Tres granos de pimienta negra·Episodio 03

El hervor lento de la salvia

~5 min · 971 palabras

El asalto a la caseta del barquero duró menos de lo que tarda un leño de abeto en prender la mecha. Abel no necesitó desenvainar el acero: avanzó entre los juncos con la autoridad tranquila de quien conoce cada recodo del valle, plantó la moharra de su lanza a dos pulgadas de la nariz del primer buhonero y le arrebató el trabuco de chispa antes de que el hombre acertara a abrir los ojos.

—De rodillas los dos y con las manos sobre la nuca —ordenó el guardia con una voz tan serena que resultaba más aterradora que un grito de guerra—. Si alguno hace un movimiento brusco, descubrirá cómo pican las zarzas de la ribera.

Sara no esperó a que los hombres respondieran. Se encaramó a la trasera del carromato y desató la lona alquitranada. Allí, entre sacos de carbón menudo y cazuelas de hierro defectuosas, descansaba el serpentín de cobre de su alambique junto al cajón de cedro roto. Al abrir la tapa, el aroma punzante, resinoso y vivificante de la pimienta solar le llenó los pulmones de una energía tibia y reconfortante.

—Están todas —dijo ella, alzando un frasco de vidrio soplado con unas doscientas bayas negras moteadas de oro—. Y los tres granos que se les cayeron por el camino los lleva Abel en el pañuelo.

Abel ató a los dos buhoneros con una maroma de cáñamo y cargó el pesado serpentín de cobre sobre sus hombros con un gruñido de esfuerzo. Los buhoneros miraban el suelo con la mirada torva de quienes han cobrado por adelantado un trabajo sucio que acaba de torcerse.

—Estos dos señores pasarán la noche en el calabozo del concejo explicando al alcalde quién les pagó por el sabotaje —dijo el guardia—. Pero tú tienes una caldera que reanimar, Sara. Las ovejas del atrio no aguantarán hasta la tarde si el hielo les llega a la entraña.

◇

A las dos de la tarde, la sala subterránea del alambique volvía a bullir con una actividad frenética. Con la ayuda de Lucian, que utilizó sus conocimientos de fontanería hidráulica para sellar las juntas del serpentín con estopa y pez de resina limpia, el alambique quedó reinstalado en su pedestal de granito.

Clara mantenía un fuego vivo en la chimenea alta tostando rebanadas de pan con manteca y romero para alimentar a los pastores que aguardaban arriba ateridos de frío, mientras Sara y Abel preparaban la mezcla curativa en una cazuela de cobre martillado sobre las brasas bajas del hogar conventual.

El secreto de la fórmula exigía una proporción exacta transmitida de abuelos a nietos: tres medidas de miel de brezo oscuro cosechada en las colmenas del risco antes de las primeras nieves, medio celemín de hojas secas de salvia real machacadas en el mortero hasta soltar su aceite balsámico, dos azumbres de aguardiente blanco de orujo y los granos de pimienta solar aplastados en el momento justo en que la mezcla alcanzara el primer hervor espumoso.

—El fuego no debe arrebatar el licor —advertía Sara, sin soltar la cuchara de madera de boj con la que revolvía el caldero en círculos lentos y pacientes—. Si la miel hierve demasiado rápido, la esencia se quema y el remedio pierde la virtud de calentar la sangre.

Abel estaba a su lado, moliendo las bayas en el mortero de piedra con golpes firmes que desprendían un polvillo dorado en el aire fresco de la cripta.

—¿Así de fino, boticaria?

—Un poco más, Abel. El grano debe abrirse como una flor de fuego, no romperse en pedernal áspero. Si queda grueso, las ovejas se atragantan y no asimilan el calor.

Abel apoyó el mazo de granito sobre la mesa y se inclinó sobre la cazuela. El vapor que ascendía del licor formaba rizos fragantes que olían a resina de pino, flores silvestres y esa chispa ardiente que despertaba la garganta al respirar hondo.

—Me acuerdo cuando teníamos doce años y te subiste al tejado del palomar para recoger nidos de golondrina —dijo él, con una sonrisa mansa que le arrugaba las comisuras de los ojos—. Te caíste sobre el montón de estiércol y estuviste tres días oliendo a establo. Tu abuelo te preparó una tisana parecida a esta.

—No era de pimienta, era de menta poleo y vinagre de manzana —corrigió ella, sintiendo que una calidez inesperada le aflojaba la tensión de los hombros—. Y tú te quedaste toda la tarde sentado en el brocal del pozo tocando la flauta para que no llorara por el raspón de la rodilla.

—Porque tocabas muy mal las cucharas y prefería mi flauta —bromeó él, mirándola con fijeza.

La cercanía entre ambos en la estrechez de la caldera hacía que cada movimiento de los brazos rozara el sayal del otro. El calor de la lumbre encendía reflejos cobrizos en las trenzas oscuras de Sara, y sus dedos, habituados a pesar granos de simiente en la balanza de precisión, temblaron un instante al rozar la muñeca curtida del guardia.

—El secreto de un buen jarabe no son las hierbas raras, sino no retirar la cazuela del fuego antes de que la miel se rinda.

Abel sonrió sin apartar la mirada de sus ojos, donde el resplandor de las brasas danzaba con una complicidad que los años de silencio no habían logrado marchitar.

—Mi madre decía lo mismo del matrimonio —soltó él con una naturalidad tan desarmante que Sara casi derrama la cuchara de boj sobre las cenizas del hogar.

—No digas tonterías, guardia —murmuró ella, sintiendo que el rubor se le extendía desde el cuello hasta las orejas.

—No es ninguna tontería, Sara. Llevo siete inviernos esperando a que me mires como me estás mirando ahora. Y no pienso retirar la cazuela del fuego hasta que me digas que puedo quedarme a cuidar de ti y de tus pucheros.

Fin del Episodio 3 · de 4

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