El tablero que se deforma
~6 min · 1213 palabras
Al término de la misa, Sibila no se fue con su séquito. Me interceptó en la galería alta de los tapices flamencos, donde el eco de las campanas apagaba los rumores de los cortesanos.
—¿Os parece prudente seguir jugando a la dama piadosa, Violante? —me soltó sin rodeos, despojándose por fin de su tono de monjita ingenua—. El príncipe Aurelio ya ha firmado el pliego de vuestro tribunal.
—Aurelio firma lo que el merino mayor le pone enfrente antes de irse de cacería —repliqué, dándome vuelta para encararla—. Y vos estáis bastante apurada para ser una pobre huérfana rescatada de un convento.
Sibila dio un paso hacia mí. La sonrisa que puso no era de este siglo: era la sonrisa burlona, condescendiente y fría de alguien que mira una partida de ajedrez sabiendo que tiene jaque mate en dos movimientos.
—Te creíste muy lista esquivando el vino en el banquete, ¿verdad? —dijo ella en voz baja.
La forma en que dijo 'lista', con ese tono cortante y moderno, me erizó la piel.
—Hice lo que cualquier persona con dos dedos de frente haría.
—No, querida. Arruinaste el evento canónico. Se suponía que para este punto de la historia ya debías estar encerrada en el torreón este esperando el juicio sumario. Me hiciste perder tres días enteros reprogramando las banderas de muerte.
Descubrir a otro impostor en la sala no te hace libre, solo te multiplica los enemigos.
El suelo pareció abrirse bajo mis pies de brocado.
¿'Evento canónico'? ¿'Banderas de muerte'?
Nadie en este mundo de castillos, reyes y latín eclesiástico conocía esos términos. Eran palabras de un foro de gamers, de una tarde tirada en un sofá en Bogotá discutiendo rutas de videojuegos en Reddit.
Miré a Sibila fijamente. Por primera vez la vi de verdad: no era un personaje de inteligencia artificial programado para ser la heroína pura.
Era una jugadora.
El silencio en la galería de los tapices pesaba más que las armaduras de hierro del pasillo.
—¿Quién sos? —pregunté en un susurro áspero, abandonando por completo el castellano cortesano.
Sibila soltó una carcajada limpia, juvenil y desprovista de cualquier pudor medieval.
—¿Qué importa quién era antes? —respondió en un español neutro perfecto—. En el mundo real yo era una abogada junior en Madrid que se mataba trabajando doce horas al día en un bufete corporativo. Aquí soy la heroína predilecta del Imperio, tengo un príncipe heredero comiendo de mi mano y un final feliz garantizado en el epílogo.
—Estás mandando a matar a una persona real, enferma.
—En este juego vos sos la villana, linda. Así está escrito el guion. Si el personaje de Violante no muere decapitada en el patíbulo, el juego no desbloquea la coronación imperial. ¿Creés que voy a renunciar al trono por culpa de una diseñadora de pacotilla que no sabe ni cómo se agarra un corsé?
Dos almas que leyeron el mismo libreto solo pueden disputarse el escenario hasta la sangre.
La revelación me golpeó con la fuerza de un camión de basura por la autopista norte.
Durante semanas había creído que el sistema del juego era una fuerza cósmica invisible que intentaba forzar mi destino. Pero el sistema no era un algoritmo ciego: era ella. Sibila conocía cada trampa, cada soborno y cada línea de diálogo porque ella misma se había pasado el juego antes de morir.
—Te adelanté el juicio cuarenta días —añadió Sibila, acercándose hasta que su aliento a lavanda me rozó la mejilla—. En siete noches vas a subir al estrado del patíbulo frente a toda la plebe. Y nadie va a creer tu historia de que venís de otro mundo. En este siglo a las locas no les dan pastillas: las queman vivas por herejes.
Dio media vuelta con un movimiento impecable de sus sedas blancas, dejándome parada en medio del corredor con las manos temblando de rabia pura.
—Este epílogo me pertenece a mí, querida —dijo por encima del hombro antes de doblar la esquina—. Nos vemos en la guillotina.
El café de achicoria sabe a tierra quemada y a recuerdos de oficina pública un lunes por la mañana.
Violante sostenía la taza de porcelana con ambas manos mientras observaba el goteo de la lluvia sobre las cristaleras curvadas del invernáculo. El olor a tierra abonada y helechos gigantes amortiguaba el murmullo de los guardias del duque que vigilaban los accesos de la galería.
Damián estaba sentado al otro lado de la mesa de forja con la espada apoyada entre las rodillas. Su hombro izquierdo, vendado con lino limpio tras la emboscada del callejón, apenas se movía.
—No es tinta de agallas de roble —dijo el caballero, señalando con la punta de una daga el pergamino con el sello del Gran Canciller que descansaba entre los platos de bizcocho—. La tinta de la corte se oxida con un tono pardo rojizo al cabo de veinticuatro horas. Esta tiene un brillo acerado, casi azulado, como si hubiera sido destilada con ácido sulfúrico concentrado.
—Se llama tinta al ferrogalato purificada con alumbre sintético —respondió Violante con una sonrisa cansada—. En mi mundo anterior se usaba para contratos notariales a finales del siglo diecinueve. No mancha las manos y seca en treinta segundos.
Damián levantó una ceja espesa, mirándola fijamente.
—Tu 'mundo anterior' parece un lugar excesivamente obsesionado con la burocracia, milady.
—Era un lugar donde aprendí que la gente que parece un ángel en las fotos de LinkedIn es exactamente la que te roba las liquidaciones de pensión —soltó Violante, dándole un sorbo a la achicoria amarga—. Sibila no es una santa enviada por la Providencia, Damián. Es una abogada junior de Madrid que jugó este juego tantas veces que se aprendió de memoria las respuestas correctas. Y su único objetivo para volver a su casa es verme colgada de una soga en la plaza mayor.
—¿Por qué tu muerte? —preguntó Damián en un susurro bajo—. Si conoce el desenlace de los acontecimientos, ¿por qué no conformarse con tu destierro a las provincias del sur?
—Porque en el guion original del juego, la redención del Imperio exige un chivo expiatorio —explicó ella, golpeando con la uña el borde de la mesa—. Si la villana muere confesando sus crímenes, el Príncipe Heredero obtiene el perdón papal, el Duque de Beltrán se queda con los latifundios de mi familia y Sibila desbloquea el 'Final Dorado'. Para ella, mi respiración es un error de programación que le impide ver los créditos finales.
Damián desenvainó tres pulgadas de su hoja de acero templado. El metal reflejó la luz grisácea de la tormenta.
—Los hombres de Beltrán no son personajes de teatro, milady. Son veteranos de las campañas de Vizcaya con cota de malla y órdenes selladas. Si mañana el tribunal ratifica el decreto en la basílica, no habrá argumento retórico que detenga al verdugo.
—Habrá algo mejor que un argumento retórico —dijo Violante, sacando del bolsillo de su sobrefalda una hoja doblada en cuatro—. Habrá una demanda por nulidad procesal bajo el Fuero Imperial de 1492. En este imperio los nobles tienen derecho a juicio público por pares antes de la sentencia de muerte.
Damián sonrió por primera vez en tres días. Una sonrisa afilada, peligrosa.
—Adoro cuando hablas como un juez de la Inquisición con resaca, milady.
Fin del Episodio 10 · de 12
El tablero que se deforma
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