Olas de sal y rencor·Episodio 03

La rompiente de poniente

~7 min · 1489 palabras

Iván tragó saliva. El metal rojizo, suspendido de un cordón negro deshilachado contra su clavícula, parecía quemarle la piel tanto como a ella la mirada.

—Lo encontré —dijo él al fin, con la voz demasiado baja para competir con el rumor del agua rompiendo a veinte metros—. En una caja de aparejos vieja. En el muelle de descarga.

—Mentira.

Abril no pestañeó. La sal marina se le estaba secando en las pestañas, tirante y dura como escarcha, pero ni se molestó en frotarse los ojos. Conocía cada golpe, cada una de las tres muescas limadas a mano en ese cilindro de cobre. Su abuela no se quitaba ese silbato ni para dormir en las noches de temporal.

—No es mentira, Abril. Yo no sabía de quién era hasta que...

—¿Hasta que me pagaste cuatrocientos euros en billetes sobados para que te enseñara a no caerte de rodillas? —le cortó ella, dando un paso al frente.

Fito, que llevaba diez minutos dando vueltas nerviosas en círculos con su sudadera gris de la regata de 2018, se metió en medio levantando las dos manos, como si estuviera intentando separar a dos perros que aún no habían decidido si morderse o ladrar.

—A ver, calma en la cofradía —resopló Fito, sacudiendo un pie para desalojar una concha que se le había metido en la chancleta—. Que si nos ponemos intensos ahora, nos da la bajamar y no hemos sellado ni la primera hora de clase. ¿Tienes el silbato? Vale, misterio para luego. Ahora mismo tenemos problemas con ruedas.

—¿Qué ruedas? —preguntó Iván, parpadeando.

El estruendo de un motor diésel de seis cilindros contestó por él desde lo alto del talud.

No fue un rugido elegante. Fue una detonación ronca de humo negro y engranajes chirriando que bajó rodando por el camino de tierra, sacudiendo las dunas. Una retroexcavadora amarilla, con la pintura de la pala comida por el óxido y una pegatina de Construcciones Arenas & Hijos en la cabina, se detuvo en seco cruzada de lado a lado sobre la rampa de cemento. Justo en el único paso transitable hacia la orilla este.

La portezuela de chapa se abrió con un chasquido seco. Lucas Arenas bajó de un salto, sin mancharse los náuticos impecables de polvo.

—Buenos días a la resistencia —dijo Lucas. Llevaba una camisa de lino azul cielo con las mangas dobladas al milímetro y una carpeta rígida bajo el brazo—. Qué estampa tan deportiva. Casi parece que trabajáis y todo.

Abril se prohibió tres cosas: tirarle la foca tuerta a la cabeza, preguntarle si la gomina le goteaba con el calor y acabar en el calabozo municipal antes de comer.

—Esa rampa es de acceso público, Lucas —soltó Abril, apretando el puño contra el muslo. El invento de la tabla de doce kilos seguía colgando de su mano como una serpiente de goma muerta—. Quita ese trasto de ahí antes de que llame a la patrulla de costas.

—Llama, llama. Con suerte te cogen el fijo del muelle para Navidad —Lucas sonrió con esa condescendencia ensayada frente al espejo que reservaba para los días de firmas notariales—. Obras de consolidación del firme por riesgo de derrumbe. Orden urgente de la alcaldía. La rampa queda clausurada cautelarmente durante setenta y dos horas. Lo lamento en el alma, de verdad. Pero la seguridad de los bañistas es lo primero.

—Aquí no hay bañistas, pedazo de sinvergüenza —espetó Fito, señalando la bahía con una mano que le temblaba de pura rabia—. Hay un metro de espuma y viene una serie que os va a barrer hasta el paseo nuevo.

Lucas ni le miró. Fijó los ojos en Iván, evaluando el traje de neopreno impecable, la tabla amarilla apoyada contra los muslos y, finalmente, el silbato de cobre que colgaba sobre su pecho.

Algo cambió en la cara de Lucas. Apenas medio segundo. Un endurecimiento en la comisura de los labios antes de recuperar la pose de triunfador de club náutico.

—Vaya —murmuró Lucas—. Veo que ya has empezado las clases particulares. Qué pena que no vayáis a poder justificar la práctica en el agua. Si no hay entrada y salida registrada de material náutico por la rampa habilitada, el inspector del puerto no puede sellaros la bitácora técnica de hoy. Y hoy es el último día antes del precinto, Sotomayor.

—El mar no tiene puerta, Lucas —dijo Abril entre dientes.

