Galletas con raspadura de limón
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Di media vuelta sobre los talones de mis zapatillas de tafilete antes de que a Sibila se le ocurriera ofrecerme otra caricia con garra. Caminé con la barbilla tiesa, fingiendo que la brisa húmeda de la galería no me estaba congelando el sudor pegado a la nuca. A mi espalda quedó el notario de Peñafiel, carraspeando mientras abría una de sus carpetas de cuero hervido para mostrarle algún párrafo interminable a mi flamante enemiga. Qué señora tan pesada, por Dios. En Bogotá a una tipa como esa le habrían bajado los humos en el primer trancón de la Séptima con solo mirarla feo, pero aquí tocaba aguantarse el teatrito cortesano y sonreír como si llevara un crucifijo en la boca.
El pasillo de servicio olía a lo de siempre: cera rancia, hollín y ese fondo salino inconfundible del mar rompiendo contra los tajamares del alcázar. Apenas doblé el recodo hacia la escalera de caracol, me desabroché los dos corchetes superiores del corpiño.
Las varillas de ballena me estaban clavando un mensaje muy claro en las costillas: respira hondo y te perforo un pulmón.
—Caterina —le dije a mi doncella, que venía trotando tres pasos por detrás con cara de entierro.
—¿Mi señora?
—Ve a mi guardarropa. Sácame la capa parda, la que tiene el forro raído en los codos. Y si Beltrán pregunta dónde estoy, dile que me dio un vahído devoto y me encerré en el oratorio a rezar por el alma de mi tío.
Caterina parpadeó, consternada. Su mirada bajó a la pechera de mi vestido.
—Pero doña Sibila os buscará para la lectura del acta...
—Que lea lo que le dé la gana. Para escuchar cómo me miden el pescuezo siempre hay tiempo. Muévete, anda.
No esperé a verla asentir. Me escurrí por la puertecilla baja que daba a las bajantes del muelle, sorteando los escalones desgastados que llevaban al vientre del alcázar. Si la corte creía que iba a pasarme los ochenta y nueve días llorando en un reclinatorio con un misal sobre la falda, era porque todavía no sabían con quién se estaban metiendo.
Las cocinas bajas estaban en una calma engañosa. A esa hora, entre el final del almuerzo noble y el trajín de la cena, los pinches roncaban sobre sacos de nabos o andaban ocupados destripando caballas en la lonja exterior. Quedaba solo el viejo Fermí, dormitando sentado en un banquillo de tres patas junto a la alacena grande, con la boca abierta y un trapo grasiento sobre las rodillas.
Crucé sin hacer ruido. El suelo de losas desiguales estaba pegajoso de manteca y restos de salvado. Me até un delantal de lino basto sobre la falda de brocado, subiéndome las mangas hasta los codos con un par de cintas de cuero.
Entrada de inventario mental: un cuenco de barro cocido con el borde astillado, dos puñados de harina de centeno robada del arcón comunal, un tarro de manteca de cerdo limpia, y un tesoro absoluto rescatado de la cesta de especias finas: un limón entero, arrugado y amarillento, traído en algún navío morisco desde Denia.
Raspar la piel de ese cítrico con un cuchillo de punta roma fue una delicia casi religiosa.
El aroma amargo, brillante y fresco cortó al instante el vaho a humedad y cera fría que subía por las cloacas. Mezclé la raspadura con la grasa usando los dedos, sintiendo la arenilla de la harina rasparme las yemas recién lavadas. No había azúcar blanca —eso era contrabando de alta traición digno de la horca—, pero en la alacena del fondo encontré una costra de miel silvestre que se disolvió en la masa tibia sin poner demasiadas quejas.
Hice medallones pequeños, apretándolos con el pulgar en el centro para que cocieran parejo.
El horno bajo todavía guardaba un rescoldo generoso de leña de encina. Deslicé la pala de hierro cargada con doce piezas. El metal rechinó contra la piedra refractaria, soltando una nubecilla de ceniza grisácea.
—Se le van a quemar por la orilla —dijo una voz seca desde la sombra de los arcos.
Casi tiro la pala.
Damián Sanchis estaba apoyado contra el pilar de granito, mordisqueando una viruta de regaliz que sostenía entre el índice y el pulgar. Llevaba el tabardo gris sin abotonar del todo, la cota de malla colgándole como una tela de araña de hierro sobre los hombros caídos y esa brújula de bronce rayada asomando por la pretina de cuero.
