Harina contra el insomnio
~5 min · 1027 palabras
A las tres de la madrugada, cuando te enterás de que te quedan siete días de vida antes de que te decapiten en una plaza medieval, hay dos cosas que podés hacer: tirarte al piso a llorar acordándote de los domingos en Monserrate, o ponerte a amasar pan.
Yo elegí el pan.
En la cocina baja del alcázar no había un alma. Hundí los puños en el lebrillo de barro con furia, descargando en la masa de centeno y harina blanca todo el pavor que no me podía permitir mostrar frente a Caterina ni frente al mayordomo.
Siete días.
El sudor me caía por la frente, pegándome los mechones castaños a las sienes. El corsé de ballenas ya no me apretaba tanto; de pura tensión estomacal había perdido dos talles en tres semanas, y ahora la tela de la saya me bailaba sobre las caderas.
El miedo huele a metal oxidado y a noche sin lumbre.
De repente, el pestillo de madera de la poterna lateral chirrió.
Me quedé quieta con las manos enharinadas en alto, conteniendo la respiración. Un gato no empuja una hoja de roble reforzada con clavos de forja.
La puerta se abrió dos dedos. Una figura alta tropezó contra el quicio de piedra y cayó de rodillas sobre las losas húmedas.
—¿Damián? —solté en un susurro alarmado.
El muchacho de la Guardia Gris intentó levantarse apoyándose en su alabarda, pero el hierro resbaló en el suelo grasiento. Llevaba el tabardo gris desgarrado en el hombro izquierdo, la cota de malla bañada en una pasta oscura y espesa que goteaba con insistencia sobre las virutas de leña.
No era grasa de cocina. Era sangre.
Con la mano sana echó el cerrojo de madera de un tirón seco, respirando con un jadeo quebrado que parecía salirle desde el fondo del pecho.
—No debisteis bajar aquí esta noche, doña Violante —consiguió decir con la voz pastosa—. Había cuatro... en la escalera del caracol norte.
—¿Cuatro qué, Damián? ¿Qué te pasó en el brazo?
—Mercenarios. Llevaban sobrevestes de la guardia de la ciudad, pero las dagas eran vizcaínas. Venían a poner veneno en vuestra alacena.
Lo senté en el banquillo del viejo Fermí antes de que se desmayara sobre los sacos de cebollas.
Rasgué la orilla limpia de un mantel de hilo con los dientes, agarré el aguardiente de quemar de los estantes y una cazuela de cobre con agua hervida de la tetera.
—Esto te va a arder hasta el alma —le advertí, cortando la manga de su tabardo ensangrentado con una cuchilla de trinchar.
Damián apretó la mandíbula hasta que los tendones del cuello le saltaron como cuerdas de guitarra. Cuando le volqué el chorro de aguardiente sobre el tajo profundo que le cruzaba el deltoides, no gritó: solo soltó un bufido ronco, clavando las uñas en el borde de madera del asiento.
Cuidar de alguien que está sentenciado es una forma muy lenta de suicidio.
—Los tumbé a dos antes de que ganaran el descansillo —murmuró él, con los ojos vidriosos por la fiebre repentina—. Los otros dos saltaron por la tronera hacia el foso seco. Si el alcaide se entera de que hubo un duelo en la ronda de noche, me mandan al cadalso por insubordinación.
—No se va a enterar nadie, Damián. Voy a lavar este piso antes de que aclare.
Le limpié la herida con pasadas firmes de paño tibio. El corte era limpio, afilado como una navaja de afeitar; un cuarto de pulgada más adentro y le habrían seccionado la arteria.
—¿Por qué hiciste esto? —le pregunté sin levantar la vista, vendándole el brazo con vueltas apretadas de lino—. Vos sabés que tengo la fecha del juicio encima. Si me ejecutan, a cualquiera que me haya ayudado le cortan la cabeza en la misma tanda.
Damián tardó varios segundos en contestar. El humo de la lámpara de aceite dibujaba sombras largas en su rostro curtido, cansado y obstinadamente leal.
—Porque en tres años de guardia he visto pasar a reyes, obispos y damas de alta cuna por este patio —dijo despacio, mirándome directo a los ojos—. Y vos sois la única persona que se acordó de que los centinelas también tenemos frío en las manos.
La capilla real olía a incienso barato y piedra húmeda.
Mis ojeras eran tan pronunciadas que Caterina había tenido que gastar media cajita de polvos de arroz de Venecia para disimular que llevaba cuarenta y ocho horas sin pegar un ojo. Para calmar las náuseas de pura ansiedad, llevaba un trocito de raíz de regaliz seco entre la encía y la mejilla.
Estaba arrodillada en mi reclinatorio de caoba, fingiendo seguir el salmo en latín del capellán, cuando un frufrú de sedas blancas anunció la llegada de la santa.
Sibila de Moncada no ocupó su banco de honor junto a las damas de la infanta. Caminó por el pasillo central con las manos juntas en oración y se arrodilló exactamente en el reclinatorio vecino al mío.
El veneno más efectivo se administra siempre con una sonrisa de piedad.
—Paz del Señor, duquesa Violante —susurró con una voz angelical, tan dulce que me daban ganas de pedirle una cucharada de sal para contrarrestar el empalago.
—Y con tu espíritu, doncella Sibila —respondí con una devoción teatral que habría hecho llorar a una monja concepcionista.
Sibila inclinó la cabeza hacia el crucifijo de bronce del altar, pero por el rabillo del ojo no me perdía un solo milímetro de mi perfil.
—Me han dicho que anoche hubo un alboroto lamentable cerca de las cocinas bajas —dijo ella, pasando las cuentas de su rosario de coral con una cadencia perfecta—. Cuentan que un centinela de la poterna fue herido de gravedad por unos salteadores del muelle. Qué desgracia que la violencia ronde tan cerca de vuestros aposentos, querida.
El corazón me dio un salto, pero no pestañeé. Masticé la viruta de regaliz y sonreí con indolencia.
—Las ratas de puerto siempre buscan las despensas donde sobra la harina, Sibila. Pero descuida: la Guardia Gris tiene excelentes cerrojos. Sería una lástima que alguien tropezara en la oscuridad intentando entrar donde no lo llaman.
Fin del Episodio 9 · de 12
Harina contra el insomnio
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