Solo para dos violines·Episodio 03

La cuerda Mi desafinada

~6 min · 1272 palabras

Tardó exactamente tres segundos en soltársela.

—Tu pulso está en ciento veinte —dijo él, sin apartar los dedos de inmediato.

—Es la humedad, Calle. Y el hecho de que estás a diez centímetros de invadir mi espacio aéreo.

Sara dio un paso atrás, frotándose la muñeca donde la presión tibia de los dedos de Matías todavía dejaba una sombra fantasma. El Aula 3 seguía oliendo a madera encerrada y al barniz de copal que el calor de las cinco de la tarde ablandaba hasta volverlo denso. Sobre el atril compartido, las anotaciones a lápiz 2B parecían burlarse de ella: Sara: aire aquí. Como si él supiera exactamente cuándo le faltaba el oxígeno.

—Te queda ridícula mi camisa —añadió ella, señalando la pana verde oliva empapada en la sisa—. Devuélvemela antes de que la pudras.

—Es mi amuleto. Además, la gamuza de los codos amortigua el puente. Deberías agradecérmelo.

—Te agradeceré cuando te mudes a otra orquesta.

La puerta del aula no se abrió; crujió como si alguien la hubiera pateado con desdén pedagógico.

Ezequiel Pineda no entró del todo. Se quedó recortado en el umbral, con una carpeta negra bajo el brazo y los lentes de carey colgándole de una cinta de cuero raída.

—Al Lido. Los dos. Ahora.

—Maestro, nos falta ajustar el compás setenta y cuat—

—Dije ahora, Ospina —cortó Pineda, dándose media vuelta por el pasillo—. Y lleven sus estuches. La gala del viernes es para el público que paga boleta y los políticos que fingen entender a Bartók. Franz Gruber no vino a Medellín a tomar champaña tibia.

Sara y Matías se miraron.

—¿Gruber ya llegó? —preguntó ella, sintiendo la garganta seca como tiza.

—Llegó hace una hora —respondió la espalda de Pineda desde la escalera—. Y está sentado en la fila dieciocho del foso de butacas. Si tocan como acaban de discutir, le ahorro el pasaje de vuelta a Viena y los mando a tocar villancicos a un centro comercial.

◇

El escenario del Teatro Lido olía a polvo centenario, a terciopelo húmedo y a colofonia triturada sobre tablas de abeto. Desde el centro del proscenio, la sala parecía una cueva oscura donde la única vida visible era el resplandor ámbar que se filtraba oblicuo por las celosías altas, proyectando las sombras de los atriles como rejas larguísimas sobre el parqué encerado.

Allá al fondo, en la penumbra espesa de la fila dieciocho, brillaba la pantalla de una tableta. Apenas una silueta inmóvil.

El delegado vienés.

Para los veinte minutos siguientes, Sara se impuso tres prohibiciones: no mirar hacia la fila dieciocho, no dejar que el sudor le hiciera resbalar los dedos en el cambio de posición y no pensar en lo que Matías había escrito en el margen del compás ochenta.

—El ventilador del techo va a volverme loco —susurró Matías, acomodando el atril con un golpe seco del pie.

Arriba, tres aspas herrumbrosas giraban con un zumbido agónico que competía directamente con el tictac del metrónomo mecánico abandonado sobre el piano vertical a la izquierda del escenario.

—Ignóralo —dijo Sara, sacando el violín de su estuche de felpa azul descolorida.

—Tiene un compás de siete octavos. Es rítmicamente desestabilizador.

—Tú eres rítmicamente desestabilizador.

—Eso fue un cumplido hace tres años, Ospina.

—No era un cumplido.

Sara apoyó el instrumento bajo la barbilla, acomodando el ángulo para que el cordal no le rozara la clavícula sudada. Sus dedos buscaron instintivamente la cuerda La, rozando el entorchado de plata desgastado por semanas de fricción implacable. La aspereza del callo en la yema de su índice izquierdo emitió un siseo casi imperceptible al presionar el diapasón.

El teléfono de Sara vibró dentro del bolsillo de su pantalón de lino. Dos golpes cortos.

