Reencarné como la villana·Episodio 07

La primera grieta del canon

~6 min · 1198 palabras

El Gran Salón del Alcázar olía a lo que huelen todos los eventos de la alta sociedad cuando se junta demasiada gente engalanada: almizcle rancio, cera de abejas ardiendo en trescientas arañas de bronce y esa grasa de asado frío que no se va ni abriendo los ventanales góticos.

En la versión original de Cintas de Espino —el juego otome que me costó la vida por ir distraída mirando la pantalla en la estación de Flores—, el Capítulo Tres de la Ruta Imperial era un desastre sin retorno para la villana.

El guion decía textualmente: «La duquesa Violante de Cardona, ciega de celos al ver al príncipe Aurelio abrir el baile con la doncella Sibila, vacía su copa de clarete especiado sobre la pechera de terciopelo del heredero y le jura venganza a voz en cuello frente a toda la corte.» Consecuencia inmediata: bandera roja de traición, insulto a la corona y reclusión preventiva en el torreón este.

Pues ni de vaina.

Apreté las manos enguantadas contra los pliegues de mi saya de brocado verde oscuro. Las varillas de ballena del corsé me recordaban con cada latido que la dignidad cortesana es un invento para que las mujeres no podamos respirar profundo ni salir corriendo en caso de incendio.

—Mi señora —susurró Caterina a mi lado, temblando como una hoja de álamo mientras sostenía mi abanico de plumas—, el príncipe se acerca hacia el estrado con doña Sibila del brazo.

—Tranquila, Caterina. Respira y no hagas contacto visual con los lacayos de la infanta.

Aurelio venía con ese porte ridículo de protagonista masculino de videojuego japonés: cabello dorado perfectamente peinado, ojos celestes como charco con jabón y una sonrisa sobradora que en Chapinero le habría valido una reprimenda en los primeros cinco minutos de conversación. A su lado, Sibila de Moncada flotaba envuelta en gasas blancas, con esa mirada de virgen mártir que tan buenos resultados le daba para conseguir donaciones e indultos.

Aurelio se detuvo a dos varas de mi mesa, esperando la escena. Lo vi en la forma en que infló el pecho, esperando que yo me levantara echando espuma por la boca.

—Duquesa Violante —dijo él, arrastrando las erres con esa solemnidad fingida de los que nunca han tenido que lavar un plato—. Supongo que tenéis algo que decir sobre la concesión del primer minué a la casa de Moncada.

La corte contuvo el aliento. En las mesas laterales, tres marquesas se taparon la boca con los abanicos, esperando el vino volando por los aires.

Me levanté con una lentitud calculada, sin un solo tirón de seda. Apoyé la copa intacta sobre la bandeja de plata del mayordomo Beltrán, le dediqué una inclinación de cabeza de cuarenta y cinco grados —la reverencia impecable de las damas mayores de Castilla— y le sonreí con la serenidad de quien acaba de tomarse una aromática caliente.

—Al contrario, Alteza —respondí, con la voz más dulce y melodiosa que logré sacar del diafragma—. Me parece una decisión de admirable piedad cristiana honrar a una dama tan virtuosa y desfavorecida. De hecho, si me lo permitís, desearía ceder mi asiento de primera fila a la anciana marquesa de Peralta, que lleva media hora de pie junto a las columnas.

Silencio sepulcral.

Aurelio parpadeó dos veces. La sonrisa arrogante se le congeló a mitad de camino, convirtiéndose en una mueca idiota de desconcierto absoluto. Su cerebro programado para lidiar con una arpía rabiosa acababa de sufrir un pantallazo azul.

—¿Vos... qué? —balbuceó el heredero al trono.

—Que la cortesía nunca sobra en la mesa de un príncipe, señor —añadí, juntando las manos con devoción impecable.

Si no cumples con el papel de fiera que te asignaron, los cazadores se quedan con las manos vacías.

Di un paso al costado con gracia teatral, dejando el camino despejado. Pero al bajar la vista hacia el séquito de Sibila, vi algo que no estaba en el manual del juego: la santa doncella no estaba sonriendo con timidez angelical. Tenía las mandíbulas tan apretadas que se le marcaban los tendones del cuello, y sus ojos me clavaban un odio frío, lúcido y mortalmente real.

◇

La adrenalina del banquete me duró exactamente hasta que empujé la puerta de mis aposentos en el pabellón de poniente.

El cerrojo de hierro forjado estaba reventado. El pestillo colgaba de un solo tornillo mellado, con astillas de roble blanco desparramadas sobre la alfombra de nudo.

—¡Por todos los santos! —gritó Caterina, soltando el candil de latón contra el marco de piedra.

Adentro, el cuarto era un desastre metódico. No había sido un robo común de sirviente apurado: alguien se había tomado el trabajo de vaciar el arcón de ropa blanca, descoser el forro de las cortinas de terciopelo y tirar al suelo todos los frascos de lavanda y agua de rosas de la cómoda.

Mi juego de té de porcelana de Delft, el único recuerdo fino de la madre de Violante, yacía hecho pedazos junto a la chimenea apagada.

Quien busca pruebas donde no hay nada termina fabricando sus propias trampas.

—Caterina, cerrá la puerta y no chilles —dije en voz baja, usando ese tono seco de hermana mayor que usaba en Bogotá cuando se armaba bronca en el edificio—. Nadie puede enterarse de esto.

—Pero mi señora... ¡vuestras cartas! ¡Los cofres de plata!

—La plata está intacta, boba. Mirá la mesa.

El joyero de nácar seguía en su sitio, cerrado con su llavecita de latón. Lo que habían forzado con un estilete fino era el secreter de nogal donde guardaba los recibos de la botica y la correspondencia oficial de mis señoríos de verano.

Me arrodillé en el piso, entre los fragmentos de loza azulada y el polvillo de ceniza. Buscaban cartas.

En la trama del juego, la heroína siempre 'descubría por casualidad' un intercambio de cartas entre Violante y los rebeldes del marquesado de Albarracín. Pero como yo no le había escrito a ningún rebelde —mi única correspondencia en tres semanas habían sido dos pedidos de canela en rama y manteca al ecónomo del convento—, el intruso se había ido con las manos vacías y la furia al cuello.

Pasé los dedos por la junta entre dos baldosas de barro cocido junto al reclinatorio.

Algo brilló con un destello frío a la luz de la vela.

Tiré con cuidado. Era una horquilla de plata repujada, rematada por tres perlas de río diminutas y una filigrana en forma de rama de olivo.

Se me heló la sangre en las venas.

Esa horquilla no se vendía en los zocos de la judería ni la usaban las criadas de cocina. Era la insignia que lucían exclusivamente las cuatro doncellas de cámara de la casa Moncada, regaladas por la propia Sibila durante las fiestas del Corpus.

—La santa doncella no pierde el tiempo —murmuré, apretando el metal plateado en la palma de la mano hasta que las puntas me dejaron una marca roja en la piel.

Sibila no estaba esperando que el juego fluyera. Si yo no cometía errores, ella estaba dispuesta a fabricarlos.

Y en este palacio de intrigas medievales, una acusación de traición escrita en pergamino vale más que la cabeza de cualquier duquesa caída en desgracia.

Fin del Episodio 7 · de 12

La primera grieta del canon

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