Solo para dos violines·Episodio 02

Compás de espera a cuatro manos

~5 min · 940 palabras

Pineda ni siquiera esperó a que cerraran la boca. Agarró su maletín de cuero agrietado, señaló la puerta con la punta de una regla de madera y los mandó al pasillo con un ademán que no admitía apelación: el ensamble de cellos necesitaba el Aula 4 y ellos dos tenían exactamente tres semanas para no destrozarse la vida.

—La madera guarda el sudor de quien la toca; engañar a un jurado es fácil, pero el abeto viejo no sabe disimular un temblor —soltó el maestro antes de girar sobre sus talones y dejarlos varados en la penumbra del corredor.

El Aula 3 olía a encierro, a barniz de copal reblandecido por el bochorno de las cuatro de la tarde y a la humedad pegajosa que bajaba del cerro. El ventilador de techo, una chatarra blanca con tres aspas vencidas, giraba con un zumbido cansino que metía un contratiempo absurdo en cualquier intento de concentración.

Matías arrojó su estuche sobre la única silla que no cojeaba, se quitó el reloj y se remangó los puños de la camisa de pana verde oliva. Las coderas de gamuza rozaron la fórmica de la mesa con un chasquido áspero.

Esa camisa era de Sara.

Se la había prestado una tarde de lluvia en segundo año, y desde entonces Matías la lavaba con un suavizante que olía a lavanda barata solo para fingir que algún día pensaba devolverla.

Sara se prometió no reclamarle la camisa, no mirarle las clavículas y no admitir que el ventilador tenía el compás de una cumbia arrastrada.

—Empecemos desde el compás doce —dijo Sara, abriendo la partitura sobre el atril metálico.

—No.

—¿Cómo que no?

—No pienso tocar el compás doce si no afinamos primero.

—Pues afina, genio. Llevas cinco minutos mirando el techo.

Matías apoyó el violín bajo la mandíbula con esa parsimonia irritante que reservaba para los momentos en que sabía que tenía ventaja. Pellizcó la cuerda La. Pling. Luego la Re. El sonido cayó pesado, sordo, medio tono por debajo de lo que exigía el calor de la sala.

—No voy a afinar el Re —dijo él, sin bajar el instrumento.

Sara apretó los dientes.

—¿Por qué?

—Hasta que admitas que tu fraseo inicial carece de pulso.

—Mi fraseo tiene el pulso exacto que pide el manuscrito, Matías.

—Tu fraseo parece una conversación de WhatsApp enviada a las tres de la mañana después de dos cervezas. Tropieza, se apura y no sabe dónde caer.

—¿Terminaste?

—¿Trajiste agua?

—No.

—Te vas a deshidratar.

—Prefiero morir seca a darte la razón.

Matías soltó una media sonrisa, de esas que no duraban ni un segundo pero se le quedaban marcadas en la comisura izquierda. Dejó el arco sobre la mesa de fórmica y se cruzó de brazos, apoyando la espalda contra la pared descascarada.

El teléfono de Sara vibró sobre la madera del piano vertical, arrastrándose un milímetro.

La pantalla se iluminó:

Cami: ¿Ya se mataron o todavía tengo tiempo de ir a declarar como testigo a la fiscalía?

Sara bloqueó la pantalla con el pulgar antes de que Matías pudiera estirar el cuello. El sudor le pegaba dos mechones de pelo a la frente y la resina del arco le había dejado una mancha blanquecina en el pulgar derecho. El calor en el Aula 3 no era una temperatura; era una masa sólida que aplastaba los hombros y obligaba a respirar despacio para no tragar polvo caliente.

—Tócalo otra vez —pidió él, con la voz un poco más baja, perdiendo por un instante el tono de suficiencia.

—No tengo que demostrarte nada a ti.

—Sara, si entramos a destiempo en el compás dieciséis, Pineda ni siquiera nos va a dejar empacar los instrumentos para Viena. Tócalo.

Ella levantó el violín. Apoyó la barbilla en la mentonera tibia, cerró los ojos para ignorar el balanceo grotesco del ventilador y pasó el arco sobre las cuerdas. Las primeras notas salieron limpias, largas, pero al buscar la resolución hacia el Fa sostenido sintió la rigidez en los tendones del antebrazo, esa pequeña vacilación que siempre aparecía cuando tocaba con público.

O cuando él estaba a menos de dos metros.

Matías no se burló.

Dio dos pasos hacia adelante, acortando el metro y medio de baldosa gastada que los separaba. Antes de que ella pudiera bajar el instrumento o inventar una excusa sobre la humedad del aire, estiró los brazos y le quitó el violín de las manos con un movimiento seco pero cuidadoso.

—Tienes el carpo quebrado hacia adentro —murmuró.

Sus dedos, ásperos y endurecidos por los callos del entorchado de plata, rodearon la muñeca izquierda de Sara para corregirle el ángulo. El contacto fue directo, sin la intermediación de la madera ni las cuerdas: piel caliente contra piel caliente.

A Sara se le cortó el aire a mitad de la garganta.

—Si no relajas aquí, el vibrato se te muere antes de llegar al puente —dijo él, con los ojos clavados en el antebrazo de ella, sin soltarla.

Para no mirarlo a la cara, Sara bajó la vista hacia el atril donde descansaba la copia del manuscrito que pertenecía a Matías. Esperaba encontrar las típicas marcas salvajes de lápiz 2B: digitaciones tachadas con furia, signos de acento subrayados tres veces, correcciones técnicas con signo de exclamación.

No había nada de eso.

En los márgenes del papel pautado, apretadas junto a los compases más difíciles, solo había frases breves escritas con una letra inclinada y nerviosa:

Espera a que inhale.

Entra medio tiempo después de que mueva el hombro.

No mires el arco; respira cuando ella baje la barbilla.

Sara levantó la mirada despacio.

Matías todavía no le había soltado la muñeca.

Fin del Episodio 2 · de 4

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