Reencarné como la villana·Episodio 02

Té tibio y gracias fingidas

~5 min · 987 palabras

El inventario mental con el que pensaba salvar el pellejo cabía en la palma de una mano: un camisón de lino que picaba como si tuviera pulgas amaestradas, el regusto a ceniza de leña de la galleta de Damián todavía pegado al paladar, y noventa días de cuenta regresiva antes de que me cortaran la cabeza en la plaza mayor.

Un panorama de mierda, si me preguntaban.

El tintineo de una bandeja de estaño contra la madera del pasillo interrumpió mis cálculos. La puerta de la alcoba crujió sobre sus goznes desdentados y apareció Beltrán, el mayordomo mayor de la casa Albalat, entrando de espaldas como si transportara nitroglicerina. Tenía la nariz afilada como un cuchillo de trinchar y el gesto contraído de quien ya calcula mentalmente la trayectoria de la vajilla volando hacia su frente.

Se detuvo a cuatro pasos exactos de la cama. Sus hombros se encogieron, tensos como dos alcayatas.

Esperaba el espectáculo habitual: el plato de loza estrellado contra las molduras del aparador de nogal, los alaridos histéricos de la duquesita consentida y tal vez una taza de caldo hirviendo derramada sobre su jubón gris.

—Vuestro refrigerio matutino, mi señora —dijo Beltrán, mirando fijamente la punta de sus propios zapatos de cuero sin brillo, listo para dar un salto atrás.

En la bandeja humeaba un pocillo de barro cocido con un brebaje amarillento de olor a salvia y un panecillo de centeno tan duro que bien podría haber servido de adoquín en la Séptima.

Me levanté con cuidado, arrastrando las faldas que pesaban como cobija mojada, y me acerqué a la mesilla. El mayordomo cerró los ojos con fuerza, esperando el estallido.

Hice una reverencia. Me salió torpe, zancuda, una mezcla rara entre saludo de reina medieval y despedida a la salida de una oficina en Chapinero, doblando la rodilla derecha hasta que me sonó la rótula con un clac nítido.

—Muchísimas gracias, Beltrán. De verdad, te luciste.

El hombre no abrió los ojos de inmediato. Pestañeó una vez. Dos veces. Su quijada se descolgó un par de centímetros, dejando a la vista un diente postizo de hueso amarillento.

—¿Mi señora... agradece?

—Claro, sumercé. Hace un frío del carajo y ese té caliente es justo lo que necesitaba —respondí, tomando el tazón entre las manos para calentar los dedos entumecidos—. ¿O es que esperabas que te lo tirara por la cabeza?

—Yo... la costumbre, mi señora. El aparador tiene tres muescas del caldo de nabos de la semana pasada.

—Pues hoy nos ahorramos el carpintero. Descansa.

Beltrán retrocedió arrastrando los pies, sin atreverse a darme la espalda, mirándome como si a la duquesa le hubiera brotado un cuerno luminoso en mitad de la frente. La puerta se cerró con un chasquido suave, seguido de un silencio perplejo en el descansillo de la escalera.

◇

Desde el vano que daba a las letrinas bajas, una risita sofocada rompió la penumbra.

Damián Sanchis salió de detrás de un tapiz deshilachado que mostraba una cacería de ciervos descoloridos con más polillas que hilo. Llevaba las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, los antebrazos salpicados de harina pálida y una mancha de grasa oscura cruzándole el pómulo izquierdo.

—Casi se orina encima —susurró el chico, apoyando la espalda en el marco de piedra tallada—. Si le llegas a sonreír con todos los dientes, cae redondo al suelo.

—La cortesía desarma más rápido que un puñal, sobre todo cuando esperan que muerdas —dije, dándole un sorbo al tazón. Sabía exactamente a agua caliente con pasto del parque El Virrey, pero al menos no estaba amargo.

—No sé de dónde sacas esas frases de juglar viejo, pero Sibila de Moncada no se va a desarmar con reverencias torpes, mi señora. Esa mujer desayuna hierro machacado.

Damián se sacó del bolsillo del sayal una pequeña brújula de bronce que apuntaba un poco torcida hacia el noreste, con el cristal rayado en cruz, y la hizo girar sobre la yema del pulgar.

—¿Y eso qué es? —pregunté, señalando el cacharro.

—La dejó olvidada el piloto de la carraca genovesa que trajo las telas de Flandes hace dos lunas. No marca el norte ni a tiros, pero me gusta cómo zumba la aguja cuando la sacudes.

—Un juguete muy útil para salvar el ducado, claro que sí.

—Mejor que tu té aguado, seguro.

Damián guardó la brújula, se cruzó de brazos y su rostro perdió de golpe la mueca burlona. Dio un paso hacia la mesa, bajando la voz hasta convertirla en un hilo de aire.

—El notario de Peñafiel ha vuelto. Lo vi desmontar de su mula en el patio chico desde el ventanuco de amasar. Trae las carpetas de cuero hervido atadas con cinta encerada roja. Dicen que Sibila le tiene preparado un almuerzo con lechón asado en la torre del homenaje para celebrar la firma antes de que tañan las campanas del mediodía.

Sentí una punzada helada detrás de las costillas. No era miedo metafísico; era la certeza matemática de que si esa señora se quedaba con el feudo hoy, mis noventa días de plazo se iban a convertir en noventa minutos.

—¿Y las llaves maestras del archivo de los jurados? —pregunté, recordando los papeles que Caterina había murmurado entre rezos.

—Las lleva el baile en el cinturón de cuero tachonado. Y ese tipo mide dos varas de alto y huele a cuadra.

—Chévere. Fácil, pues.

—Pura diversión de taberna.

Damián sonrió con la mitad de la boca, pero sus ojos bailaron hacia el corredor.

De pronto, el murmullo apagado del alcázar se quebró.

Un golpe seco. Metálico. Pesado.

El chasquido inconfundible de tres alabardas chocando al unísono contra las baldosas de granito del pasillo exterior retumbó en la piedra húmeda, seguido por el chirrido de los cerrojos de la verja del rastrillo.

Pasos acompasados, duros, con la cadencia exacta de la guardia real.

Venían a comprobar si la presa seguía respirando tras las rejas.

Fin del Episodio 2 · de 12

Té tibio y gracias fingidas

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