Orgullo y prejuicio·Episodio 70

Capítulo LXI

~6 min · 1294 palabras

Dichosos por todos sus sentimientos maternales fueron los días en que la señora Bennet se libró de sus dos hijas más meritorias. Con qué orgulloso deleite visitó después a la señora Bingley y habló de la señora Darcy, es fácil de imaginar. Desearía poder decir, por el bien de su familia, que la realización de su más ferviente deseo al ver a tantas de sus hijas tan bien colocadas produjo un efecto tan feliz como para convertirla en una mujer sensata, amable y bien informada por el resto de su vida; aunque tal vez fue una suerte para su esposo, quien quizá no habría sabido apreciar la felicidad doméstica en tan insólita forma, que siguiera padeciendo ocasionalmente de los nervios e invariable como siempre en su necedad.

El señor Bennet echaba muchísimo de menos a su segunda hija; su cariño hacia ella lo alejaba de casa más a menudo de lo que cualquier otra cosa habría podido hacerlo. Le encantaba ir a Pemberley, sobre todo cuando menos lo esperaban.

El señor Bingley y Jane permanecieron en Netherfield solo un año. Una vecindad tan cercana a su madre y a sus parientes de Meryton no era deseable ni siquiera para el carácter apacible de él, ni para el corazón afectuoso de ella. El deseo más anhelado de sus hermanas se vio entonces satisfecho: él compró una propiedad en un condado vecino al de Derbyshire; y Jane y Elizabeth, además de cualquier otra fuente de dicha, se hallaban a menos de treinta millas la una de la otra.

Kitty, con gran provecho para ella, pasaba la mayor parte del tiempo con sus dos hermanas mayores. En una sociedad tan superior a la que por lo general había conocido, su progreso fue notable. No tenía un carácter tan ingobernable como Lydia; y, apartada de la influencia del ejemplo de Lydia, se volvió, con la debida atención y manejo, menos irritable, menos ignorante y más avispada. Del ulterior perjuicio de la compañía de Lydia la mantuvieron por supuesto cuidadosamente alejada; y aunque la señora Wickham la invitaba con frecuencia a ir a pasar una temporada con ella, con la promesa de bailes y jóvenes, su padre jamás consintió en que fuera.

Mary era la única hija que quedaba en casa; y se vio obligada a abandonar el cultivo de sus talentos al no poder la señora Bennet quedarse sola de ningún modo. Mary se vio forzada a relacionarse más con el mundo, pero aún era capaz de moralizar sobre cada visita matutina; y como ya no sufría la mortificación de las comparaciones entre la belleza de sus hermanas y la suya propia, su padre sospechó que aceptaba el cambio sin demasiada repugnancia.

En cuanto a Wickham y Lydia, el matrimonio de las hermanas de esta no supuso ninguna revolución en sus caracteres. Él sobrellevó con filosofía la certeza de que Elizabeth tenía ahora que enterarse de todo lo que hasta entonces ignoraba sobre su ingratitud y falsedad; y, a pesar de todo, no carecía por completo de la esperanza de que Darcy pudiera aún ser persuadido para hacer su fortuna. La carta de felicitación que Elizabeth recibió de Lydia con motivo de su matrimonio le dejó claro que, por parte de su esposa al menos, si no por la de él, se abrigaba semejante esperanza. La carta decía así:

—Querida Lizzy,

»Te doy la dicha. Si quieres al señor Darcy la mitad de lo que yo a mi querido Wickham, debes de ser muy feliz. Es un gran consuelo tenerte tan rica; y cuando no tengas otra cosa que hacer, espero que te acuerdes de nosotros. Estoy segura de que a Wickham le gustaría mucho un cargo en la corte, y no creo que tengamos suficiente dinero para vivir sin ayuda. Cualquier empleo serviría, de unas tres o cuatro libras anuales; pero, en fin, no hables de ello con el señor Darcy si prefieres no hacerlo.

