La rigidez de las ballenas
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El tirón seco hacia atrás me vació los pulmones de golpe.
—¡Más despacio, por Dios! —solté, tragándome el aire que no terminaba de entrar.
La muchacha que sostenía los cordeles dio un respingo tan violento que la cinta de cáñamo casi se le escapa entre los dedos. Tenía los nudillos blancos y las pecas de la nariz aplastadas por el terror. No era para menos: se suponía que yo llevaba tres días ardiendo en fiebres en esa alcoba que olía a tomillo seco quemado en braseros, cera derretida, sábanas almidonadas y la brisa salada que subía desde los acantilados del alcázar.
Esperaba el pitido insoportable del despertador del celular en mi apartamentico de Chapinero. Esperaba el rugido del TransMilenio frenando en seco sobre la Caracas y el olor a café recalentado de greca. En cambio, recibí una costilla crujiendo bajo una armadura textil que parecía diseñada por un enemigo personal.
[Inventario: Corsé de seda cruda con varillas de barba de ballena. Nivel de protección: cero contra dagas, crítico contra la respiración autónoma. Estado: asfixiante.]
—Mi... mi señora Violante —balbuceó la criada, retrocediendo dos pasos con la mirada fija en mis pestañas, como si esperara que me salieran colmillos—. El médico dijo que las sanguijuelas no habían sacado la bilis negra... que vos no despertaríais hasta la menguante.
—Pues dile al médico que se busque otro oficio. O mejor, aflójame este invento antes de que me parta el esternón.
La chica no se movió. Se quedó clavada en las losas frías, con los ojos vidriosos y un temblor fino en la barbilla que me recordó a los gatos callejeros cuando llueve sobre los tejados de Teusaquillo.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—C-Caterina, mi señora.
—Bien, Caterina. Suelta dos puntos el cordón de abajo. No te voy a morder. Todavía.
Dio un tirón torpe, aliviando la presión justo en el diafragma. El aire entró como un trago de agua helada, pero el alivio duró poco. Afuera, en el corredor, sonó el chasquido metálico de dos alabardas al chocar contra el granito, seguido del chirrido quejumbroso de un cerrojo de hierro forjado al que el orín de la niebla marina había soldado las bisagras.
—Viene la señora de Moncada —susurró Caterina, y esta vez el temblor le bajó hasta las rodillas.
La puerta lateral de servicio, camuflada tras un tapiz raído que mostraba una cacería de ciervos descoloridos, se entreabrió con un gemido sordo.
No era Sibila de Moncada.
Un muchacho de hombros anchos y cara de pocos amigos, con una mancha de harina de centeno cruzándole la mejilla izquierda y las calzas llenas de pelotillas de lana, asomó la cabeza. Traía un saquito de arpillera áspera bajo el brazo que desprendía un aroma milagroso: manteca tostada, masa fermentada y raspadura fresca de limón.
Damián Sanchis entró de costado, cerrando con el talón.
—¿Sigue viva? —preguntó Damián, sin molestarse en hacer reverencias—. En las cocinas bajas ya se estaban jugando tus sortijas a los dados.
—Sigo viva y de muy mal humor, gracias por el interés.
Damián soltó un bufido que levantó una mota blanca de su jubón y me tiró algo envuelto en un trapo limpio.
—Toma. Todavía quema.
La desenvolví con cuidado. Era una galleta de mantequilla gruesa, caliente, ligeramente manchada de ceniza negra del horno bajo. Tenía la textura granulada y mantecosa del pan dulce recién horneado. Le di un mordisco sin dudarlo; el azúcar crujió entre mis muelas mezclándose con el sabor amargo de una viruta de regaliz que Damián había metido de contrabando en la masa.
—¿Queda algo de azúcar en el almacén viejo? —preguntó Damián, apoyándose en la jamba con los brazos cruzados.
—No —dije con la boca medio llena—. Caterina dice que los guardias del rastrillo se la comieron toda el martes.
—Malditos brutos. Ni para endulzar el aguardiente tienen vergüenza.
Masticar me devolvió el pulso a la tierra.
A través de los tragaluces emplomados de la parte alta de la pared no se veía el cielo, solo una luz mortecina de lluvia continua que teñía el polvo flotante de las alacenas de un gris plomizo. Abajo rugía el mar, rompiendo contra las rocas como una bestia encerrada.
Damián se rascó la nuca, dejando un rastro grisáceo sobre su propio pelo.
—Sibila estuvo aquí hace dos horas —dijo, bajando el tono—. Trajo a su notario. Ese viejo con cara de perro mojado que apesta a vino agrio y pergamino viejo. Estuvieron revisando los libros de cuentas de Albalat. Dice que como estás en las últimas, la regencia del feudo y las llaves de la torre del homenaje pasan al consejo de Moncada hoy a mediodía.
—¿Y el juicio? —pregunté.
—Sigue en pie. Solo que ahora no tendrán que molestarse en sacarte en parihuelas. Sibila convenció a los jurados de Peñafiel de que el tajo en la plaza es demasiado piadoso para una traidora, pero que la ley manda cumplir los plazos.
—Qué considerada.
—Le teme más a tu hermano que a ti, pero tu hermano está en una galera a tres semanas de navegación si el viento ayuda —añadió Damián, encogiéndose de hombros—. Estás sola en este tablero, Violante. Y la plaza mayor no tiene salidas traseras.
Me tragué el último pedazo de galleta, sintiendo las cenizas rasparme la garganta.
—Nadie te enseña a negociar con un verdugo cuando tu mayor logro diplomático fue sobrevivir a un trancón por la séptima.
Damián parpadeó, arrugando la frente como si le estuviera hablando en griego antiguo.
—¿Qué demonios es una séptima?
—Una calzada espantosa llena de carruajes amarillos que escupen humo negro —respondí, sacudiéndome las migajas de las faldas—. Olvídalo. Cosas de mi delirio.
Caterina se había replegado contra el arcón de cedro, sosteniendo un cepillo de cerdas duras como si fuera un escudo reglamentario.
Me puse de pie. Las piernas me pesaban como sacos de arena mojada y el corsé me clavaba sus extremos justo debajo de las costillas flotantes cada vez que intentaba dar un paso largo. Caminé despacio hacia la esquina en penumbra, sorteando una alfombra enrollada que olía a humedad marina.
Allí estaba el espejo.
Una plancha ovalada de metal azogado, turbia por el salitre y encajada en un marco de nogal carcomido por la polilla.
Me limpié una gota de sudor frío de la sien y me miré.
No había rastro de mis mejillas redondas ni de las gafas de pasta que solía dejar sobre la mesa de noche junto al recibo del arriendo. El reflejo me devolvió una mandíbula afilada como una cuchilla de carnicero, unos pómulos altos y pálidos que parecían tallados en mármol sucio, y unos ojos oscuros, almendrados, cargados de una furia aristocrática que no era mía pero que ahora habitaba detrás de mi frente.
Violante de Albalat.
La misma que, según el juego que terminé por puro aburrimiento tres días antes del colapso, terminaba con la cabeza en un cesto de mimbre frente a la catedral.
Hice la cuenta mental.
Tres meses.
Noventa días exactos para que cayera la hoja de acero sobre las losas de la plaza mayor, a menos que aprendiera a jugar con las reglas de un mundo que no tenía botón de pausa.
Fin del Episodio 1 · de 12
La rigidez de las ballenas
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