Reencarné como la villana·Episodio 03

El centinela sin nombre

~8 min · 1681 palabras

Damián se había esfumado por la bajante de servicio en cuanto sonó el primer golpe de hierro, dejándome sola con el pánico en la recámara. Me deslicé por el quicio antes de que las botas de los guardias doblaran la galería de las arcadas.

Caterina se quedó petrificada junto al aguamanil, con un paño de lino apretado contra el pecho como si fuera un escudo medieval contra fantasmas, pero no había tiempo para darle palmaditas de ánimo ni para explicarle que en mi vida pasada yo también me paralizaba cuando el jefe de piso aparecía de imprevisto en la oficina. Me levanté el ruedo del brial con las dos manos para no tropezar con las losas disparejas y me metí por la hendidura del corredor de servicio, un túnel estrecho donde la piedra no estaba pulida y olía a una mezcla poco gloriosa de humedad de pozo, piedra fría y cera quemada.

El metal resonó detrás de mí. Un golpe seco de asta de fresno contra el piso.

—¡Abrid paso a la señora de Moncada! —rugió una voz con ese tono engolado de quien cobra su sueldo por gritarle a la gente.

Me pegué al muro. La piedra me traspasó la tela del vestido con una frialdad casi eléctrica, haciéndome morder el labio. A través de la tronera de ventilación, disimulada tras un tapiz raído que representaba la caza de un jabalí descolorido, pude espiar el corredor noble.

Ahí iba Sibila.

Caminaba con la espalda tan recta que parecía llevar una vara de hierro cosida a la columna. Vestía un brial de terciopelo morado oscuro, casi negro, con ribetes de piel de marta en las mangas y una toca impecable que no dejaba asomar ni medio milímetro de cabello castaño. A su lado, un tipo enjuto de barba entrecana y anteojos redondos de montura de cuerno apretaba dos carpetas abultadas de cuero hervido contra la andorga. El notario de Peñafiel. El burócrata que venía a quitarme el feudo antes del almuerzo.

Sibila no miraba a los lados. Miraba al frente con esa suficiencia implacable de la gente que está convencida de que las leyes fueron redactadas exclusivamente para darles la razón.

«Pura pinta de subdirectora regional lista para una reestructuración de personal», pensé con un bufido amargo. Qué gonorrea de situación.

Intenté dar un paso hacia la derecha para encararla, solo para ver si un insulto bien plantado le desarmaba la pose, pero el aire se me atascó en la garganta al instante. Una punzada seca me clavó las costillas y las rodillas se me endurecieron como si me hubieran inyectado plomo fundido en las articulaciones. Me tuve que apoyar contra la pared áspera, respirando despacio por la nariz hasta que la rigidez aflojó.

El mundo no me iba a dejar romper el libreto por las malas.

Está bien. Si la puerta principal estaba bloqueada por notarios y armaduras, tocaba jugar por las alcantarillas.

◇

Bajé por la escalera de caracol que descendía hacia los sótanos, donde el aire cambiaba de temperatura a cada tramo. A mitad del caracol la luz grisácea de la lluvia se colaba por los tragaluces emplomados, dejando ver el polvo fino que flotaba perezoso entre las vigas carcomidas.

Me detuve un segundo en el rellano para ajustarme una de las cintas de la manga que se había desatado y me azotaba la muñeca con cada zancada.

El silencio de la bajada era espeso.

Abajo, sin embargo, el alcázar respiraba con otro pulmón muy distinto. Ya no era el hedor rancio a cera de las capillas ni el perfume pesado de espliego con el que Sibila intentaba tapar la peste a humedad de sus aposentos. Aquí abajo mandaba la vida terrenal: un golpe caliente de manteca tostada, masa cruda recién fermentada sobre artesas de roble y una raspadura fresca de cáscara de limón que flotaba entre el vaho tibio de los fogones.

Las cocinas bajas.

En la pantalla de mi cuarto en Chapinero, este sitio habría sido una imagen de fondo de tres segundos con una melodía de flautas de fondo para indicar una zona de descanso. Aquí era un laberinto sofocante de calderos de cobre del tamaño de bañeras, mesas de despiece tiznadas de sal gorda y muchachos descalzos corriendo con canastos de nabos.

Crucé por detrás de las despensas sin que nadie me prestara atención. Los pinches estaban demasiado ocupados esquivando los gritos de un cocinero gordo que blandía un cucharón de madera como si fuera una maza de guerra. Metí la mano en la canasta de mimbre que descansaba sobre un saco de arpillera lleno de harina de centeno —áspero al tacto, raspándome las yemas de los dedos que aún conservaban la suavidad aristocrática de Violante— y saqué un pedazo de hogaza recién sacada del rescoldo.

Todavía quemaba.

Le unté una pella generosa de manteca tibia con la uña del pulgar y me guardé el botín envuelto en un trapo de cocina en la faltriquera que llevaba atada bajo el brial.

Inventario actualizado: un pedazo de pan caliente con manteca, cero monedas en la faltriquera y noventa días raspados para que no me cortaran la cabeza.

