Solo para dos violines·Episodio 01

La brea sobre el terciopelo

~7 min · 1485 palabras

Sara subía las escaleras de mármol gastado del Conservatorio con un pop dosmilero a todo volumen en los audífonos, sosteniendo contra el pecho una bolsa de papel de la panadería de la esquina. La grasa del pan de queso tibio ya estaba traspasando el papel kraft.

Para ese semestre se había jurado tres cosas: llegar a tiempo a la asignación de cámara, dejar de fingir que el primer atril le daba igual y no cruzarse con Matías Calle antes de terminarse el café.

El corcho del pasillo principal siempre olía a polvo viejo y a chinchetas oxidadas. Por lo general, el primer día de semestre albergaba tres hojas membretadas con una cuadrícula minuciosa donde el maestro Ezequiel Pineda repartía sonatas, tríos y quintetos con la frialdad de un actuario de seguros.

Hoy no había tres hojas.

Había una sola cartulina amarillenta, clavada con una tachuela torcida.

Sara se detuvo en seco. Se quitó los audífonos, que aún sonaban, y los dejó colgando sobre el cuello de su camisa. Dio dos pasos lentos, esquivando a un chelista de primero que arrastraba su estuche con rueditas como si fuera una valija de aeropuerto.

La cartulina era una partitura manuscrita, trazada con la caligrafía histérica y violeta de Pineda. No había nombres de grupos, ni fechas de audición, ni sonatas de Brahms. Solo un compás de cuatro por cuatro, una línea divisoria sin armadura fija y dos anotaciones en lápiz carbón al pie del papel:

Atril 1: S. Ospina. Atril 2: M. Calle.

Juntos. En el mismo compás.

—Dime que no es verdad —dijo una voz detrás de ella.

Sara no necesitó girarse. El olor a jabón neutro y la sombra alta recortada contra la pared le ahorraron el trámite. Y además estaba la ropa: Matías llevaba puesta la camisa de pana verde oliva con coderas de gamuza. Su camisa. La que ella le había prestado una tarde de lluvia en segundo año con la promesa estúpida de que se la devolvería al día siguiente.

—Es verdad —respondió Sara, señalando el papel con la bolsa de pan—. Pineda perdió la cabeza. Oficialmente.

—Pineda tiene setenta y dos años, Sara. La cabeza la perdió en el noventa y cuatro.

Matías estiró la mano, arrancó un trozo de pan de queso directamente de la bolsa que ella sostenía y se lo metió a la boca sin pedir permiso. Sara entrecerró los ojos.

—Oye. Eso era mi almuerzo.

—Tiene demasiado anís —masculló él, masticando con una calma exasperante—. La señora del cafetín te odia, te lo he dicho mil veces.

—No me odia, es tradicional. Y devuelve la camisa.

—No es tuya. Ya prescribió por usucapión. Cuatro años en mi clóset la convierten en patrimonio privado.

Sara suspiró y miró la partitura otra vez. Las notas manuscritas eran densas, casi agresivas, tachonadas de dobles cuerdas que parecían diseñadas para que dos arcos chocaran en el aire si no se sincronizaban al milímetro.

—No vamos a tocar juntos, Matías. No tiene sentido. Tú tocas como si estuvieras cobrando una deuda y yo...

—¿Tú qué? ¿Vas a decir que tocas con «sensibilidad lírica»? —Matías soltó una risa seca, apoyando un hombro contra el corcho—. Tocas como si te diera miedo romper las cuerdas. Por eso siempre te quedas corta en el allegro.

Ella abrió la boca para recordarle que su última interpretación de Sibelius había sonado como una motosierra intentando afinar en La menor, pero la puerta del Aula 4 se abrió con un quejido agudo de goznes sin aceite.

El maestro Ezequiel Pineda asomó su cabeza calva, rodeada por una corona de pelo blanco desordenado. Tenía una taza de té humeante en la mano izquierda y los lentes montados casi en la punta de la nariz.

—Menos cháchara de cafetín —gruñó el viejo, mirándolos por encima de los cristales—. Adentro. Los dos. Ya perdieron diez minutos de afinación.

◇

El Aula 4 conservaba el mismo aire denso de siempre, una mezcla inconfundible de barniz de copal, abeto añejo y el rastro agridulce de colofonia pulverizada flotando en los rayos de luz naranja que las celosías proyectaban sobre el parqué encerado. Era casi las cinco de la tarde. La luz de esa hora en el conservatorio tenía la mala costumbre de hacer que todo pareciera más dramático de lo que realmente era.

