La llegada de la flor del reino
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Frotarme las palmas contra la arpillera del mandil no quitaba los grumos secos de centeno, pero al menos me daba algo que hacer con las manos.
—Tampoco lo acelera, genio —le solté por lo bajo a Damián.
Damián no se rio, pero la comisura derecha de la boca se le curvó apenas un milímetro. Tenía una mancha de hollín en el pómulo y la mano izquierda pegada a la empuñadura del puñal de servicio, exactamente como si en cualquier segundo esperara que las vigas del techo nos cayeran encima. Su brújula de bronce rayada, la que había dejado olvidada el piloto genovés, asomaba por el borde deshilachado de su faltriquera de cuero.
El inventario de supervivencia para una madrugada de perros era ridículo: nudillos raspados por la harina tosca, dos pellizcos de masa cruda fermentada bajo las uñas, y un pegote de centeno pegado a la tela del refajo.
—Quítese eso antes de que Beltrán baje a contar los sacos de salazones —dijo Damián, señalando con la barbilla el manchón de masa—. Y límpiese la cara. Si la ven con polvo blanco en las pestañas no van a pensar que rezaba maitines.
—Tengo harina hasta en las orejas, no me jodas.
—Habla raro cuando tiene sueño, excelencia.
—Hablo como habla la gente civilizada donde yo crecí —mascullé, escupiéndome disimuladamente en la yema de dos dedos para frotarme la barbilla—. Allá la gente no se degüella por una firma en un pergamino con lacre.
—Aquí sí.
Punto para el centinela.
Damián sacó del forro de su jubón una astilla oscura, fibrosa y seca, y la partió en dos con los dientes. Me tendió una mitad sin mirarme a los ojos, con esa torpeza rígida que le imponía el uniforme de la tropa.
—Regaliz amargo. Quita el tufo a manteca tostada antes de que suba a sus aposentos.
Me metí la viruta en la boca. Sabía a tierra mojada, a raíz vieja y a un regusto dulzón que raspaba el paladar, pero anestesiaba el hambre y la peste a humedad salina que subía de las bodegas del muelle.
—Gracias —dije.
—No me dé las gracias. Apúrese. La señora de Moncada subió anoche al ala este y los clarines van a tocar en cuanto aclare la bahía. No se deje engatusar si le pone cara de cordero degollado.
Se detuvo con una bota apoyada en el primer escalón de caracol, mirando hacia el tragaluz emplomado donde la lluvia empezaba a golpear con un repiqueteo sordo, tiñendo el polvo flotante de un gris plomizo.
—Las santas de altar huelen a mirra de lejos, pero de cerca solo despiden vinagre de envidia.
Antes de que pudiera contestarle una pesadez, Damián tiró de la anilla de la trampilla y desapareció entre los fardos de brea como un gato callejero. La madera rechinó con un chasquido áspero de hierro mal aceitado, dejándome sola con el frío de las losas.
Subir tres tramos de caracol esquivando a las lavanderas fue un videojuego de sigilo nivel pesadilla, solo que aquí no había barra de resistencia ni botón para reiniciar el nivel si una fregona me pillaba descalza.
Caterina casi se desmaya cuando me vio colarme en la recámara. Estaba sentada al borde del baúl de alcanfor, mordiéndose los nudillos hasta dejárselos cárdenos, con el camisón torcido y una vela de sebo consumida hasta el platillo de peltre.
—¡Mi señora! —susurró, con un chillido ahogado de pájaro asustado—. Por la Virgen del Pilar... ¿dónde os habíais metido? El mayordomo vino dos veces. Preguntó si requeríais tisana para las fiebres.
—Dile que las fiebres se me quitaron solas —dije, quitándome el delantal sucio y arrojándolo al fondo del arcón donde guardaba las enaguas de repuesto—. Ayúdame con este bicho. Rápido.
«Este bicho» era el corsé de seda cruda con varillas de barba de ballena. Ponerse esa armadura civil era lo más parecido a que una boa constrictor te diera un abrazo fraternal mientras te obligaban a sonreír para una foto familiar.
Caterina tiró de los cordones encerados con saña. El aire se me cortó en seco en la garganta y las costillas crujieron en una queja muda.
—Más despacio, que no soy un fardo de lana de Peñafiel.
—Es que no llega el aire al corpiño celeste, mi señora. Y don Beltrán dijo que la señora de Moncada ya bajó del ala este con su séquito.
Me miré en el espejo ovalado de azogue. El cristal tenía una mancha verdosa en la esquina superior que me deformaba la frente, pero la imagen devolvía a la misma chica de siempre: ojeras como morados de boxeo, piel pálida por el encierro y una boca apretada que no se parecía en nada a la arpía altiva que el libreto de este mundo esperaba que fuera.