[17:04] Cami: ¿Sigues viva o ya se mataron con los arcos? Si te desmayas, cae sobre su violín, no sobre el tuyo.

Sara bloqueó la pantalla sin responder. No tenía cabeza para ironías.

—Afinemos —ordenó Matías en voz baja, ajustando la postura de su hombro.

El crujido seco y tenso de las clavijas de ébano cediendo un milímetro bajo la presión de sus pulgares resonó contra la madera vacía de la platea. Matías frunció el ceño. Tiró de la clavija de su cuerda Mi, esa cuerda traicionera y delgada de acero desnudo que en Medellín siempre parecía a punto de saltar por culpa del aire cargado de lluvia.

Un chirrido agudo.

—Se resbala —masculló él, golpeando suavemente la cabeza del clavijero con la palma—. La humedad de este hueco va a reventarla.

—Échale tiza —sugirió Sara, sin mirarlo, pasando su arco por la resina con movimientos cortos y mecánicos.

—No traje.

—Siempre tan preparado, Calle.

—Tengo agua en el camerino. Dame dos minutos antes de que Pineda baje de la cabina de luces.

—Si tardas noventa segundos, el austríaco va a pensar que te dio diarrea escénica.

—Si tardo noventa segundos es porque me estoy asegurando de que no me desafines la cuerda Sol mientras no miro.

Matías apoyó su violín sobre la banqueta acolchada del primer atril —el instrumento descansando de lado, con el puente vulnerable expuesto al aire frío de las bambalinas— y desapareció tras el cortinaje lateral con pasos rápidos.

◇

Silencio.

El teatro respiró con él. El único sonido era el quejido oxidado de las aspas en el techo y el goteo lejano de un grifo en los baños de la tramoya.

Sara bajó su propio violín y se acercó a la banqueta para recoger la goma de borrar que se le había caído cerca del estuche de Matías. La madera del suelo crujió bajo sus mocasines gastados. Al agacharse, el olor a cedro y colofonia pulverizada del estuche abierto de su rival le golpeó la nariz, mezclado con ese toque a lavanda barata que siempre tenían las partituras que él guardaba.

Iba a incorporarse cuando la luz ámbar de la celosía cayó directamente sobre el clavijero del instrumento de Matías.

Ahí estaba.

La clavija de ébano de la cuerda Mi tenía una fisura transversal, un hilo pálido y microscópico que nacía en el orificio del barrilete y se extendía hasta la paleta. La madera estaba fatigada, abierta apenas una micra bajo la tensión brutal del metal.

Sara se quedó inmóvil, con una mano suspendida en el aire.

Bastaba un ajuste. Ni siquiera una mala intención: un simple cuarto de vuelta durante el último acorde del preludio, cuando la pieza exigía pasar de una melodía en posición baja al registro sobreagudo en fortissimo. La madera no resistiría la torsión. La clavija se partiría en seco, la cuerda Mi saldría disparada como un latigazo y Matías se quedaría mudo en el compás culminante.

Frente al delegado de Viena.

Sin sangre. Sin trampas aparentes. Solo la mala suerte de un instrumento viejo y el clima ingrato del trópico.

La beca sería suya antes de que terminara la tarde.

Ganar porque el otro rompe una cuerda no te convierte en solista; te convierte en el testigo mudo de un desastre ajeno.

La voz de su abuelo sonó tan nítida en su cabeza que Sara retiró la mano del clavijero como si la madera estuviera al rojo vivo. Las yemas le hormigueaban, callosas y ásperas, cargadas con seis años de rabia, de ensayos a las siete de la mañana, de camisas prestadas que él no devolvía y de anotaciones al margen que le decían cómo respirar.

Dio un paso atrás. Luego otro.

Desde el fondo del foso, en la penumbra de la fila dieciocho, la silueta de Franz Gruber se inclinó ligeramente hacia adelante en su butaca.

Los pasos de Matías ya resonaban apresurados por el pasillo de madera tras el telón.

Fin del Episodio 3 · de 4

La cuerda Mi desafinada

Siguiente Episodio 4~7 minUnísono o silencio“Y si vas a perder esta beca, quiero que sea porque toqué mejor que tú, no porque tu violín es una chatarra mal cuidada.”Seguir leyendo
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