Salitre en las costuras
~7 min · 1465 palabras
Abril no pensó en la corriente ni en las piedras negras que asomaban como colmillos podridos entre la espuma. Pensó, con una lucidez ridícula y furiosa, en que Iván le debía exactamente cuatrocientos euros y la decencia de no morirse en su turno de guardia.
—¡Abril, no jodas, que no pasas la rompiente ni en moto acuática! —berreó Fito desde la arena, con las manos en la cabeza y la sudadera gris del 2018 ondeando como un trapo sucio.
Ella ya había descolgado la tabla de Celia, la reliquia que nadie tocaba desde hacía tres años. La fibra vieja le hundió el hombro, áspera y familiar. Corrió arrastrando los pies en la orilla hasta que el agua le mordió los muslos, se lanzó sobre la cubierta de panza y remó con los hombros ardiendo a cada brazada.
El mar de poniente era una lavadora en ciclo de centrifugado.
Una masa de agua verde y espesa la levantó de golpe. Abril hundió la punta de la tabla, clavó los dedos bajo el borde descascarillado y aguantó el tirón mientras la ola le reventaba en la frente, lavándole la boca con salmuera y algas. Cuando volvió a emerger, tosiendo, vio una mancha oscura chapoteando a tres metros de los pilotes del espigón.
Iván estaba vivo. Apenas.
Tenía media tabla rota flotando a su lado como una lápida de corcho blanco y un corte sangrante en el pómulo que la espuma borraba una y otra vez. Intentaba nadar con un solo brazo; el otro colgaba inerte contra el chaleco de neopreno.
—¡Sube, imbécil! —le gritó Abril, frenando la reliquia de Celia a escasos centímetros de su cara.
Iván alzó la vista. El salitre le pegaba las pestañas en mechones duros, pero aun así logró curvar la comisura de la boca hacia arriba.
—Llegas tarde —farfulló, tragando medio vaso de espuma—. Mi clase terminaba a las doce.
—Cállate y agarra el canto. Si te sueltas, te cobro el doble.
No fue épico. Fue una pelea torpe de brazos temblorosos, resbalones en la cera vieja y un tirón de tendones que a Abril le arrancó un taco por lo bajo. Lo izó sobre la tabla de su abuela como a un saco de papas mojadas. El madero gimió bajo el peso de los dos, pero la resina vieja aguantó. Con la siguiente ola empujando desde atrás, Abril se echó sobre su espalda para hacer contrapeso y paleó hacia la orilla con las uñas clavadas en la fibra picada, rezando para que la resaca no les diese la vuelta.
Vararon sobre el cascajo con la violencia de un naufragio de juguete.
Fito llegó corriendo, derrapando en las piedras, con el termo azul abollado bajo el brazo como si fuera un extintor de incendios.
—Están desquiciados. Los dos. Oficialmente chalados de la cabeza —soltó Fito, tirándose de rodillas y revisando los hombros de Iván con torpeza de enfermero improvisado—. Lucas sigue en la pala mecánica, pero ya llamó al coche patrulla. Dice que metiste un bañista al mar bajo bandera roja.
—No era un bañista —graznó Iván desde las piedras, tosiendo un chorro de agua que salpicó las zapatillas rotas de Fito—. Era… un alumno matriculado. En prácticas.
Abril se dejó caer de espaldas en la orilla seca. El sol de mediodía rebotaba en la fibra del tablón con un destello ámbar cegador, calentándole el salitre que ya empezaba a tirarle de la piel en las mejillas. Le temblaba la rodilla derecha. Un tic estúpido, puramente muscular.
Se prohibió desmayarse delante de Lucas Arenas, mirar la clavícula de Iván más de dos segundos seguidos y darle las gracias al mar por no haberlos partido en trozos.
—¿Trajiste el tubo? —preguntó Abril, sentándose de golpe sin mirar a Iván.
Iván metió la mano sana en el bolsillo sellado de su chaleco. Sacó un cilindro estanco de plástico naranja, cubierto de arena fina. Dentro, doblado en cuatro y milagrosamente seco, estaba el formulario de registro portuario con el sello húmedo de la estación de balizamiento, firmado a las 11:42 por el técnico de guardia.
Actividad comercial en curso. Concesión blindada hasta octubre.
—Se lo arrebaté al cabo de amarre antes de que la ola me tirara contra la madera —dijo él, apoyando la nuca en la piedra con los ojos cerrados—. Tu abuela decía que si no te la juegas por el papel de la luz, no mereces tener bombillas.