—Pero el espigón sí. Y todo lo que flota dentro de la dársena necesita permiso de varada activa.

Lucas golpeó la carpeta con los nudillos, dio media vuelta y se apoyó contra la rueda gigante de la excavadora, cruzándose de brazos con la calma exasperante de quien ya ha cobrado por adelantado.

◇

El viento de poniente empezaba a silbar con saña contra la chapa vieja de la caseta, arrancando ese zumbido rítmico que Abril conocía desde niña: el preludio exacto de que la rompiente de Cantil Negro se estaba poniendo intratable. Una ola descomunal, de casi tres metros de pared vertical, reventó contra la punta del muelle levantando un penacho de espuma blanca que cayó como lluvia fina sobre el cemento.

Fito pateó una lata vacía que rodó hasta la rueda de la máquina.

—Se acabó —dijo Fito, dejándose caer sobre la arena seca—. Nos ha clavado la pala en el pescuezo. Sin la rampa no hay registro, y sin registro el cobertizo pasa a su nombre a las cinco.

—Abril —llamó Iván. Se había acercado un paso, dejando la tabla en el suelo. El sol rebotaba en la fibra picada con un destello cegador—. Si entro al agua desde la orilla este y cruzo remando hacia la bocana para marcar la entrada en la baliza del puerto, ¿cuenta como actividad?

—¿Estás loco? —Abril se giró hacia él, fulminándolo—. ¿Has visto lo que está entrando por fuera? Esa corriente te estampa contra los bloques en dos minutos. Apenas sabes mantenerte tumbado sin ladearte.

—Sé remar —insistió él, y por primera vez no había rastro de timidez ni de ironía en sus ojos claros—. Y sé por qué tu abuela no soltaba este silbato. Me lo dio ella, Abril. La noche que murió no desapareció de la caseta. Ella me lo puso en la mano en el hospital de la capital.

Abril se quedó quieta. El aire se le atascó en la garganta.

—Ella nunca salió de este pueblo —susurró ella.

—Salió una sola vez. Y tú no estabas porque estabas compitiendo en Francia —respondió Iván con una calma que dolía más que un insulto—. No dejes que este imbécil te quite la escuela por miedo a entrar ahí. El rencor pesa exactamente lo mismo que el plomo cuando intentas no ahogarte.

Antes de que ella pudiera procesar la frase —antes de que pudiera gritarle que se detuviera, que no tenía ni idea de lo que había debajo de esa espuma grisácea—, Iván agarró el tablón amarillo por el canto, ajustó el velcro a su tobillo derecho y echó a correr hacia la orilla este.

—¡Iván, no! —bramó Fito, levantándose de golpe.

—¡Vuelve aquí, idiota! —gritó Abril, corriendo tras él sobre la arena blanda que le devoraba los pasos.

Iván se lanzó al agua con torpeza, encajando el pecho contra la parafina derretida y clavando los brazos en el agua con una técnica desastrosa pero desesperada. Logró pasar la primera espuma a fuerza de empuje bruto, remontando la pendiente de la rompiente interior justo cuando la serie grande empezaba a levantarse en el horizonte.

Desde la excavadora, Lucas se enderezó, perdiendo por un instante la sonrisa.

—¡Va directo a la resaca del espigón! —gritó Fito, llevándose las manos a la cabeza—. ¡El viento lo está empujando hacia los pilotes!

Abril frenó en seco en la línea exacta donde la espuma moría en la arena. El agua salada le tocó las puntas de los dedos de los pies descalzos y un calambre gélido le subió por las piernas. Hacía tres años que no ponía un pie en esa rompiente. Tres años desde la última vez que el mar le había arrancado algo.

A cincuenta metros, una masa oscura de agua de más de tres metros se alzó como una pared cóncava frente a Iván. Él intentó sentarse sobre la tabla para girar, pero la corriente de retorno ya lo tenía atrapado por la cola.

La ola cayó.

El impacto retumbó en la ensenada como un trueno sordo que hizo temblar la grava bajo los pies de Abril. La cresta sepultó la figura de Iván contra el ángulo ciego del espigón de hormigón.

Tres segundos después, un crujido seco, similar al de una rama gruesa partiéndose en dos, resonó por encima del bramido del poniente.

La mitad delantera del tablón amarillo emergió dando tumbos entre la espuma, astillada, con los nervios de fibra de vidrio colgando como tendones rotos.

De Iván solo quedó el cordón negro flotando a la deriva cerca de los pilotes.

Abril dio un paso hacia el agua.

Fin del Episodio 3 · de 4

La rompiente de poniente

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