Otra vuelta de tuerca·Episodio 02

Episodio 2

~6 min · 1192 palabras

La primera de estas pinceladas indicaba que el relato escrito reanudaba los hechos en un punto posterior a aquel en que, en cierto modo, habían comenzado. Lo fundamental que convenía saber era, por tanto, que su vieja amiga, la menor de varias hijas de un modesto vicario rural, se había trasladado a Londres a los veinte años, al colocarse por vez primera como institutriz, llena de zozobra, para responder en persona a un anuncio que ya la había puesto en breve correspondencia con el anunciante. Este caballero resultó ser, al presentarse ella para ser examinada en una casa de Harley Street que le pareció inmensa e imponente —este futuro protector resultó ser un caballero, un soltero en la flor de la vida, una figura tal como jamás se había aparecido, salvo en sueños o en una novela antigua, ante una muchacha tímida e inquieta salida de una rectoría de Hampshire. Se podía definir fácilmente su tipo: por fortuna, nunca se extingue. Era apuesto, audaz y agradable, desenvuelto, jovial y bondadoso. Le pareció, inevitablemente, gallardo y espléndido, pero lo que más la cautivó y le infundió el valor que después demostró fue que él le planteó el asunto como una especie de favor, una obligación que él contraería con gratitud. Ella lo imaginó rico, pero terriblemente derrochador; lo vio envuelto en un aura de alta distinción, de hermosura varonil, de gustos costosos y de modales encantadores con las mujeres. Poseía como residencia urbana una gran mansión repleta de tesoros de viajes y trofeos de caza; pero era a su finca campestre, una vieja propiedad familiar en Essex, adonde deseaba que ella se trasladara de inmediato.

A la muerte de los padres en la India, había quedado como tutor de un sobrinito y una sobrinita, hijos de un hermano menor, militar, a quien había perdido dos años atrás. Estos niños, por el más extraño de los azares para un hombre en su posición —un hombre solitario sin la debida experiencia ni una pizca de paciencia—, representaban una carga abrumadora sobre sus hombros. Todo había sido un constante motivo de preocupación y, por su parte sin duda, una serie de torpezas, pero sentía una inmensa piedad por los pobres chiquillos y había hecho cuanto estaba en su mano; en particular, los había enviado a su otra casa, pues el campo era naturalmente el sitio más adecuado para ellos, y los había mantenido allí desde el primer momento con las mejores personas que pudo encontrar para cuidarlos, desprendiéndose incluso de sus propios sirvientes para que los atendieran y bajando él mismo en persona siempre que podía para ver cómo se encontraban. Lo enojoso del caso era que prácticamente no tenían otros parientes y que sus propios asuntos le absorbían todo el tiempo. Los había instalado en Bly, que era un lugar sano y seguro, y había puesto al frente de la casa —pero solo en el ámbito del servicio— a una mujer excelente, la señora Grose, de quien estaba seguro que agradaría a su visitante y que antaño había sido doncella de su madre. Ahora ejercía de ama de llaves y desempeñaba también provisionalmente las funciones de encargada de la pequeña, a quien, al no tener hijos propios, profesaba por fortuna un inmenso cariño. Había bastante servidumbre para ayudar, pero naturalmente la señorita que acudiese como institutriz ostentaría la autoridad suprema. Tendría asimismo que ocuparse durante las vacaciones del niño pequeño, que había estado un trimestre en un internado —pequeño como era para enviarlo, pero ¿qué otra cosa cabía hacer?— y que, al estar a punto de comenzar las vacaciones, regresaría de un día para otro. Al principio había habido al cuidado de ambos niños una señorita a la que tuvieron la desgracia de perder. Había cumplido sus obligaciones de manera primorosa —era una persona sumamente respetable— hasta su fallecimiento, cuyo grave inconveniente no había dejado, precisamente, más alternativa que el internado para el pequeño Miles. La señora Grose, desde entonces, en lo tocante a modales y atenciones, había hecho cuanto pudo por Flora; y había además una cocinera, una doncella, una lechera, un viejo poni, un viejo mozo de cuadra y un viejo jardinero, todos ellos asimismo enteramente respetables.

Hasta aquí había trazado Douglas su cuadro cuando alguien formuló una pregunta: —¿Y de qué murió la anterior institutriz?... ¿De tanta respetabilidad?

La respuesta de nuestro amigo fue tajante: —Eso ya se sabrá. No me adelanto a los hechos.

—Disculpe... creí que eso era precisamente lo que estaba haciendo usted.

—En el lugar de su sucesora —insinué yo—, a mí me habría gustado saber si el puesto acarreaba consigo...

—¿Un inevitable peligro de muerte? —completó Douglas mi pensamiento—. Ella deseaba saberlo, y ciertamente lo supo. Mañana oiréis lo que averiguó. Entre tanto, por supuesto, la perspectiva se le antojó ligeramente sombría. Era joven, inexperta y nerviosa: era una perspectiva de deberes severos y escasa compañía, de una soledad verdaderamente abrumadora. Vaciló; se tomó un par de días para consultar y reflexionar. Pero el sueldo ofrecido superaba con creces sus modestas pretensiones, y en una segunda entrevista afrontó el reto y aceptó el compromiso. —Y Douglas, al decir esto, hizo una pausa que, en beneficio de la concurrencia, me impulsó a añadir—:

—Cuya moraleja fue, por supuesto, la seducción ejercida por aquel joven espléndido. Sucumbió a ella.

Se levantó y, tal como había hecho la noche anterior, se acercó a la chimenea, atizó un leño con el pie y permaneció unos instantes de espaldas a nosotros. —Solo lo vio dos veces.

—Sí, pero esa es precisamente la hermosura de su pasión.

Con cierta sorpresa por mi parte, Douglas se volvió hacia mí ante esto. —Esa era la belleza del asunto. Hubo otras —prosiguió— que no habían sucumbido. Él le explicó con franqueza toda la dificultad: que para varias candidatas las condiciones habían resultado prohibitivas. De algún modo, sentían simple miedo. Sonaba aburrido, sonaba extraño; y más aún a causa de su condición principal.

—¿Que era...?

—Que jamás lo molestara... pero jamás de los jamases: ni recurrir a él, ni quejarse, ni escribirle sobre nada; sino resolver todas las cuestiones ella misma, recibir todo el dinero de su abogado, asumir el control total y dejarlo en paz. Ella prometió hacerlo así, y me confesó que cuando por un instante, aliviado y encantado, él le estrechó la mano agradeciéndole el sacrificio, ya se sintió recompensada.

—Pero ¿fue esa toda su recompensa? —preguntó una de las señoras.

—Jamás volvió a verlo en su vida.

—¡Ah! —exclamó la dama; lo cual, dado que nuestro amigo nos dejó de inmediato de nuevo, fue la única otra palabra de importancia dedicada al asunto hasta que, la noche siguiente, junto al rincón del fuego y en el mejor sillón, abrió la cubierta roja y desvaída de un viejo y delgado álbum encuadernado con cortes dorados. El asunto requirió ciertamente más de una velada, pero en la primera ocasión la misma dama formuló otra pregunta—: ¿Cuál es el título?

—No tengo ninguno.

—¡Oh, pues yo sí lo tengo! —dije yo. Pero Douglas, sin hacerme caso, había comenzado a leer con una hermosa claridad que era como transmitir al oído la primorosa caligrafía de su autora.

Fin del Episodio 2 · de 27

Episodio 2

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