Tres granos de pimienta negra·Episodio 01

El vaho frío en las redomas

~5 min · 900 palabras

La botica del monasterio de San Román olía a una mezcla inmemorial de cera virgen, corteza de sauce y flores secas de saúco suspendidas en ristras del envigado de roble. En las mañanas de otoño, cuando el sol se filtraba oblicuo por los parteluces del claustro, las hileras de frascos de vidrio soplado color verde oliva despedían destellos esmeralda sobre las mesas de nogal. Pero aquella mañana, el vaho blanco que salía de la boca de Sara al respirar no se disolvía ni a dos pulgadas de las redomas.

Sara ajustó el cordón de cuero de su delantal pardo y pasó la yema del pulgar por la cerradura de hierro forjado del armario de los bálsamos mayores. El pestillo colgaba torcido, quebrado con la palanca de un escoplo o una punta de barrena, y en el suelo de baldosas de barro reposaban astillas de madera barnizada mezcladas con un polvillo rojizo que olía a resina caliente.

—Han forzado el cajón de cedro —dijo en voz baja, sin girarse, sintiendo el crujido de pasos firmes sobre las losas húmedas de la entrada.

Abel se detuvo en el umbral, apoyando en el suelo la culata de su lanza corta de patrulla. Llevaba el capote de sayal con el cuello alzado para protegerse del relente del río y su flauta de madera de peral asomando por el bolsillo de la faltriquera. En sus ojos claros, habituados a escrutar los barrancos de la frontera y a distinguir las huellas de ciervo entre la hojarasca podrida, brillaba esa calma burlona que a Sara solía sacarla de quicio desde que tenían diez años.

—Los pastores de la majada alta están en el atrio con tres carretas de ovejas merinas que no se tienen en pie —anunció el guardia, dejando su sombrero de fieltro sobre el borde de un lebrillo vacío—. Dicen que los animales comieron escarcha en la ladera sur y han caído en un sueño de hielo. Esperan tu jarabe de pimienta solar, boticaria.

Sara señaló la balda vacía donde hasta la víspera descansaba el relicario con las últimas bayas de pimienta solar traídas de los riscos orientales.

—Pues diles que regresen a sus cabañas y recen, Abel. Porque el frasco madre ha desaparecido y la pimienta de cultivo no florece hasta la luna de San Juan.

Abel frunció el ceño y dio tres pasos hacia la mesa. Se agachó para examinar las astillas del suelo y rozó con el índice la mancha rojiza.

—No fue un pastor hambriento —dijo con voz que había perdido toda ligereza—. Quien reventó este cerrojo sabía exactamente qué buscaba. No tocaron el azúcar de caña ni el azafrán molido, que valen el triple en la feria del burgo.

—Sin esa pimienta no hay modo de templar la sangre de los rebaños —respondió Sara, cruzando los brazos mientras intentaba calmar el temblor de sus dedos—. En dos días morirá la mitad del ganado del valle y los tratantes de carbón comprarán los pastos por cuatro perras gordas.

Abel se incorporó, mirándola con esa cercanía sosegada que siempre lograba desarmar su orgullo.

—Entonces ensilla la mula parda, Sara. Tú conoces las hierbas y yo conozco las trochas de escape. Una buena tisana cura el resfriado de pecho, pero para la desconfianza hace falta una lumbre encendida y alguien dispuesto a escuchar.

◇

Antes de que pudieran cerrar la cancela de la botica, el sonido de cascos apresurados resonó en el patio del monasterio. Clara y Lucian aparecieron en el portal, desmontando de una yegua torda que resoplaba nubes espesas de vapor. Clara traía tres hogazas de pan de rescoldo envueltas en paños blancos y Lucian cargaba su cuaderno de campo con el ceño severo de quien acaba de confirmar una sospecha.

—No busquéis ladrones comunes, Sara —dijo Clara sin preámbulos, entrando en la botica y depositando un pan crujiente sobre la mesa de nogal—. Los mismos que taponaron con brea de hulla la chimenea de mi molino han estado aquí.

Lucian mostró el fragmento de brea que habían extraído del tiro del horno. Abel lo tomó entre las yemas de sus dedos y lo olió con una mueca de asco.

—Huele igual que el carromato de los buhoneros que acamparon en el vado de los sauces anoche —dijo el guardia—. Dijeron que vendían clavos de herrar y cazuelas de fundición, pero su carromato llevaba las ruedas hundidas en el lodo como si transportaran lingotes de plomo.

—La segunda lumbre del valle duerme bajo este claustro —intervino Lucian, señalando los arcos góticos que descendían hacia las bodegas subterráneas—. Si roban las especias y apagan el alambique mayor, el valle quedará a merced del carbón del virrey antes del invierno.

Sara miró el pan caliente de Clara y luego el fragmento de brea en la mano de Abel, y entendió que la soledad con la que llevaba meses custodiando la botica no la había protegido de nada.

—El alambique mayor está en la cripta del pozo —dijo ella con voz firme, cogiendo su linterna de aceite y un manojo de llaves de latón—. Vamos a ver si todavía queda una gota de calor en esas tuberías de cobre.

No hizo falta llave. La puerta de las bodegas, que en veinte años solo habían abierto ella y su abuelo, estaba entornada, y desde abajo subía un olor que no tenía nada de botica: el olor seco y quemado de la cal viva.

Fin del Episodio 1 · de 4

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