Reencarné como la villana·Episodio 11

La cláusula no escrita

~6 min · 1141 palabras

El archivo subterráneo de la Gran Basílica olía a cera de abejas vieja, piel de becerro curada y polvo de siglos.

Violante bajó los veinticuatro peldaños de caracol con una palmatoria de latón en la mano izquierda, cuidando que el vuelo de su saya de terciopelo morado no rozara las telarañas que colgaban de los contrafuertes de granito. A esa hora de la noche, las campanas de maitines apenas resonaban como un latido apagado a través de las bóvedas subterráneas.

Buscaba el Libro Negro de las Capitulaciones: el registro de privilegios que la Corona había jurado a las siete casas fundadoras antes de la unificación.

Entre los anaqueles cargados de folios amarrados con tiras de cuero crudo, encontró el tomo encuadernado en madera de nogal y cantoneras de hierro forjado. Pesaba lo mismo que una arroba de harina. Lo apoyó sobre el atril de lectura y pasó las hojas de vitela amarillenta hasta el capítulo doce: 'De los juicios capitales de sangre noble'.

La cláusula principal era clara y tajante: Ningún vástago de la casa condal será privado de vida ni hacienda sin previa confrontación testimonial ante los doce miembros del Consejo de Estado y en presencia del Gran Canciller.

Pero lo que detuvo el aliento de Violante no fue la caligrafía gótica del texto oficial.

Fue una anotación marginal escrita con pluma fina en la esquina inferior izquierda del folio 84. Una anotación en letra redonda contemporánea, casi idéntica a la tipografía que ella leía en los manuales de la universidad:

—'Nota del diseñador: El evento de ejecución de Violante de Alba solo puede ejecutarse sin opción de apelación si la acusada firma el pergamino de autoinculpación antes de medianoche. Si la villana invoca el Fuero de las Tres Plumas, la rama narrativa colapsa en el final neutral número cuatro.'

Violante apoyó la frente contra el borde del atril y dejó escapar un suspiro que hizo temblar la llama de la vela.

—Bendito seas, programador frustrado —susurró con una risita ahogada—. Dejaste una puerta trasera en el código.

Sibila había estado presionando durante toda la semana para que Violante firmara la renuncia a sus títulos con la excusa piadosa de 'evitar la humillación pública de su linaje'. La doncella blanca no quería un juicio ruidoso porque en un juicio los documentos se examinan bajo lupa de aumento, y el alumbre sintético no resiste el calor del brasero de la corte.

—¿Buscando lecturas piadosas para preparar el alma, prima?

La voz llegó suave, sedosa, desde la penumbra del pasillo de los salterios.

Sibila estaba parada al pie de la escalera, envuelta en una capa de lana blanca ribeteada con armiño falso. En la mano sostenía una linterna sorda de latón cuya mirilla proyectaba un círculo de luz dorada directamente sobre el pecho de Violante.

Ya no había rastro de timidez campesina ni de pudor eclesiástico en su postura. La doncella se apoyaba contra la jamba de piedra con la soltura displicente de alguien que entra a una sala de juntas sabiendo que tiene la mayoría de las acciones.

—No sabía que los abogados de Chamberí tuvieran devoción por el canto gregoriano, Sibila —respondió Violante, cerrando el libro con calma y apoyando los antebrazos sobre la tapa de nogal.

Sibila sonrió en la penumbra. Sus ojos claros brillaron con una luz fría, eléctrica.

—Qué alivio —dijo la joven, bajando la linterna—. Ya me estaba cansando de decir 'vuestra merced' y de bajar la cabeza como una novicia idiota cada vez que pasaba un obispo.

◇

El silencio del archivo solo era interrumpido por el zumbido distante del viento colándose por las aspilleras del campanario.

Sibila dio dos pasos hacia el atril. Sus botas de cuero fino no hacían ruido sobre las losas húmedas.

—Tengo un piso alquilado en la calle Fuencarral —dijo Sibila con un tono pragmático, como si repasara una lista de la compra—. Tenía un gato atigrado llamado Neruda, dos meses de alquiler por pagar y la segunda parte de las oposiciones a la Abogacía del Estado el catorce de noviembre. Me atropelló un repartidor de Glovo en la glorieta de Bilbao y me desperté en este convento infectado de pulgas.

—A mí me agarró un paro cardíaco en la sala de juntas de la Dian en Bogotá después de trabajar setenta horas seguidas —respondió Violante sin pestañear—. Así que ahórrate la historia trágica de clase media ilustrada. Ninguna de las dos pidió este boleto.

—La diferencia —retrucó Sibila, cruzándose de brazos— es que yo me pasé este juego cuatro veces en modo pesadilla durante el confinamiento del 2020. Me sé cada línea de diálogo, cada bandera de afecto y cada probabilidad de crítico. Si sigues el guion, tú recibes una copa de cicuta dulce, te duermes sin dolor y el sistema te resetea como heroína menor en la secuela. Pero si te pones rebelde, el motor de la historia se rompe y nos quedamos atrapadas aquí las dos, cosiendo dobladillos y comiendo nabos hervidos hasta que nos mate la peste negra.

Violante soltó una carcajada limpia que rebotó en los arcos de piedra.

—'Te resetea como heroína menor'. Mírate. Te aprendiste las leyes de este reino como si fueran artículos del código civil, pero sigues pensando como una jugadora de Twitch que no quiere perder la partida guardada.

—Es un algoritmo cerrado, Violante. No tiene moral.

—Las personas que viven acá no son algoritmos, boba —dijo Violante, dando un paso hacia ella—. Damián no es una tarjeta de personaje con bono de fuerza; tiene una cicatriz en el omóplato que le duele cada vez que baja la presión, y cuida a su madre ciega en las huertas del río. La cocinera del palacio lloró toda la tarde cuando se le cortó la nata del postre real porque temía que el mayordomo le descontara el sueldo de su hijo menor. Si para volver a tomarte un gin-tonic en Malasaña necesitas que me corten la cabeza en público, vas a tener que mancharte las manos tú misma.

Sibila entrecerró los ojos. Por un instante, la sombra de una duda cruzó su semblante altivo.

—Beltrán tiene el ejército —dijo en voz baja—. Y el Príncipe Heredero ya firmó la orden de traslado.

—Beltrán tiene una deuda de doscientas mil coronas con los banqueros de Génova que vence el próximo mes —disparó Violante con frialdad matemática—. Y mañana por la mañana voy a enseñarle al Consejo de Estado los libros contables donde figura que el duque pagó tu dote eclesiástica con plata robada de las diezmas comunales.

Sibila retrocedió un paso, sorprendida.

—Eso... eso no estaba en el lore oficial.

—No estaba en el lore oficial porque ningún gamer se toma la molestia de auditar los libros de alcabalas del capítulo tres —sonrió Violante, apagando la vela de un soplo—. Bienvenida a la realidad, colega. Mañana nos vemos en los tribunales.

Fin del Episodio 11 · de 12

La cláusula no escrita

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