»Tuya», etc.

Como dio la casualidad de que Elizabeth prefería no hacerlo, procuró poner fin con su respuesta a cualquier ruego o expectativa de esa índole. Sin embargo, solía enviarles la ayuda que estaba en sus manos proporcionar, mediante la práctica de lo que podría llamarse economía en sus propios gastos personales. Siempre le había resultado evidente que unos ingresos como los de ellos, bajo la administración de dos personas tan extravagantes en sus caprichos y desentendidas del porvenir, debían resultar de todo punto insuficientes para su sustento; y cada vez que mudaban de cuartel, Jane o ella misma recibían con seguridad alguna solicitud de pequeña ayuda para sufragar sus cuentas. Su modo de vida, aun cuando el restablecimiento de la paz los devolvió a un hogar, era de lo más inestable. Siempre andaban mudándose de un lugar a otro en busca de un sitio barato, y gastando siempre más de lo debido. El afecto de él por ella decayó pronto hasta convertirse en indiferencia; el de ella duró un poco más; y, a pesar de su juventud y sus modales, conservó todos los títulos a la respetabilidad que su matrimonio le había otorgado. Aunque Darcy jamás pudo recibir a él en Pemberley, por amor a Elizabeth le ayudó aún más en su carrera. Lydia era de vez en cuando huésped allí, cuando su marido se marchaba a divertirse a Londres o a Bath; y ambos se alojaban con los Bingley tan a menudo y durante tanto tiempo, que hasta el buen humor de Bingley se agotaba, al punto de insinuar la conveniencia de darles una pista de que ya era hora de marcharse.

La señorita Bingley quedó profundamente mortificada por el matrimonio de Darcy; pero como consideraba prudente conservar el derecho de visitar Pemberley, depuso todo su resentimiento; se mostró más encariñada que nunca con Georgiana, casi tan atenta con Darcy como antaño, y saldó hasta el último atraso de cortesía con Elizabeth.

Pemberley era ahora el hogar de Georgiana, y el afecto entre las cuñadas era exactamente tal como Darcy había esperado ver. Eran capaces de quererse tanto como se proponían. Georgiana tenía la más alta opinión del mundo sobre Elizabeth, aunque al principio escuchaba a menudo con un asombro rayano en la alarma su manera animada y jovial de hablarle a su hermano. Él, que siempre le había inspirado un respeto que casi anulaba su cariño, era visto ahora por ella como objeto de bromas abiertas. Su mente asimiló conocimientos con los que jamás antes se había topado. Gracias a las enseñanzas de Elizabeth, empezó a comprender que una mujer puede tomarse ciertas libertades con su esposo que un hermano no siempre tolera en una hermana más de diez años menor que él.

La señora Catherine se mostró sumamente indignada por el matrimonio de su sobrino; y como dio rienda suelta a toda la natural franqueza de su carácter en su respuesta a la carta que anunciaba los esponsales, le dirigió palabras de lo más injuriosas, especialmente contra Elizabeth, de modo que durante algún tiempo cesó toda relación. Mas al fin, por persuasión de Elizabeth, se le convenció de que pasara por alto la ofensa y buscara la reconciliación; y tras un poco más de resistencia por parte de su tía, el resentimiento de esta cedió, ya fuera por el afecto que le profesaba o por la curiosidad de ver cómo se comportaba su mujer, y se dignó a visitarlos en Pemberley, a pesar de la contaminación que sus bosques habían sufrido, no solo por la presencia de semejante señora, sino por las visitas de sus tíos de la ciudad.

Con los Gardiner mantuvieron siempre el trato más íntimo. Tanto Darcy como Elizabeth los querían de verdad, y ambos guardaban siempre la más profunda gratitud hacia aquellas personas que, al traerla a Derbyshire, habían sido el medio de unirlos.

Fin del Episodio 70 · de 70

Capítulo LXI

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