El rastro de cera en el claustro
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Las bodegas subterráneas de San Román eran una red de bóvedas de toba volcánica donde los monjes cistercienses habían almacenado mostos, tinajas de aceite y maceraciones de raíces durante dos siglos. El aire abajo era espeso, húmedo y gélido, impregnado de un olor a moho dulce y tierra vieja. Cuando Abel bajó la linterna hacia los adoquines del pasillo principal, una serie de huellas de botas claveteadas marcaban el fango con el dibujo inconfundible de las suelas de los regimientos del sur.
—Cuatro hombres —dijo Abel, arrodillándose para medir la profundidad de una pisada con la hoja de su cuchillo de monte—. Uno cojea del pie izquierdo y carga más peso que los demás. Llevaban una caja de madera con cantoneras de hierro: el cajón de la pimienta.
Sara lo siguió de cerca, sintiendo en la nuca el rumor amortiguado del río que pasaba a pocas varas por encima de las bóvedas. Al fondo de la nave, una puerta de roble macizo con refuerzos de hierro en aspa permanecía entreabierta, despidiendo un resplandor cobrizo mortecino.
En la sala del alambique los esperaba lo peor: la gran caldera de cobre martillado, donde tres generaciones de boticarios habían destilado el alcohol de saúco y las esencias balsámicas, estaba sin su serpentín. Alguien había serrado los tubos con una hoja de dientes finos y había arrojado un saco de cal viva en el hogar para ahogar las brasas permanentes.
—El serpentín se lo han llevado para fundirlo o para asegurarse de que no podamos destilar una sola gota de licor tonificante —dijo Sara, con los ojos húmedos de rabia mientras tocaba el metal frío de la caldera.
Abel se acercó a la rejilla de ventilación que comunicaba la cripta con el barranco exterior. Junto a los hierros torcidos encontró un sobre de cuero engrasado, caído entre dos piedras húmedas durante la huida.
—Mira esto, Sara —dijo, abriendo el pliego con cuidado bajo la luz de la linterna—. Lleva el sello de la Intendencia de Minas de Burgos. Es una orden de decomiso de todas las reservas de especias medicinales del norte, firmada hace dos semanas.
Sara leyó el documento por encima del hombro del guardia. El virrey había prometido un monopolio de venta de caloríferos de carbón a los grandes comerciantes a cambio de préstamos para la guerra en Flandes. Para que los pueblos compraran el carbón, era indispensable que las medicinas tradicionales fallaran y que las chimeneas de leña fueran declaradas insalubres.
—Nadie roba la medicina de un valle para curarse: la roba para que el valle tenga que comprársela —susurró Sara, con los puños apretados—. Pretendían dejarnos sin ganado y sin fuego para que tuviéramos que suplicar sus limosnas.
—Pero cometieron un error de bulto —dijo Abel, señalando una hilera de manchas rojizas que salían por el túnel del desagüe hacia el bosque de sauces—. El fondo del cajón estaba rajado. Han ido soltando granos por el sendero de la ribera: uno aquí, otro allá.
Durante la hora siguiente, mientras Clara y Lucian montaban guardia en el atrio repartiendo pan caliente entre los pastores para mantenerlos despiertos, Sara y Abel recorrieron el cañaveral helado siguiendo el rastro rojo. Abel recogía cada grano que encontraba en el barro y lo guardaba en un pañuelo.
La orilla del río era un laberinto de sauces llorones cubiertos de escarcha y charcos vidriados que se quebraban bajo las botas. Abel abría camino con su lanza, cortando ramas bajas y ofreciendo su brazo a Sara cada vez que el barro amenazaba con tragarse sus zuecos de madera.
—Siempre has querido hacerlo todo tú sola, Sara —dijo él en voz baja, mientras descansaban un instante bajo el abrigo de una peña de caliza—. Cuando se murió tu abuelo, te encerraste en esa botica y ni siquiera me dejabas ayudarte a cortar leña para el alambique.
—Mi abuelo decía que quien depende de la compasión ajena se queda sin techo a la primera helada —respondió ella, mirando el agua oscura del río con la respiración entrecortada.
—Yo no te ofrecía compasión, cabezota. Te ofrecía dos brazos y una sierra limpia. Y los sigo ofreciendo.
Sara lo miró a los ojos. En la penumbra azulada de la mañana, la sonrisa franca de Abel y la firmeza de su mano en el hombro le aflojaron algo que llevaba meses apretado.
—Pues no te quejes cuando te pida que cargues con el serpentín de vuelta —dijo ella con una media sonrisa que le devolvió la luz al rostro.
Veinte pasos más adelante, escondido entre los juncos junto a la vieja caseta del barquero, el carromato de los buhoneros descansaba con una rueda rota sobre un banco de grava. Dos hombres con capotes de paño pardo dormitaban junto a una fogata de humo negro, confiados en que la niebla los protegería. Abel contó dos veces y torció el gesto. De los cuatro hombres de las huellas solo había dos. Las pisadas del cojo y de su compañero seguían río arriba, hacia los pinares de Montebruno.
Fin del Episodio 2 · de 4
El rastro de cera en el claustro
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