Tregua bajo el tragaluz emplomado
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La lluvia de octubre en el norte del reino no caía: se descolgaba en cortinas plomizas que borraban las torres del alcázar y convertían el patio de armas en un lodazal intransitable.
El agua repicaba con furia sorda contra el tragaluz emplomado del pasadizo de la guardia, soltando goteras rítmicas sobre un cubo de madera podrida.
Violante estaba sentada en el poyo de piedra de la ventana, con un chaquetón de lana cruda sobre los hombros y una taza de barro entre las manos. A cinco pasos, bajo el alero de tejas donde el viento no soplaba tan fuerte, Damián Sanchis vigilaba la poterna con la alabarda apoyada contra el muro.
Llevaba cuatro horas bajo el agua. La cota de malla le chorreaba óxido sobre la sobreveste gris y tenía los labios morados de frío.
—Sanchis —lo llamé.
El muchacho se cuadró por reflejo militar, haciendo crujir las correas de cuero empapado.
—¿Mi señora?
—Dejá de hacerte el soldadito de plomo y vení a tomarte esto antes de que te dé una pulmonía.
Damián dudó, mirando hacia los dos extremos del corredor desierto. Luego soltó un suspiro resignado, dejó el arma trabada contra las piedras y se acercó con pasos pesados.
Aceptó el cuenco de barro con las manos entumecidas. El vaho caliente a corteza de sauco y clavo de olor le envolvió la cara como una caricia.
—Esto es vino cocido con canela —dijo él, dando un sorbo largo que le devolvió el color a las mejillas—. Si el sargento Arnau me huele el aliento me manda tres días al cepo.
—El sargento Arnau está en las caballerizas jugando a los dados con los mozos de mula —repliqué, encogiéndome de hombros—. Nadie va a subir a esta galería con el diluvio que está cayendo.
Hay tardes grises en que no ser nadie es el mayor de los privilegios.
Damián se sentó en el extremo opuesto del poyo de piedra, guardando esa distancia prudente de vasallo que a mí me sacaba de quicio pero que le salvaba el pellejo a él.
—¿Por qué no se fue a sus tierras de Albarracín cuando tuvo oportunidad? —preguntó de pronto, mirando la lluvia caer sobre las almenas—. Todos en la guardia saben que doña Sibila está apretando los nudos de la cuerda.
—Porque si huyo confirmo la sentencia, Damián. Y porque en Albarracín tampoco tengo a nadie esperándome.
—Al menos allá no tendría al príncipe mirándola como a un reo en capilla.
Solté una risa corta, amarga.
—Aurelio es un payaso con corona. En mi tierra conocí a muchos como él: creen que porque nacieron con apellido ilustre el mundo les debe reverencia.
—¿En su tierra? —Damián giró la cabeza, intrigado—. ¿No nació en este alcázar?
Me mordí la lengua a tiempo. Al mover el brazo para acomodarme el chal, la manga ancha de lana se deslizó hacia atrás sobre mi antebrazo.
Damián se quedó congelado mirando mi muñeca derecha.
Allí, sobre la piel pálida, se recortaba una línea blanca, limpia y recta de cuatro centímetros, cerrada con puntadas milimétricas: la cicatriz de la cirugía de radio que me hicieron en la Clínica de Marly tras caerme de la bicicleta en 2024.
En un mundo donde los cirujanos cauterizaban heridas con hierro al rojo y cosían con tripa de carnero deshilachada, esa costura quirúrgica moderna parecía hecha por magia demoníaca o hechicería extranjera.
—Esa marca... —susurró él, tocando sin querer el borde de la cicatriz con la punta de su dedo calloso—. Ningún barbero del reino cose así.
Retiré la mano despacio, mirándolo directo a los ojos.
—Es de un lugar muy lejano, Damián. Un lugar donde la gente no se muere por una palabra mal dicha en un banquete.