Genial. Un progreso descomunal.

◇

El pasadizo que conectaba las cocinas con las bodegas del muelle estaba cortado por una reja de hierro forjado con remaches gruesos como nueces. El gozne del cerrojo rechinaba cada vez que el viento soplaba desde la bahía.

Y apostado junto a la reja, apoyado con aparente desgana en una alabarda cuyo hierro mostraba melladuras de uso real, estaba él.

Damián. Se había calzado la brigantina de cuero tachonado de la Guardia Gris sobre el sayal con una rapidez pasmosa. Tenía los hombros anchos encajados en la postura de ordenanza, el tabique de la nariz ligeramente desviado hacia la izquierda y esa mirada cansada, de párpados caídos, fija un palmo exacto por encima de mi frente para no incurrir en desacato.

Me quedé quieta a tres pasos, oculta a medias tras una columna de granito salitroso.

Repasé mentalmente la guía que me había desvelado tantas madrugadas en Bogotá. Me sabía de memoria los personajes de este tramo: Beltrán el mayordomo servil, mosén Guillem el capellán intrigante, el capitán Bernat de la guardia exterior... pero este centinela apostado en las harinas no figuraba en ninguna ruta oficial. Ni una línea asignada, ni una sola mención en los foros. Era un guardia raso de atrezo, un bulto sin diálogo en el canon del juego.

Un fantasma en el sistema que acababa de conspirar conmigo en la alcoba y ahora fingía ser una estatua armada.

Me acerqué despacio. Las losas húmedas apenas hicieron ruido bajo mis chapines de suela de cuero fino, pero él cuadró los pies y tensó los dedos sobre el asta de fresno antes de que yo cruzara la línea de sombra. No rompió la rigidez marcial ni hizo la genuflexión; el Fuero de Mudez castigaba con azotes públicos a cualquier centinela que entablara charla con la nobleza, pero su mandíbula se apretó con la misma insolencia de hacía un rato.

—Las damas de la cámara alta no bajan a las harinas —masculló entre dientes, sin mover el cuello, con esa voz rasposa que sonaba a humo de taberna.

—Las damas de la cámara alta a veces tienen hambre de cosas que no saben a ceniza —respondí, deteniéndome justo al otro lado del travesaño de hierro—. Veo que te rindió la bajada.

Damián no parpadeó. Tenía una mancha de grasa seca en el cuello de la brigantina y la pequeña cicatriz blanca que le cruzaba la comisura del labio inferior se tensó al tragar saliva.

—El Consejo prohíbe el paso hacia las poternas. Y la señora de Moncada tiene a sus hombres contando hasta los granos de anís en la aduana.

—Sibila de Moncada todavía no es regente —le solté, cruzándome de brazos—. La vi pasar con el burócrata. Le faltan unos cuantos sellos de cera roja y que el notario termine de secar la tinta.

Damián dejó escapar un resoplido breve por la nariz. No llegó a ser una risa, pero la comisura de la boca se le movió apenas un milímetro.

—El notario de Peñafiel cobra por pliego firmado, mi señora. Esa tinta se seca rápido cuando hay plata de por medio.

—Qué fe le tienes a la justicia feudal, oye.

—Le tengo fe al tocino y a la marea de la tarde, que son las únicas dos cosas que nunca fallan en este peñasco.

En su cinto, junto a la funda vieja de cáñamo crudo, asomaba el borde cobrizo de la brújula del piloto genovés que me había mostrado en el piso de arriba. Llevó la mano izquierda al forro del jubón, palpando por instinto el bulto de un clavo de herradura retorcido para frenar las ganas de seguir hablando.

Saqué de la faltriquera el trapo con el pedazo de pan. El calor de la manteca derretida había empapado la tela, desprendiendo ese aroma denso y reconfortante de masa tostada al fuego de leña que le gana a cualquier banquete cortesano.

—Ten —dije, extendiéndoselo a través de los barrotes de hierro frío.

Damián miró el pan. Luego me miró a los ojos, evaluándome como quien calcula el peso de una carga antes de subirla a la barcaza. Si un oficial de ronda bajaba y lo sorprendía aceptando comida de una noble caída en desgracia, la condena no se iba a quedar en una reprimenda.

Sin embargo, estiró una mano grande, de nudillos callosos y dedos manchados de hollín, y tomó el pan.

—En los márgenes siempre vive la gente que de verdad sostiene los muros —murmuré, casi para mí misma.

Damián partió la corteza con los pulgares con un crujido limpio. Se metió un trozo en la boca, masticó con lentitud y tragó sin apartar la vista que apuntaba un palmo por encima de mi cabeza.

—En los márgenes nos despellejan la espalda si abrimos la boca, mi señora —susurró con aspereza, deslizando el resto del pan bajo el cuero de la brigantina—. Circule antes de que baje la ronda. Le quedan ochenta y nueve días.

Fin del Episodio 3 · de 12

El centinela sin nombre

Siguiente Episodio 4~5 minMasa madre en la penumbra“Amasar no frena el patíbulo.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.