—Mi abuela decía muchas tonterías cuando no quería pagar facturas —replicó Abril, pero la voz se le quebró en la última sílaba.
A cincuenta metros, el motor diésel de la retroexcavadora se apagó con una tos metálica. Lucas Arenas bajó de la cabina, miró el papel naranja que Fito ondeaba en el aire con un gesto obsceno, pateó una piedra hacia el agua y subió a su furgoneta blanca sin decir una sola palabra. El portazo resonó por todo el cantil.
—Ese hombre necesita fibra en su dieta —murmuró Fito, desenroscando el termo con la pegatina de la foca tuerta—. Y terapia.
A las cinco de la tarde, la luz en el porche de la caseta era de un naranja espeso y lento. El viento de poniente había amainado hasta convertirse en un roce tibio que hacía temblar la chapa del tejado con un zumbido monótono, casi pacífico.
Abril estaba sentada en el escalón de entrada, enjuagando los trajes con agua dulce de una manguera vieja. El goteo rítmico sobre las tablas descoloridas marcaba el tiempo.
El olor a parafina de coco recalentada salía de las grietas del cobertizo, mezclado con la humedad agria del neopreno que colgaba de las perchas de goma. Iván apareció cojeando, vestido con una camiseta seca que Fito le había prestado y que le quedaba tres tallas más ancha.
Llevaba en la mano su bolsa de lona.
—El brazo solo es una distensión —dijo, deteniéndose a dos pasos de ella—. Me dieron un cabestrillo en el dispensario, pero me picaba.
—Eres un pésimo paciente.
—Y tú cobras demasiado por una clase donde casi me ahogo.
—Cuatrocientos euros por salvarte la vida me parece una tarifa de saldo, Iván.
Iván sonrió con un lado de la cara. El corte del pómulo ya tenía una costra oscura, perfilada por el polvo del camino.
—Celia no murió asustada, Abril —soltó de pronto, sin preámbulos, mirando hacia el horizonte donde el mar empezaba a tornarse violeta—. Yo estaba en la habitación de al lado cuando la ingresaron. Mi madre compartía planta con ella. Tu abuela se escapaba al pasillo a fumar cigarrillos apagados porque decía que el olor a hospital le daba náuseas. Me vio llorando una noche en la sala de espera y me puso el silbato en la palma de la mano.
Abril se quedó quieta con la manguera en la mano, dejando que el chorro de agua fría le empapara la zapatilla izquierda.
—¿Por qué a ti? —preguntó en un susurro áspero.
—Porque me dijo que yo tenía cara de necesitar que alguien me pitara fuerte para espabilar —contestó él, bajando la vista—. Y me hizo prometer que cuando ella no estuviera, vendría a devolverlo a la caseta. No antes. Decía que tú ibas a estar demasiado ocupada enfadándote con el mundo como para escuchar a nadie.
Abril tragó aire. El salitre seco en los bordes de la nariz le escocía.
—Era una vieja insoportable.
—Era genial —corrigió él.
Iván dejó su bolsa en el suelo un momento, hurgó en el bolsillo del pantalón y sacó una copia de la llave. No era la pieza carcomida de latón verde que se atascaba en el candado, sino una copia tosca recién hecha en la ferretería del muelle, con la rebaba todavía plateada en los dientes.
La dejó sobre la mesa de trabajo, al lado de la lata oxidada de cera y el termo de Fito.
—El resguardo del registro está sellado hasta que empiece el temporal —dijo él, dando un paso hacia el camino de tierra—. Tienes tres meses antes de que Lucas vuelva a meter la pala.
—Iván.
Él se detuvo, pero no se dio la vuelta.
Junto a la llave, doblado con torpeza, había un billete arrugado de cincuenta euros con una esquina manchada de alquitrán.
—A cuenta del tablón amarillo —añadió Iván sin volverse—. El resto te lo pago cuando me enseñes a no partir una tabla en dos.
—Vuelve la marea viva el mes que viene —dijo Iván, ajustándose la correa de la bolsa al hombro sano—. Más te vale tener cera de verdad y no esa porquería de coco.
Abril lo miró alejarse por la pista de tierra, levantando una polvareda dorada bajo la luz menguante.
Después cogió la llave nueva y la probó en el candado. Por primera vez en tres años, la puerta se abrió a la primera.
Fin del Episodio 4 · de 4
Salitre en las costuras
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