Reencarné como la villana·Episodio 12

La corte de las tres plumas

~6 min · 1120 palabras

La luz del mediodía caía en haces polvorientos a través de los vitrales góticos de la Sala de los Cien Pilares.

Violante estaba de pie en el estrado de los acusados, vestida con un jubón austero de paño negro y sin una sola joya que adornara su cuello. Alrededor de la tribuna semicircular se sentaban los doce magistrados del Consejo de Estado con sus togas carmesíes ribeteadas en piel de marta, flanqueados por doscientos gentileshombres de la nobleza cortesana.

En el estrado de los acusadores, el Duque de Beltrán lucía una capa de brocado de plata con el collar de la Orden del Toisón. A su lado, Sibila permanecía sentada con la cabeza gacha y las manos entrelazadas sobre un rosario de cuentas de azabache, encarnando a la perfección el papel de la víctima afligida.

—Se acusa a Violante de Alba —proclamó el heraldo con voz engolada— de felonía mayor, intento de envenenamiento de la pupila real mediante extracto de belladona y alteración de los sellos de correspondencia de Su Alteza el Príncipe Regente.

El Gran Canciller golpeó tres veces el mazo de ébano contra el bloque de pórfido.

—¿Tiene la acusada algo que declarar antes de que este tribunal proceda a la votación de la pena máxima?

Violante dio medio paso adelante. Sintió el peso de doscientos pares de ojos juzgando su compostura.

—Invoco el Fuero de las Tres Plumas —dijo con voz clara, afinada como una campana de plata—. En virtud del artículo doce de las Capitulaciones Fundacionales, exijo que las pruebas documentales sean contrastadas públicamente por tres letrados independientes antes de emitir sentencia.

Un murmullo de sorpresa sacudió las bancadas de los nobles. El duque de Beltrán se puso de pie de golpe, golpeando con la vaina de su espada el suelo de mármol.

—¡Impertinencia procesal! —bramó el duque—. El Fuero de las Tres Plumas fue derogado durante el reinado de Felipe Tercero. Esta mujer intenta ganar tiempo para dilatar la justicia del rey.

—El fuero nunca fue derogado en capitulaciones de alta traición, excelencia —respondió una voz marcial desde el fondo de la nave principal.

Las pesadas puertas de roble tachonadas de bronce se abrieron de par en par.

Sir Damián de la Roca avanzó por la alfombra central con paso firme. Vestía su armadura de parada de acero pavonado, con la sobrevesta blanca de la Guardia Imperial cruzada por la banda azul de Gran Mariscal de Campo. En su mano derecha no llevaba armas, sino un cofre de hierro con tres cerraduras de combinación.

A su paso, los alabarderos de la guardia presentaron armas por puro reflejo de subordinación militar.

—Sir Damián —advirtió el Gran Canciller, frunciendo el ceño—. Este tribunal está deliberando sobre un asunto de Estado. Vuestra presencia con armadura en este recinto viola el protocolo.

—Vengo en calidad de Gran Mariscal de la Corona —declaró Damián, plantándose frente al estrado del juez—. Y traigo conmigo los registros del depósito fiscal de las aduanas de Sevilla. En ellos consta la compra de cuatrocientos frascos de alumbre químico y ácido sulfúrico importados por cuenta del intendente privado del Duque de Beltrán.

En su asiento, Sibila levantó la cabeza de golpe. Sus ojos se abrieron desmesuradamente.

Ante su campo visual, una pequeña ventana de texto translúcida parpadeó con un resplandor escarlata que nadie más en la sala podía ver:

ADVERTENCIA DE INTEGRIDAD NARRATIVA: FLAG DE JUICIO SECUNDARIO ACTIVADO. ERROR DE COHERENCIA EN EL CAPÍTULO 4.

◇

El silencio en la Sala de los Cien Pilares era tan denso que se escuchaba el chisporroteo de los cirios de la cabecera.

Violante subió los dos peldaños hacia la mesa del tribunal y abrió el cofre de hierro con una llave de paletón dorado. Sacó una serie de recibos aduaneros sellados con lacre y los depositó ante el Gran Canciller.

—Aquí constan los pagos efectuados durante los últimos seis meses a un boticario de Toledo —expuso con precisión de perito forense—. Se compraron sales de arsénico blanco y alumbre sintético. Las sales fueron entregadas en la residencia campestre de la señorita Sibila quince días antes de que comenzaran los supuestos malestares del Príncipe Regente.

—¡Son falsificaciones calumniosas! —gritó el duque de Beltrán, con la cara roja de cólera—. ¡Esa mujer está endemoniada!

—Hagamos una prueba simple, señoría —propuso Violante, tomando una vela del candelabro y acercándola al documento de inculpación que la acusaba de envenenamiento—. La tinta orgánica de roble se oscurece con el calor moderado. La tinta sintética adulterada con alumbre se evapora y desprende olor a vinagre agrio.

El Gran Canciller miró a los otros magistrados, tomó la hoja de vitela y acercó el reverso a la llama durante cinco segundos.

Un olor penetrante y acre a vapores sulfurosos se elevó de inmediato sobre la tarima. Las letras negras que formaban la firma de Violante comenzaron a desvanecerse en un halo blancuzco y reseco, como escarcha evaporada por el sol.

El murmullo en la sala se convirtió en un clamor indignado.

—¡Fraude al sello real! —clamó uno de los jueces ancianos, poniéndose de pie con las manos temblorosas—. ¡El documento ha sido fraguado!

Violante no miró al duque ni a los jueces. Giró la cabeza hacia Sibila.

La doncella blanca estaba paralizada en su silla. Sus manos apretaban el rosario con tal fuerza que el cordel de seda se rompió, desparramando las cuentas negras por los mosaicos con el repiqueteo de una lluvia de plomo.

Delante de la mirada atónita de Sibila, las líneas de su interfaz mental se superponían en caracteres corruptos y mensajes de error:

[FALLO CRÍTICO: RUTA PRINCIPAL COMPROMETIDA] [PROBABILIDAD DE FINAL VERDADERO: 11%] [DISONANCIA DE PERSONAJE: VIOLANTE DE ALBA HA DECLARADO AUDITORÍA]

Sibila levantó la vista hacia Violante. Sus labios se movieron sin emitir sonido, formando apenas una palabra reconocible:

—Maldita... burócrata.

Violante le dedicó una reverencia impecable de la corte imperial, doblando la rodilla derecha con la elegancia propia de una dama condal de primer rango.

—En mi país a esto le llamamos auditoría fiscal con hallazgo con alcance penal, colega —susurró Violante para sí misma—. Y todavía no hemos llegado al capítulo de las sanciones accesorias.

El Gran Canciller bajó el mazo con un golpe seco que resonó hasta en las capillas laterales.

—Se suspende el decreto de ejecución contra Violante de Alba —decretó el magistrado supremo—. Y se ordena la inmediata retención de los bienes del ducado de Beltrán hasta que una comisión de tres peritos aclare el origen de los libros contables.

Damián se acercó a Violante, ofreciéndole el brazo con una inclinación solemne.

—Parece que el juego acaba de cambiar de reglas, milady.

—El juego no ha cambiado de reglas, Damián —respondió ella, tomando su brazo con una sonrisa tranquila—. Simplemente empezamos a jugar nosotros.

Fin del Episodio 12 · de 12

La corte de las tres plumas

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