El ventilador de techo giraba con un zumbido monótono y oxidado, marcando un pulso pesado que competía con el tictac mecánico de un metrónomo Mälzel olvidado sobre la tapa de un piano vertical.

Sara sacó su violín del estuche aterciopelado con la rutina automática de quien lo ha hecho diez mil veces. El terciopelo azul marino estaba desgastado en los bordes y manchado de polvo blanco de brea. Con la yema del pulgar, presionó la clavija de ébano de la cuerda Mi; la madera cedió un milímetro con un crujido seco y tenso, acomodándose a la torsión justa.

A su lado, a menos de un metro, Matías ajustaba las cerdas de su arco con dos giros secos del tornillo de plata.

Era ridículo lo cerca que estaban. Durante seis años, el protocolo no escrito del conservatorio los había mantenido en atriles opuestos: ella sentada a la izquierda en la fila de primeros violines, él a la derecha; o ella liderando un cuarteto mientras él dirigía el ensamble barroco. Siempre de espaldas, siempre mirando quién salía primero al escenario, quién recibía más aplausos en las muestras de fin de curso, quién obtenía la recomendación para el festival de verano.

—No sé qué pretende Ezequiel con esto —murmuró Sara en voz baja, pasando la yema endurecida por los callos sobre el entorchado de la cuerda La—. No somos un dúo. Nunca hemos sido un dúo.

Matías apoyó el violín sobre la clavícula sin mirarla, pero no levantó el arco.

—Seis años mirándonos la nuca no son un duelo artístico, Sara; son una mala costumbre que nos mantiene mediocres.

La frase cayó en el aire del aula como un portazo.

Sara se quedó inmóvil, con el arco suspendido a dos centímetros de las cuerdas. Quiso responderle algo rápido, algo mordaz que le devolviera el golpe con la elegancia habitual, pero la boca se le quedó seca. La luz de las cinco le daba a Matías de perfil, iluminando las motas de polvo que flotaban entre ambos y la línea tensa de su mandíbula. No estaba sonriendo.

—¿Van a tocar o van a seguir midiéndose el ego? —cortó Ezequiel desde el fondo del salón.

El viejo no se había sentado en su butaca de cuero. Estaba de pie junto al piano de cola, con las manos cruzadas a la espalda.

—Maestro —empezó Sara, bajando el instrumento—, con todo respeto, el programa de cámara exige que los repertorios de grado sean individuales o con agrupaciones estables. Matías y yo tenemos proyectos de graduación completamente dist—

—El programa de cámara exige lo que yo diga que exige —sentenció Pineda sin alzar la voz. Su tono era plano, seco, inmune a las quejas diplomáticas.

Caminó hacia ellos arrastrando los mocasines viejos por el parqué. Metió la mano en el bolsillo interior de su chaleco de lana y extrajo un sobre largo, doblado a la mitad, con bordes dorados y un sello en relieve que no pertenecía a ninguna institución local.

—Durante seis años los he visto competir por las migajas —dijo el viejo, mirándolos alternativamente—. El primer solo en la orquesta. La beca de la gobernación. El recital de primavera. Tonterías provincianas para inflarles la vanidad a dos muchachos que se creen virtuosos porque los demás son sordos.

Sara sintió un calor repentino subirle por el cuello. Matías, a su lado, apretó la vara del arco con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Esto no es un ejercicio de semestre —continuó Ezequiel.

Con un movimiento deliberado, casi perezoso, el maestro deslizó el documento sobre la tapa de madera negra del piano de cola, haciendo crujir una capa invisible de polvo.

El membrete oficial, impreso en tipografía gótica y relieve carmesí, brilló bajo la franja de sol poniente: Universität für Musik und darstellende Kunst Wien.

—La plaza de perfeccionamiento para la cátedra de solistas cierra en tres semanas —dijo Pineda, dando un paso atrás y cruzándose de brazos—. No hay audición por video. No hay terna de preseleccionados. Vienen a evaluar la ejecución de este manuscrito aquí mismo, en este salón.

Sara bajó la vista hacia el papel. Debajo del sello en relieve había una sola tarjeta de embarque grapada al formulario de aceptación.

Una sola.

—Hay un pasaje de avión y una plaza abierta —concluyó el viejo, apagando el metrónomo con un chasquido del índice—. Para el que firme la mejor ejecución. O tocan juntos para aprender a destruirse con clase, o firman la renuncia ahora mismo.

Silencio.

El ventilador dio otra vuelta oxidada sobre sus cabezas.

—Te dije que el pan de queso tenía mal agüero —susurró Matías.

Sara no se rió.

Fin del Episodio 1 · de 4

La brea sobre el terciopelo

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