba o de queso? —le preguntó al mesero que pasó sorteando invitados con una bandeja de plata abollada.

—De queso costeño, señorita. Calientitas.

—Deme dos, por favor. La jaiba me llena de ronchas.

—Tómese tres, que la fiesta apenas empieza y el trago está pegando duro.

Manuela se metió una bolita de queso a la boca, masticó despacio y miró al vacío mientras el ventilador de techo más cercano emitía un zumbido agónico, como de ciclista viejo subiendo una loma. De fondo, un cuarteto de cuerdas intentaba con evidente desgano una versión instrumental de La camisa negra. Un desastre.

Cosas que no voy a hacer esta noche:

1. Cruzar miradas con Felipe Zúñiga.

2. Aceptar otro daiquirí tibio servido en vaso plástico.

3. Explicar por quinta vez consecutiva que ser diseñadora de producto no significa que teja mochilas ni decore mesas de centro.

Felipe estaba a escasos diez metros, apoyado contra la baranda del aljibe con la desenvoltura ofensiva de los hombres que jamás han tenido que financiar un electrodoméstico a cuotas. Llevaba una guayabera inmaculada de alforzas milimétricas, un reloj de pulso que valía más que el carro de Manuela y esa sonrisa de suficiencia que a los diecinueve años le había parecido carisma y a los veintisiete se le antojaba una falta de respeto.

Si tan solo hubiera inventado que tenía una gastroenteritis fulminante en Bogotá para no venir—

—¡Manuela, tesoro!

La voz atravesó el murmullo de las conversaciones con la precisión de un dardo envenenado. Manuela tragó saliva y sintió que la croqueta de queso se le atravesaba en la garganta.

La tía Leonor venía abriéndose paso entre el mar de lino blanco con un daiquirí a medio derretir en la mano izquierda y un abanico de sándalo en la derecha. Su vestido de tafetán turquesa crujía a cada paso como una bolsa de papas fritas. Tenía el radar encendido, la vista fija en su víctima y una sonrisa de condescendencia familiar que auguraba una masacre.

—No, no, no —murmuró Manuela para sí misma.

Dio un paso atrás, calculando la distancia hacia el arco que daba a la calle para perderse disimuladamente entre los turistas de la plaza.

Dio el segundo.

Y el suelo cobró venganza.

El tacón de aguja de su sandalia derecha, fino como un lápiz del número dos, se deslizó exactamente en la juntura irregular y mohosa entre dos adoquines coloniales. Manuela intentó dar el siguiente paso, pero el pie quedó anclado con la solidez de una roca submarina. Tiró con fuerza, el tobillo se dobló hacia afuera en un ángulo indecente y un chasquido seco —limpio, rotundo, definitivo— resonó contra la piedra.

La madera del tacón se partió en dos.

Mierda.

Manuela quedó suspendida en una cojera instantánea, balanceándose sobre la pierna izquierda como un flamenco en apuros y con el pie derecho apoyado solo en los dedos, en un intento patético por disimular que había perdido diez centímetros de estatura de un solo golpe.

—¡Ay, pero qué milagro verte tan elegante! —la voz de Leonor cayó sobre ella como un manto de plomo—. Mírate, sola como siempre pero regia. Aunque te veo como torcida, muñeca. ¿Es una nueva postura de yoga?

—Hola, tía. No, es... la humedad. Me acalambra las pantorrillas.

—Lo que te falta es un buen marido que te haga masajes —remató la tía, soltando una risita aguda mientras se abanicaba con furor—. Porque dime una cosa, Manuela: ¿y el novio? Tu prima Camila ya va por el segundo niño y tú sigues viviendo en ese apartamento diminuto con tus plantas. El tren no pita dos veces, mi reina.

A dos pasos, alertado por los gritos de la tía, Felipe Zúñiga se acercó con un vaso de whisky en la mano y las cejas arqueadas.

—Manu, qué sorpresa —dijo él, bajando la mirada hacia los pies de ella con una diversión apenas contenida—. Te ves... diferente. Más terrenal.

—Estoy perfecta, Felipe. Gracias por tu preocupación humanitaria.

Mentirle a la familia nunca es una estrategia premeditada; es un reflejo de supervivencia para no morir asfixiada en guayaberas ajenas.

—A mí no me cambies de tema —insistió Leonor, dando un sorbo a su trago aguado y clavándole una mirada inquisitoria—. Toda la familia preguntando por qué la niña independiente no trajo acompañante. ¿No me vas a decir que sigues esperando que caiga del cielo?

En ese instante, un hombre pasó caminando de espaldas junto a ellos, cubriendo el evento con una cámara réflex colgada al cuello. El obturador mecánico soltó una ráfaga seca, metálica —clic-clac, clic-clac—, cortando el bochorno entre los tres.

El fotógrafo llevaba una camisa negra de mangas recogidas manchada de salitre en los hombros, el pelo revuelto y un termo metálico abollado asomando por el bolsillo lateral de su morral.

El cerebro de Manuela desconectó el raciocinio.

Estiró el brazo izquierdo, lo enganchó con fuerza implacable alrededor del bíceps del fotógrafo y tiró de él hacia su costado maltrecho con una sonrisa radiante.

—De hecho, tía, no vino del cielo —soltó Manuela, apretándole el brazo al desconocido con la desesperación de un náufrago aferrado a un madero—. Llegó conmigo. Les presento a mi prometido.

El hombre se detuvo en seco.

Felipe frunció el ceño. La tía Leonor casi se atraganta con el pitillo del daiquirí.

Lentamente, el fotógrafo bajó la pesada cámara de su rostro y se giró para mirarla. Tenía la piel curtida por el sol, una ceja ligeramente arqueada por la ironía y unos ojos oscuros que Manuela reconoció antes de que pudiera frenar el pánico.

Rodrigo.

El mismísimo Rodrigo que diez años atrás la había dejado plantada en las escaleras del colegio con un vestido color melocotón y una orquídea marchita en la muñeca.

—¿Prometido? —repitió él, mirándola de arriba abajo hasta detenerse en el tacón quebrado—. Vaya, amor, no sabía que teníamos tanta prisa.

Manuela quiso que la tierra de Cartagena se abriera y se la tragara entera.

—Son cosas que pasan —dijo ella entre dientes, clavándole las uñas en la tela de la camisa.

Rodrigo sonrió con la misma calma exasperante de siempre.

Estaba jodida.

Fin del Episodio 1 · de 4

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