Masa madre en la penumbra
~5 min · 1009 palabras
El problema de tener una sentencia de muerte con fecha de caducidad es que el insomnio se vuelve insoportablemente ruidoso.
Arriba, en las plantas nobles, los cerrojos de hierro forjado chillaban cada veinte minutos con un lamento seco, mal aceitado, como si a las bisagras les doliera existir. Cada vuelta de llave retumbaba por los tiros de las chimeneas hasta mi catre, recordándome que al notario de Peñafiel le encantaba sellar legajos hasta tarde y que Sibila de Moncada seguía despierta, conspirando a placer. Para rematar, las ballenas del corsé me habían dejado un morado en las costillas que palpitaba al ritmo de la lluvia contra los tragaluces.
Así que me escapé.
Otra vez.
Bajar a las cocinas bajas a las tres de la madrugada no estaba en ningún plan de supervivencia sensato, pero quedarse mirando las vigas de roble esperando que me cortaran la cabeza dentro de ochenta y nueve días era todavía peor. Me deslicé pegada a la pared húmeda, esquivando el charco pestilente que goteaba cerca de las letrinas de guardia y el vaho a cera rancia de los candiles moribundos. Mis zapatillas de terciopelo no hacían ruido, aunque la suela fina dejaba pasar el frío asesino de las losas de granito como si caminara descalza sobre cubos de hielo.
En la cocina de servicio no había un alma.
El fuego del horno bajo no estaba muerto del todo; apenas un ojo de brasas rojas cubierto de ceniza que soltaba un calor denso, reconfortante, mezclado con ese tufillo a grasa de cerdo frita y raspadura de limón seco que quedaba pegado a los mesones de encina.
Respiré hondo. Por fin el aire no olía a miedo.
Fui directa a la alacena esquinera, sorteando ristras de ajos que colgaban del techo como murciélagos vegetales. Si en Bogotá el remedio para el pánico de parciales era hornear pan hasta que la cocina pareciera una nube de harina, aquí no iba a ser distinto. Necesitaba quemar adrenalina o me iba a dar algo.
Localicé el botín en menos de dos minutos:
Un saco de arpillera con harina de centeno: calidad media, textura rasposa y peso suficiente para dislocar una muñeca si se caía de golpe.
Al lado, un tarro de barro vidriado con masa madre, sellado con trapo de lino y cuerda de esparto: burbujeante, ácido y vivo como un gremlin.
Desaté el cordel con los dientes mientras me sostenía la falda con la otra mano. La masa madre soltó un bufido agrio, fermentado, que me supo a gloria bendita. Metí los dedos en el saco de centeno; el grano molido estaba áspero, rascándome la piel de los nudillos que traía despellejados del día anterior.
Volqué dos puñados generosos sobre la mesa de trabajo, dejando que el polvo grisáceo flotara bajo la luz mortecina de la lluvia que bajaba por el tragaluz emplomado.
Estornudé.
Me tapé la boca con el antebrazo a tiempo, conteniendo el aire mientras me quedaba tiesa, esperando que una alabarda de la Guardia Gris atravesara la puerta. Nada. Solo el gotear sordo de los canalones afuera y el crujido de la madera asentándose con la humedad.
Me rasqué la nariz con el hombro para no mancharme de polvo la cara. Me até las mangas del vestido a la altura de los codos con dos vueltas torpes y empecé a mezclar. Harina, una pizca de sal gorda sacada de un cuenco agrietado, un chorro de agua tibia del caldero del rescoldo y ese fermento pegajoso que olía a cerveza vieja y fruta pasada.
Hundí las dos manos con fuerza.
La masa se resistía al principio, fría y densa, pero con el calor de las palmas fue cediendo, estirándose en una masa elástica que sonaba con chasquidos húmedos contra la tabla.
No pensé en Sibila.
No pensé en el cadalso.
Solo en el pliegue, el empuje con la base de la muñeca, el giro de noventa grados. Presionar, estirar, doblar. Una rutina tan física y tonta que cualquier pensamiento complejo se diluía entre el centeno y el sudor de la frente.
A mitad del tercer amasado, una madera rechinó sobre mi cabeza.
La trampilla de ventilación que conectaba con la bajante de las bodegas del muelle se levantó tres centímetros. Un soplo de aire salino y frío barrió la mesa, levantando un velo de harina que me cubrió las pestañas.
Me congelé en el sitio, con los dedos enterrados en el engrudo hasta los nudillos.
Una bota de cuero desgastado descendió por los peldaños de hierro clavados en la mampostería. Luego otra. El tipo bajó con una agilidad silenciosa que solo se aprende cuando tu vida depende de que los sargentos no te escuchen llegar tarde a la guardia.
Damián Sanchis pisó las losas sin hacer el más mínimo ruido.
Llevaba el jubón desabrochado, la cota de malla colgada de un solo hombro y una mancha oscura de ceniza cruzándole la mejilla izquierda. Tenía en la mano su brújula de bronce rayada, haciéndola girar entre los dedos con la soltura de quien juega con una moneda falsa.
Se detuvo en seco al verme.
Yo estaba allí, en mitad de la noche, vestida con sedas ducales pero cubierta de harina hasta los codos, con el pelo saliéndoseme de las horquillas y una bola de masa cruda deforme entre las manos.
—¿En serio? —soltó en un susurro áspero, parpadeando.
—No había galletas —susurré de vuelta, sin mover un solo músculo.
Damián guardó la brújula en el bolsillo de su brigantina, bajó la vista hacia el mesón y luego clavó los ojos un palmo por encima de mi frente, fiel a la ordenanza. No gritó. No tocó el silbato de alarma. Ni siquiera desenvainó la daga de servicio.
Dio dos pasos tranquilos hacia adelante, estiró el brazo hacia la trampilla abierta sobre nosotros y la bajó con una lentitud desesperante, encajando el pasador de hierro con un chasquido suave, amortiguado por la palma de su mano.
—Circule —masculló en un susurro áspero, palpando el bulto del clavo de herradura retorcido bajo el forro del jubón—. Amasar no frena el patíbulo.
Fin del Episodio 4 · de 12
Masa madre en la penumbra
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