Solo para dos violines·Episodio 04

Unísono o silencio

~7 min · 1328 palabras

Matías emergió de entre las bambalinas secándose la comisura de los labios con el dorso de la mano. No traía un vaso de agua; traía las manos vacías y la respiración a medio camino entre la asfixia y la furia contenida.

—El dispensador del vestíbulo traga monedas y escupe aire tibio —dijo, deteniéndose junto a su atril—. Servicio público impecable.

—Te dije que trajeras termo —respondió Sara sin mirarlo, fingiendo una concentración absoluta en la esquina doblada de la página cuatro.

—Tu termo tiene una calcomanía de dinosaurio que me juzga cada vez que lo miro.

—Tiene un braquiosaurio con sombrero de copa, Matías. Respeta.

Él soltó un bufido que casi pareció una risa, pero la ligereza murió en cuanto levantó el instrumento del terciopelo azul del estuche. Sara apretó los dientes. Sus ojos bajaron de inmediato al clavijero de ébano, donde la línea pálida y finísima de la fisura atravesaba la madera justo en la base de la cuerda Mi.

Se recitó en silencio, en estricto orden de supervivencia, lo que no iba a hacer: decirle que su clavija estaba a tres milímetros de reventar, preguntarle por qué demonios no le había devuelto la camisa de pana verde oliva si ya habían pasado cuatro años, y salvarle el pellejo frente al enviado de Viena.

—Tienes esa cara —murmuró él, encajándose el violín bajo la mandíbula.

—¿Cuál cara?

—La de querer empujarme al foso de la orquesta.

—Esa es mi cara normal cuando respiras a menos de un metro.

Silencio.

Desde la fila dieciocho, Franz Gruber levantó la vista de la pantalla apagada de su tableta. No hizo ningún gesto, pero el crujido del cuero de su butaca resonó en la acústica cavernosa del teatro como una sentencia previa.

Ezequiel Pineda no bajó del podio. Se limitó a girar la cabeza, con la mandíbula tensa y el cabello canoso pegado a las sienes por el bochorno de la sala. El aire acondicionado llevaba apagado desde el mediodía y el zumbido de los tres ventiladores de aspas oxidadas del techo apenas lograba mover el polvo suspendido en los focos.

—¿Terminaron el debate parlamentario? —preguntó Pineda. Su voz no admitía réplica—. Porque el maestro Gruber tomó un vuelo de doce horas para escuchar música de cámara, no una comedia de enredos de barrio.

Matías colocó los dedos sobre el diapasón. Su pulgar rozó la clavija de la cuerda más aguda, tanteando la tensión.

A Sara se le secó la boca.

Un milímetro. Si Matías le daba un cuarto de vuelta para corregir el semitono que la humedad siempre le robaba a las cuerdas, la madera astillada cedería. Un chasquido seco. Una cuerda azotando el aire. Fin de la audición para Matías Calle. La beca completa, sin empates ni disputas, sería para ella.

—Matías —susurró Sara, apenas moviendo los labios.

—¿Qué pasa, Ospina? ¿Ahora vas a pedirme que toque más suave para no tapar tus trinos?

—No toques esa clavija.

Él detuvo la mano en el aire. Sus ojos pardos, habitualmente blindados tras una capa de sarcasmo insoportable, buscaron los de ella. Por primera vez en la tarde no había burla.

—¿Por qué? —preguntó él en un murmullo.

—Porque tiene una grieta transversal —dijo ella, soltando el aire como si se desprendiera de un kilo de plomo en el pecho—. Si la aprietas, revienta. Y si vas a perder esta beca, quiero que sea porque toqué mejor que tú, no porque tu violín es una chatarra mal cuidada.

Matías bajó la vista hacia el clavijero. Pasó la yema del índice por la madera, reconociendo al tacto el desnivel diminuto que no había advertido en la penumbra del camerino.

Se quedó inmóvil tres segundos.

Luego, muy despacio, aflojó el pulgar sin forzar la rosca, compensando la afinación con la presión de la cejuela inferior.

—Te debo una —dijo él, con la voz extrañamente ronca.

