Un mapa para dos ladrones·Episodio 01

El repique de la torre de guardia

~5 min · 1022 palabras

El bronce de la torre de la iglesia de Montecanela no solía tocar a rebato salvo por dos motivos: fuego en los graneros comunales o riada en el vado bajo. Aquella noche de luna menguante, sin embargo, el repique era entrecortado y febril, como si el badajo estuviera siendo golpeado por manos asustadas. En las calles empedradas resonaban los cascos herrados de cuatro caballos al galope y las voces destempladas de los alguaciles de la corregiduría gritando una orden de captura.

En lo alto de la Torre de los Vientos, Elías no se había levantado de su mesa de dibujo. Vestía un chaleco de terciopelo canela gastado en los codos y sostenía una pluma de cálamo con la punta cortada al sesgo, rellenando con tinta de agallas de roble las curvas de nivel del paso de las Nieblas. Sobre las losas descansaban compases de cobre, reglas de boj pulido y rollos de papel de trapo prensado que olían a cola de pescado, linaza y polvo de archivo.

La trampilla de madera que comunicaba con la escalera de caracol se abrió de golpe con un chasquido violento. Una figura menuda y ágil se deslizó en la estancia, trancó el cerrojo de hierro con una barra de castaño y se apoyó contra la madera jadeando con fuerza.

—Si pretendes gritar, Elías, te juro por mi mula que te ato al péndulo del reloj —dijo una voz femenina, rasgada por el viento helado de la noche.

Elías dejó la pluma en la ranura del tintero con una parsimonia que desesperó a la recién llegada. Se ajustó las lentes redondas de montura de alambre de plata sobre el puente de la nariz y levantó la mirada.

—Buenas noches, Noemí —dijo él con tono mesurado, como si recibir a una fugitiva a las doce de la noche fuera parte de su rutina diaria—. La cancela del cancel estaba cerrada, lo que significa que has escalado por la hiedra del muro norte. La última persona que intentó eso se rompió las dos muñecas en el setenta y cuatro.

—La hiedra del norte está helada y bien firme, señor letrado —respondió Noemí, quitándose la gorra de lana oscura y dejando caer una melena castaña trenzada con cintas de cuero—. Y los alguaciles del corregidor están registrando la estafeta de postas como si buscaran una aguja en un pajar. Me acusan de haber abierto el cofre de caudales del concejo y haber robado el Fuero de las Cuatro Lumbres.

Elías parpadeó despacio tras los cristales de sus lentes. La acusación era tan desmesurada que carecía de cualquier lógica jurídica.

—Tú llevas cartas sin abrir desde los catorce años, Noemí. Todo el valle sabe que antes te cortarías los dedos que romper el lacre de un pliego ajeno.

—Quien roba un fuero no necesita esconderlo: le basta con encontrar a alguien a quien colgárselo. El corregidor Arteaga no busca al ladrón, Elías. El ladrón es él. Quiere quemar el fuero original para que los fueros del valle queden sin validez ante el tribunal de Burgos, y necesita un cabeza de turco antes de que los vecinos sospechen.

◇

Unos golpes secos de empuñadura de sable retumbaron contra el portón de la planta baja. La voz del sargento de los alguaciles subió por el hueco de la escalera como el ladrido de un mastín de presa.

—¡Abran en nombre de la corona! ¡Sabemos que la mensajera entró en este edificio!

Noemí se llevó la mano al cinto, donde llevaba una daga corta de guarnicionero con empuñadura de cuerno. Sus ojos castaños, vivos y desconfiados como los de una lechuza de campanario, recorrieron la estancia buscando una salida.

—No hay más salidas que las ventanas del adarve —dijo Elías, levantándose con una calma que contrastaba brutalmente con la tensión del ambiente—. Y están a cuarenta pies sobre el foso de grava. Guarda esa daga. Aquí no vamos a derramar sangre de vecinos por un malentendido de legajos.

El joven cartógrafo caminó hacia la repisa donde guardaba los salvoconductos y órdenes de tránsito. Tomó una hoja sellada con cera roja que los soldados habían clavado en la puerta del concejo esa misma tarde y que él había descolgado para estudiarla, y la colocó bajo la lupa de aumento de su mesa de trabajo.

—Míralo tú misma —dijo él, haciéndole señas para que se acercara—. La tinta es de agalla común con exceso de sulfato de hierro, una mezcla barata que solo usan las escribanías de la corte. Y el sello del escudo comunal... observa la tercera almena de la torre central.

Noemí se inclinó sobre la lente, tan cerca que Elías pudo percibir el olor a frío de montaña, cuero viejo y viento limpio que desprendía su ropa.

—La almena no tiene la muesca del cantero —murmuró ella, sorprendida.

—Exacto —concluyó Elías, cruzando los brazos con una chispa de triunfo en la mirada—. El sello original fue tallado en bronce por mi maestro hace sesenta años y tiene una fractura diminuta justo en esa almena. Esta impronta es una falsificación grosera hecha en plomo hace tres días. Alguien ha fabricado una orden falsa para justificar el registro y la confiscación del fuero.

—Entonces no puedo quedarme aquí —dijo Noemí, mirando la trampilla que comenzaba a combarse bajo los golpes—. Si me atrapan con este papel, me colgarán antes de que pueda hablar con el alcalde.

—No te vas a quedar aquí —respondió Elías, enrollando rápidamente tres mapas de vitela y metiéndolos en un estuche de hojalata impermeable—. Y tampoco te vas a ir sola. Hay un sendero de pastores que cruza la garganta del Muerto por las crestas de niebla. Ningún caballo de los alguaciles puede subir por allí, pero necesitaremos una mula y alguien que sepa leer las estrellas.

—Yo tengo la mula —sonrió Noemí, y por primera vez la sombra del miedo desapareció de su rostro—. Y tú tienes las estrellas.

Bajo sus pies, la primera tabla de la trampilla saltó hecha astillas. Por el hueco asomó la punta de una piqueta de hierro, y la única salida que les quedaba estaba a cuarenta pies sobre el foso de grava.

Fin del Episodio 1 · de 4

El repique de la torre de guardia

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