La cabaña de los pastores de nubes
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La encontraron por el olor a turba, cuando ya no sentían los pies. La cabaña de los pastores de nubes era poco más que un montón de piedras de esquisto encajadas sin argamasa en una hendidura del cantil, a más de dos mil pies sobre el valle. El techo bajo, de tepes de turba y brezo trenzado, goteaba por algunas rendijas, pero el muro del norte frenaba la ventisca como una muralla. Dentro olía a vellones curados al humo, boñiga seca, ceniza de encina y tierra escarchada.
Noemí acomodó a Parda en el rincón más abrigado y seco de la cuadra, frotándole los ijares con un buen puñado de paja seca para secarle el sudor del ascenso antes de cubrirla con una manta de arpillera gruesa y doblada en dos. Mientras tanto, Elías vació sus bolsillos sobre una laja plana de pizarra gris: dos tortas de cebada tostada duras como cantos rodados, un trozo generoso de queso curado de cabra con corteza de ceniza y un frasco pequeño de estaño con aguardiente de membrillo que su abuelo le había regalado hacía dos inviernos.
—No es el banquete del gremio de escribanos ni la mesa de un mesón con lumbre de roble —dijo Elías, partiendo la torta de cebada con su navaja de campo y ofreciéndole a Noemí la mitad más grande con una sonrisa tímida y cansada—, pero tiene la inmensa virtud de no estar vigilado por ningún alguacil de la cancillería.
Noemí aceptó el trozo de pan con una sonrisa abierta que borró de golpe el cansancio acumulado de la noche. Se sentaron juntos en un banco corrido de piedra arrimado al hogar improvisado, donde unas pocas ramas secas de retama y dos terrones de turba ardían lentamente sin apenas humo, desprendiendo una lumbre tibia y constante que templaba sus rodillas y las puntas heladas de sus botas.
—Toma un trago del frasco —le ofreció ella, devolviéndole el recipiente de estaño tras humedecerse los labios—. Te devolverá el calor al pecho y desatará los nudos que tienes en los hombros.
El aguardiente le bajó a Elías por la garganta como un trago de brasas; tosió dos veces y soltó un bufido que hizo reír a carcajadas a la muchacha.
—Vaya con el letrado de la torre —bromeó ella, dándole un suave codazo amistoso en el brazo—. Pareces un gorrioncillo empapado por un chaparrón de abril.
—En mi torre no se bebe aguardiente a palo seco, señorita mensajera —protestó él, aunque no pudo evitar sonreír al sentir cómo una agradable oleada de calor se le instalaba en el pecho como una manta nueva de lana virgen—. Allí solemos tomar vino especiado con canela y corteza de naranja mientras revisamos los censos notariales.
—Pues te estás perdiendo lo más hermoso de la tierra —respondió Noemí, apoyando la nuca contra las piedras frías de la pared y mirando las brasas con los ojos entornados—. No hay nada en este mundo comparable a coronar un puerto de montaña a medianoche, con los músculos ardiendo por el esfuerzo del camino, y ver cómo la niebla se abre bajo tus pies como un mar blanco del que eres la única dueña.
Elías la miró en silencio, fascinado por la serenidad salvaje que desprendía. La luz vacilante de las ascuas perfilaba su mandíbula decidida, la pequeña cicatriz plateada sobre su ceja izquierda ganada en una caída juvenil y esa mirada libre y limpia que siempre lo había cautivado desde que la vio galopar por primera vez hacia la estafeta con apenas doce años.
—Siempre te he envidiado, Noemí —confesó él en un murmullo sincero, mirando las palmas de sus manos manchadas de tinta y enrojecidas por el frío.
—¿A mí? —ella volvió el rostro hacia él con genuina extrañeza—. ¿Una mensajera sin tierras ni hacienda que duerme la mitad de las noches en pajares comunales y come polvo de camino?
—Tú vives dentro del territorio real —dijo Elías con devoción contenida—. Yo solo trazo sus contornos sobre el papel. Conozco el nombre administrativo de cada collado, la altitud precisa de cada risco y la profundidad de cada torrente, pero tú has sentido en la piel el viento verdadero de todos ellos. Cuando paso semanas enteras encerrado en mi mesa de nogal rellenando márgenes con tinta china, a veces siento que mi vida cabe entera en un pliego de pergamino que cualquiera puede enrollar y archivar en un cajón polvoriento.
Noemí no respondió de inmediato. Extendió el brazo sobre la losa de pizarra y cubrió la mano de Elías con la suya. Sus dedos eran delgados pero extraordinariamente firmes, curtidos por las riendas de cuero y el hielo de los inviernos de la sierra.
—El miedo al abismo se cura cuando tienes a tu lado a alguien que sabe pisar la roca firme. Eso lo aprendí viéndote trabajar en silencio desde la ventana de mi estafeta. Si yo cruzo estos pasos sin despeñarme no es por ser más valiente que tú, Elías, sino porque sé que si la tormenta me ciega en el páramo, siempre habrá una lámpara encendida en tu torre de reloj para marcarme el rumbo de vuelta a casa.
Elías levantó los ojos y sostuvo su mirada sin pestañear. El frío áspero de la borda de piedra pareció disiparse por completo entre ambos. Con un gesto suave y deliberado, Elías alzó la mano libre y apartó un mechón rebelde de cabello castaño de la frente de Noemí, rozando la piel suave de su sien con la yema del pulgar. Noemí no retrocedió; se inclinó despacio hacia él hasta que sus frentes se tocaron en un silencio cargado de una ternura que ninguno de los dos había conocido antes.
—Mañana recuperaremos el fuero comunal —susurró ella, con el aliento tibio acariciándole los labios a Elías.
—Mañana —asintió él, envolviéndola con su capa de paño para protegerla del relente de la noche—. Pero esta noche el mapa entero solo tiene dos puntos cardinales: tú y yo.
No durmieron mucho. Antes de que la turba se apagara, Elías desplegó el plano del desfiladero junto a las brasas, marcó con una cruz la roca de la Campana y le explicó a Noemí, en voz muy baja, lo que iban a hacer al amanecer con un alerce seco y dos barras de hierro. Ella lo escuchó hasta el final sin pestañear. Luego dijo:
—Si sale mal, nos ahorcan a los dos.
Fin del Episodio 3 · de 4
La cabaña de los pastores de nubes
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