—No se van a quemar —le respondí, recuperando el aire—. Tienen manteca suficiente para alimentar a un regimiento de infantería.
—Huelen a verano. Toda la guardia de la poterna va a oler esto antes de que salgan del fuego.
—Ese es el plan, genio.
Damián escupió una hebra amarga de la raíz al suelo y se acercó dos pasos, mirando fijamente la boca incandescente del horno. Tenía una mancha de hollín en la mandíbula y ojeras de haber pasado la noche en vela.
—¿Tiene piedras en la cabeza, doña Violante? Si el mayordomo mayor la encuentra aquí vestida de panadera, no necesitarán esperar a la clepsidra para empapelarla. La etiqueta del alcázar prohíbe...
—La etiqueta del alcázar me la paso yo por el forro del guardainfante —lo corté, sacando la pala para comprobar el color de la masa—. ¿Sabes qué gana una condenada siguiendo las normas? Una tumba limpia y nada más. Necesito saber quién abre la reja de la poterna a medianoche, quién lleva los recados de Sibila a la posada de los arrieros y quién cuenta los barriles de pólvora en el pañol.
—Los guardias no hablan con nobles. Está prohibido.
—Los guardias tienen hambre.
Silencio.
Damián miró hacia la puerta del pasillo, comprobando la penumbra con ese tic nervioso de tocarse el pomo de la daga corta. Afuera, la lluvia de la tarde repicaba contra los tragaluces emplomados, tiñendo el polvo en suspensión de un gris plomizo y triste.
—El sargento Arnau no va a torcer el ojo por una torta de miel —murmuró él, aunque los ojos se le iban directos al humo dulce que subía de la pala.
—Un estómago tibio rara vez testifica en falso contra quien le dio de merendar.
Damián soltó un bufido que pareció una risa ahogada.
—Esa sentencia no está en las Crónicas de Aragón.
—Es de mi tierra. Allá sabemos bastante de repartir empanadas para calmar a los tombos... a los alguaciles, digo.
Volqué las galletas calientes sobre un lienzo de cáñamo. El crujido de la masa quebrada al asentarse fue música para mis oídos. El borde dorado tenía manchitas negras de ceniza de encina, pero el centro estaba tierno, desprendiendo ese olor a limón que casi me hacía olvidar que estaba atrapada en un siglo podrido a cientos de leguas de cualquier cosa parecida a una ducha caliente.
—Toma —le dije, envolviendo seis piezas en un pedazo de arpillera atado con esparto.
Damián no la agarró de inmediato. Se miró los dedos enguantados, dudando.
—¿Esto es soborno o caridad?
—Es intendencia táctica. Llámalo como quieras, pero cómetelas antes de que se enfríen.
El muchacho suspiró, cedió y tomó el fardo. El calor atravesó la tela áspera, reconfortándole las manos entumecidas por la humedad de las rondas. Agarró una galleta partida, sopló un poco la ceniza pegada y se la metió entera en la boca. Masticó despacio. Se le tensaron las mandíbulas, luego aflojó los hombros, y por una fracción de segundo pareció un tipo normal de veinte años y no un soldado amargado esperando una guerra.
—Sabe a gloria bendita —reconoció a regañadientes, tragando con esfuerzo.
—Pues claro. Tengo talento oculto.
—Lástima que no le vaya a servir de mucho.
El tono de su voz bajó una octava. De pronto, el calor de los fogones no alcanzó para entibiar el aire.
Me quedé quieta, con el raspador de hierro suspendido sobre la mesa de trabajo.
—¿Qué pasa?
Damián guardó la bolsa bajo los pliegues de su tabardo de la Guardia Gris, mirando hacia la trampilla que daba a los muelles.
—Sibila de Moncada estuvo en la sala capitular con el notario hace media hora —dijo, apenas rozando el aire con un susurro que no llegaba a dos varas—. No vino solo a mostrar pergaminos de regencia. Trajo una cédula sellada por el merino mayor.
—¿Y eso qué significa?
—Ha solicitado la entrega inmediata de los sellos ducales y las llaves de la alcaidía. Quiere despojarla de todo mando y confinarla en sus aposentos antes de que comiencen los festejos de la corte.
Fin del Episodio 6 · de 12
Galletas con raspadura de limón
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