Un clarín sonó afuera.
Fue un bramido agudo, metálico y estridente que rebotó contra los muros de sillería del alcázar, seguido por el chasquido seco y al unísono de doce alabardas golpeando las losas del patio.
Había llegado la patrona del show.
La galería de las arcadas olía exactamente a lo que Damián había advertido: cera cara, esencia de rosas de Damasco y mirra caliente traída en pebeteros de plata para tapar el vaho a salitre y marisma que siempre rezumaban las paredes bajas.
Sibila de Moncada avanzaba por el corredor como si flotara sobre una nube de gasas celestes.
Era una estampa de postal. En el juego original, en mi vieja pantalla de computador a miles de kilómetros y quién sabe cuántos siglos de distancia, este era el instante en que todos los usuarios dejaban comentarios babeando en los foros: «¡Ay, protejan a Sibila! ¡Miren qué dulce es, qué injusto cómo la trata la villana!».
Qué farsa tan brava.
Llevaba una toca de hilo finísimo con perlas cosidas al borde que le enmarcaban un rostro de facciones diminutas, ojos castaños grandes y húmedos que parecían pedir perdón por existir, y unas manos enguantadas en piel de cabritilla blanca cruzadas sobre el vientre con un devocionario diminuto entre los dedos. Dos doncellas la seguían con la cabeza gacha, cargando una cesta con raspaduras de limón y confituras de convento para aliviar la supuesta jaqueca de la doliente duquesa.
A su izquierda, arrastrando los talones con parsimonia de burócrata aburrido, venía el notario de Peñafiel, abrazando una carpeta de cuero hervido llena de pliegos sellados con cera roja.
Cuando Sibila me vio parada junto a la balaustrada de piedra, aceleró el paso con un aleteo de faldas que levantó una brisa dulce.
—¡Violante! —exclamó con un hilillo de voz trémulo, la viva imagen de la piedad filial—. ¡Pobre hermana mía! ¡Dios mío, mirad vuestros ojos, estáis consumida por la aflicción!
Mi cuerpo entero se tensó. El impulso natural —el de una pelada de barrio bogotano a la que le vienen a montar drama barato en la cara— fue cruzarme de brazos y decirle que se guardara el teatro para los heraldos. Pero en cuanto apreté los labios para soltar la grosería, una punzada helada me atravesó las sienes, entumeciéndome la mandíbula como si me hubieran inyectado plomo líquido. La inercia del libreto no perdonaba deslices.
Tuve que tragar saliva amarga y dejar que los hombros se me aflojaran a la fuerza.
—Hermana Sibila —logré articular, con una voz que sonó más seca de lo que la cortesía exigía, pero lo bastante dócil para no desmayarme del mareo—. No esperaba vuestra visita con tanta premura bajo este aguacero.
—¿Cómo no iba a venir? —Sibila extendió las manos enguantadas y me tomó de los antebrazos. Su tacto era suave, tibio, casi maternal, pero la presión de sus dedos sobre la manga de lino tenía la fuerza medida de una tenaza de herrero—. He pasado la noche en vela junto al notario, rezando a Santa Tecla por vos. Don Beltrán me dijo que apenas probáis bocado desde que don Guillén zarpó en esa maldita galera. Mirad vuestras manos... tiemblan como hojas de chopo.
—Es el relente de las galerías —respondí, clavándole la mirada en los ojos castaños—. Se cala hasta los huesos.
—Lo sé, paloma mía. Lo sé muy bien.
Sibila dio medio paso hacia adelante, cerrando la distancia entre las dos con un gesto tan fluido y teatral que parecía ensayado frente a un espejo cien veces. El notario se detuvo a tres pasos, carraspeó y fingió revisar los cordones de su carpeta; las doncellas bajaron la vista al suelo con una devoción ensayada.
Sibila me rodeó los hombros con sus brazos envueltos en seda azul.
Para cualquiera que mirara desde las almenas o desde el fondo del pasillo, era el abrazo desgarrador de dos huérfanas consolándose ante la tragedia inminente de la regencia.
Sentí su mejilla fría rozar la mía. El aroma a rosas me taponó la nariz.
Y entonces, con los labios prácticamente pegados al cartílago de mi oreja izquierda, su tono melifluo de santa de retablo se desvaneció por completo.
—Disfrutad del aire de las galerías, paloma mía... —susurró con una frialdad ponzoñosa que me heló la sangre—. Apenas os quedan ochenta y nueve días antes de que ese cuello tan blanco bese el tajo, y este alcázar ya tiene nueva dueña.
Fin del Episodio 5 · de 12
La llegada de la flor del reino
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