Un mapa para dos ladrones·Episodio 02

Tinta china y senderos de cabras

~5 min · 1090 palabras

El descenso desde el alféizar de la Torre de los Vientos no admitía dudas ni temblores de pulso. Noemí aseguró una maroma de cáñamo albero a la viga maestra de la campana mayor con dos vueltas redondas y un cote firme, probando la tensión con un tirón seco de ambos brazos. Lanzó el cabo hacia la negrura del patio trasero y miró a Elías, que contemplaba el vacío con el estuche de mapas cruzado al pecho, la cartera de dibujo bajo el brazo y los nudillos completamente blancos de apretar la correa.

—No mires el suelo, cartógrafo —le susurró ella con una sonrisa burlona mientras ajustaba el nudo corredizo alrededor del talle del joven—. El suelo no se va a mover, pero los alguaciles están a punto de reventar la trampilla con sus piquetas de hierro.

El chasquido seco de la madera cediendo en lo alto de la escalera de caracol terminó de convencer a Elías. Agarró la cuerda con ambas manos, cerró los ojos y se deslizó hacia la noche helada. El roce del cáñamo le quemó las palmas a través de los guantes de lana hilada, pero antes de que el pánico pudiera cerrarle la garganta, aterrizó sobre una pila de paja fresca en el callejón de los toneleros. Noemí bajó detrás de él en tres saltos, como si la cuerda le sobrara.

A diez varas de allí, atada a una argolla de hierro forjado junto a los cobertizos de las caballerizas comunales, esperaba Parda: una mula fuerte, de orejas atentas, aplomos perfectos y pelaje oscuro que bufó suavemente al reconocer el olor a cuero, romero y nieve de su dueña. Noemí desató el ronzal con un movimiento rápido y certero, acomodó las alforjas de lona impermeable sobre el aparejo y empujó a Elías hacia la grupa sin contemplaciones.

—¡Monta y agárrate a la cincha si no quieres rodar por las piedras! —ordenó ella, saltando sobre la montura de madera con la soltura natural de quien ha pasado más inviernos a caballo que durmiendo bajo techado.

La mula arrancó a un trote corto y firme por las callejuelas empedradas del barrio alto, sorteando huertos cercados con bardas de espino, leñeras cubiertas de escarcha y acequias congeladas antes de enfilar la senda empinada de los neveros que subía hacia las cumbres de pizarra negra. A sus espaldas, en el fondo del pueblo, las antorchas de los soldados de la cancillería comenzaban a iluminar la plaza mayor con un resplandor sangriento y desordenado.

◇

Hacia las dos de la madrugada, las casas de teja de Montecanela no eran más que un puñado de brasas diminutas en el fondo del cuenco del valle. El sendero se había estrechado hasta convertirse en una cornisa precaria de apenas tres palmos de grava suelta y piedras rodadas, suspendida sobre un abismo de niebla donde el rumor del río Bramante sonaba como un rugido sordo, constante y voraz.

Elías iba agarrado a la cintura de Noemí con una fuerza desesperada que comenzaba a entumecerle los antebrazos. La muchacha cabalgaba con una soltura que le parecía casi milagrosa, inclinando el cuerpo al compás exacto de los balanceos de la mula y susurrando palabras cariñosas y firmes al animal en cada recodo resbaladizo donde el hielo cubría la peña.

—Tienes las manos heladas como cantos de torrente, cartógrafo —dijo ella por encima del hombro, sin apartar los ojos de las sombras del camino—. ¿Tanto miedo le tienes a un poco de aire fresco de la sierra?

—No es el aire lo que me hiela la sangre, Noemí —respondió él, intentando controlar el castañeo involuntario de sus dientes contra el frío punzante—. Es la distancia geométrica entre las suelas de mis botas y el fondo del barranco. Mis mapas se dibujan con calma sobre mesas planas de nogal encerado donde la gravedad no te rompe el cuello si tropiezas con una coma mal puesta.

Noemí se rio, y la risa se quedó flotando en el aire helado de la noche.

—Un mapa no inventa caminos nuevos; solo le da valor a quien necesita cruzarlos en la oscuridad. Y este sendero de cabras lo conozco desde que tenía siete años. Parda no pisa en falso jamás, ni siquiera cuando la ventisca borra las señales de los mojones.

Se detuvieron en un pequeño descansillo de roca protegido por un imponente voladizo de granito negro. El viento de la cordillera soplaba con fuerza creciente, arrastrando jirones de niebla densa y copos menudos de nieve que empapaban sus capotes de paño pardo y hacían crujir los arreos de cuero curtido de la mula. Parda resopló con fuerza, buscando matas de hierba seca entre las fisuras de la peña, mientras Elías descolgó el estuche de latón, extrajo el plano del desfiladero y encendió una pequeña linterna sorda de aceite de colza cuya lente proyectaba un círculo de luz ámbar sobre el pliego.

—Según las ordenanzas de postas de la corona —dijo Elías, señalando una línea punteada trazada con tinta china roja que serpenteaba por la vega—, el destacamento del corregidor tardará al menos cuatro horas en rodear todo el macizo por el camino carretero para cortar el paso del puente del Diablo. Si seguimos por este espolón de cabras a pie firme, llegaremos a la borda de los pastores antes del alba y podremos interceptar la estafeta secreta que lleva el fuero robado antes de que alcancen la frontera provincial.

Noemí contempló el mapa con una admiración sincera que iluminó sus facciones curtidas. En el pergamino, cada curva del sendero, cada manantial oculto entre los brezales, cada paso cortado por las rocas y cada refugio de pastores estaban dibujados con una precisión asombrosa y una caligrafía tan hermosa que parecía obra de miniaturistas conventuales.

—Eres muy bueno en lo tuyo, Elías —dijo ella en voz baja, mirándolo a los ojos en la penumbra dorada de la linterna—. Mucho más de lo que crees. Este valle no sería el mismo sin tus ojos para dibujarlo y recordarnos quiénes somos.

—Solo sé dibujar lo que otros tienen el valor de recorrer —respondió él, guardando el compás con dedos temblorosos—. Y esta noche, caminar a tu lado me hace sentir que ningún abismo es insuperable.

No le dio tiempo a contestar. El primer copo grande le cayó a Elías en la lente; en diez minutos, la ventisca había borrado el sendero, los mojones y hasta las orejas de Parda. Noemí, que conocía aquella senda desde los siete años, dijo en voz alta lo que ninguno de los dos quería oír:

—No sé dónde estamos.

Fin del Episodio 2 · de 4

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