—Me debes tres. Y mi camisa.

—La camisa no te la voy a devolver nunca. Me queda mejor a mí.

—Eres un descarado.

—Posiblemente.

Matías colocó el arco sobre las cuerdas, pero antes de que Pineda pudiera abrir la boca para fulminarlos, se inclinó un centímetro hacia el atril compartido. Había un pequeño papel adhesivo amarillo pegado en la esquina del pliego pautado, con una anotación apresurada en grafito blando.

Compás cuarenta: no corras. Te espero.

Sara sintió un zumbido agudo en las orejas que no tenía nada que ver con el metrónomo. Parpadeó, descolocada por completo, pero Matías ya había apartado la mirada y clavaba los ojos en la punta blanca de la batuta.

Los focos ámbar proyectaron sobre el parqué encerado una sola sombra larga para los dos atriles cuando Ezequiel levantó la batuta sin esperar a que el murmullo de la sala se apagara.

◇

El compás inicial cayó como un golpe de hacha.

Entraron al unísono. La pieza no permitía titubeos: un allegro con fuoco en re menor que exigía saltillos furiosos y un ataque de talón que hacía vibrar el barniz bajo el mentón. Sara se arrojó a la primera frase con una agresividad que sorprendió incluso a Pineda, cuyo ceño se frunció en una mueca de feroz atención.

A su izquierda, Matías respondió golpe a golpe.

No había margen para el error. Cada vez que la melodía subía a los registros más agudos, Sara escuchaba la cuerda Mi de Matías rozar el límite del timbre, un sonido brillante y tenso como un alambre a punto de quebrar el cristal. Pero él no forzó la mano; modificó sobre la marcha el ángulo del arco, aligerando el peso del brazo derecho y dejando que fuera el violín de Sara el que sostuviera la masa sonora en los acordes de paso.

Se estaban cubriendo.

Sara estiró el fraseo medio segundo en el compás cuarenta y dos, cediéndole el espacio para que él respirara sin sobrecargar la clavija dañada. Matías lo entendió al instante: entró con una suavidad impecable, fundiendo su línea melódica con la de ella como si no llevaran seis años midiéndose las costillas en cada pasillo del conservatorio.

Por un momento, el teatro entero pareció encogerse hasta el tamaño exacto de la tabla de abeto de sus instrumentos.

El calor ya no importaba. No importaba la tableta de Gruber, ni las miradas asesinas del maestro, ni las tres semanas de discusiones absurdas en el Aula 3. Había una precisión brutal en la forma en que los dos arcos subían y bajaban con la sincronía de un mecanismo de relojería suizo que hubiera sido diseñado a mano en mitad de una tormenta.

Compás sesenta y ocho. El crescendo final.

Sara subió a la séptima posición, sintiendo los callos endurecidos de sus dedos arder contra el entorchado de plata. Matías atacó las notas dobles por debajo, construyendo una base armónica tan sólida y luminosa que el sonido rebotó en la cúpula del Lido con una violencia hermosa.

El último acorde estalló en el aire.

Fue un golpe perfecto, seco, unísono y demoledor.

Con la resonancia del acorde final aún flotando en la madera del teatro y el crujido de las butacas en la penumbra, Matías no buscó con los ojos al emisario de Viena: miró a Sara de reojo, con las cejas levantadas y el arco quieto a un centímetro de la cuerda.

—Sobrevivió —dijo él.

En la fila dieciocho, Franz Gruber apagó la tableta y se puso de pie. No aplaudió. Bajó por el pasillo central sin ninguna prisa, se detuvo al borde del foso y habló en un español lento, aprendido en los libros:

—La plaza es para un solista. —Miró los dos atriles, la única sombra larga sobre el parqué—. Pero esta tarde no he oído a ningún solista. Escribiré a Viena para pedir un segundo pasaje. Si me lo niegan, vuelvan a tocar esto en marzo, y que me lo nieguen otra vez si se atreven.

Sara no supo qué contestar. Matías tampoco. Por primera vez en seis años, ninguno de los dos quiso quedarse con la última palabra.

Fin del Episodio 4 · de 4

Unísono o silencio

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