La cena en el pequeño comedor del pabellón se sirvió con la puntualidad siniestra de los cuarteles.
Una sopera de estaño con caldo de ave clarificado, dos rebanadas de pan de cebada y una manzana asada que olía más a ceniza que a canela. El menú habitual para una noble confinada a la que ya nadie se molestaba en agasajar.
El viejo Beltrán entró con la bandeja de plata apoyada en el antebrazo. Tenía setenta años bien llevados, la espalda encorvada por medio siglo de reverencias y esa mirada imperturbable de los sirvientes que han visto nacer y morir a tres generaciones de señores sin cambiar de expresión.
Caterina aguardaba junto a la alacena, pero el mayordomo le hizo un gesto seco con la cabeza para que se retirara.
—Dejadnos, muchacha. Debo servir el caldo a su señoría según el protocolo antiguo.
Caterina me miró de reojo y salió sin hacer ruido, cerrando la puerta con el pestillo.
Beltrán apoyó la sopera sobre el mantel de lino crudo. Al levantar la tapa, no salió el vapor tibio habitual. Debajo del plato hondo, cuidadosamente oculto entre dos servilletas dobladas en triángulo, asomaba un rollo de pergamino amarillento con las puntas quemadas para disimular su origen.
El lacre era negro como la pez y llevaba estampado el sello ovalado de la Gran Cancillería del Reino.
—¿Beltrán? —susurré, levantando la vista hacia él.
El anciano no pestañeó. Permaneció tieso como una estatua funeraria, con las manos juntas a la altura de la cintura.
—Vuestro abuelo, el tercer duque, me sacó de las galeras cuando yo no era más que un paje de cuadra acusado de robar un bocado de avena —dijo, con una voz tan baja que apenas superó el crepitar de los leños en el hogar—. No le debo nada a la casa de Moncada ni a los clérigos que ahora dictan la ley en palacio.
—¿Qué es esto?
—Lo que no debíais leer hasta el día de la fiesta mayor, mi señora.
Rompí el lacre negro con la uña. El pergamino estaba escrito con tinta ferrogálica apretada, en latín cancilleresco mezclado con romance judicial.
Mis ojos de diseñadora bogotana del siglo veintiuno tardaron tres segundos en traducir los términos jurídicos arcaicos, pero el sentido del texto me cayó encima como una losa de granito:
«Por orden del Consejo de Regencia y con el aval del Merino Mayor: Vista la pertinaz rebeldía de la acusada y el riesgo inminente de sedición en las provincias del norte, se adelanta el tribunal extraordinario de fe y vasallaje al séptimo día de las calendas de noviembre.»
Siete días.
El juicio del juego no era dentro de tres meses. No me quedaban ochenta días para ganar aliados, ahorrar monedas ni planear mi fuga a lomo de mula hacia la frontera.
Sibila y sus partidarios habían forzado la máquina. Al negarme a actuar como la villana histérica en el banquete de primavera, había roto el calendario del canon, y el sistema estaba acelerando la caída de la guillotina para corregir la anomalía.
El destino es un titiritero perezoso: cuando el muñeco no baila, tira de las cuerdas hasta reventarlas.
—Tienen a los testigos listos en la abadía de San Salvador —añadió Beltrán, recogiendo la sopera vacía—. Dirán que comprasteis veneno en la botica del puerto y que la horquilla de doña Sibila la robasteis vos misma para hacerle maleficio.
—Tengo siete días —dije, mirando la fecha escrita en tinta roja al pie del documento.
—Tenéis siete noches, mi señora —corrigió el anciano, haciendo una reverencia profunda antes de retroceder hacia la salida—. De día este alcázar es una trampa de miradas. Pero de noche, si sabéis a quién pedirle una llave, los muros de piedra todavía guardan secretos que los príncipes no alcanzan a comprar.
Fin del Episodio 8 · de 12
Tregua bajo el tragaluz emplomado
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