Olas de sal y rencor·Episodio 02

Equilibrio sobre fibra picada

~8 min · 1557 palabras

Abril negó con la cabeza sin levantar la vista del mostrador.

Dobló la notificación de embargo en cuatro partes exactas, con la uña marcando los pliegues hasta dejarlos afilados, y la metió bajo el termo azul abollado. La pegatina de la foca tuerta quedó aplastando el membrete del juzgado.

—Abril, ese papel tiene fecha de ejecución para el vier...

—El curso son cuatrocientos euros y la clase empieza en la arena. Si quieres asesoría legal, contrata a un gestor con corbata. Si quieres que el mar no te parta la crisma, coge el tablón amarillo.

Iván la miró sin pestañear. Tenía esa clase de paciencia pulcra y metódica que a Abril le ponía los nervios del revés, como si estuviera acostumbrado a que el mundo se ordenara en columnas de Excel.

—El tablón amarillo —repitió él, señalando con la barbilla una reliquia de fibra de vidrio picada apoyada contra las tablas descoloridas del cobertizo.

—Ese mismo. Pesa doce kilos y huele a parafina rancia. Te va a encantar.

Afuera, la ráfaga de poniente hizo que la chapa del tejado gimiera con un castañeo metálico, seco y rítmico, que Abril conocía desde los siete años. El sol caía a plomo, rebotando en un destello ámbar sobre los parches viejos de resina de las tablas. El olor a coco derretido subía de la parafina tibia, mezclándose con la humedad agria de los trajes colgados a la sombra.

Iván arrastró la tabla hasta la línea de marea seca.

Abril se ajustó la goma del pelo mientras bajaba por la rampa de madera y se prohibió tres cosas: pensar en las deudas, preguntarse de dónde conocía ese tipo a su abuela y fijarse en que el traje de neopreno le quedaba ridículamente bien una vez puesto del derecho.

—¿Qué pasa? —preguntó Iván, que la había pillado mirándolo.

—Que no arrastres la quilla por las piedras si no quieres pagarme otros cincuenta euros.

Él levantó la punta de inmediato.

—Tumbado —ordenó ella, plantándose con los pies hundidos en la arena caliente—. Pecho sobre el nervio central. Pies juntos. No me mires a mí, mira al horizonte. Si miras la tabla, te vas al agua antes de empezar.

Iván se dejó caer sobre la fibra. La sal marina ya se le estaba secando en el cuello, dejando un cerco blanco y tirante contra la goma negra del cuello.

—¿Ahora qué?

—Rema. Cuatro brazadas hondas. No chapotees como un pato con reuma, Iván. Los dedos juntos.

Él resopló, braceando contra el aire seco de la playa.

—Se siente un poco ridículo.

—Hacer el ridículo en seco ahorra tragar dos litros de espuma salada en cinco minutos. Ahora: manos bajo las costillas. No te agarres a los cantos, apoya las palmas planas. Empuja el pecho hacia arriba y pasa el pie derecho delante de un salto.

Iván empujó.

El intento duró medio segundo. El pie izquierdo se le trabó en el neopreno, la rodilla golpeó la fibra picada con un golpe hueco y terminó despatarrado de costado, comiéndose un puñado de arena con conchas trituradas.

Abril no se rio. Se cruzó de brazos, sintiendo el viento caliente en los tobillos.

—Demasiada prisa.

—Me he resbalado —dijo él, escupiendo arena con dignidad herida.

—No te has resbalado. Has dudado. Has pensado en cómo ibas a caer antes de terminar de subirte.

Iván se sentó sobre los talones, sacudiéndose los granos de salitre de los antebrazos. La miró desde abajo, entrecerrando los ojos contra el resplandor cegador del mediodía.

—Es el instinto básico de supervivencia, Sotomayor. Nadie quiere romperse los dientes.

—Pues desactívalo.

—No es tan fácil.

—Ponerse de pie en una tabla no requiere valor; requiere aceptar el golpe contra el fondo.

Iván se quedó quieto un instante, repitiendo la frase en silencio, como si estuviera buscando la trampa en un contrato.

—Eso no suena a manual de surf.

—Suena a Celia Sotomayor —replicó ella, y la voz se le endureció apenas medio tono—. Y si de verdad sabes tanto de ella como insinuaste antes, sabrás que no repetía las cosas dos veces. Arriba. Otra vez.

◇

Al quinto intento, Iván logró clavar la planta del pie derecho entre las dos marcas de cera negra, flexionando las rodillas con un temblor evidente pero manteniéndose en equilibrio sobre el tablón inmóvil.

—No te muevas —dijo Abril—. Quédate ahí. Siente el peso en los talones.

El crujido de pasos apurados sobre la grava de la rampa rompió el momento.

Fito Varela venía trotando con las chanclas en la mano y la sudadera gris descolorida de la regata de 2018 pegada a la espalda por el sudor. Traía un papel grasiento doblado en el puño y los ojos muy abiertos.

—Abriluca —soltó sin aliento, frenando en seco junto a la tabla y arrojando una lluvia fina de arena sobre las piernas de Iván—. Malas noticias. Bueno, peores noticias. Depende de cómo te tomes los chismes de la cantina del puerto.

—Fito, estamos en clase.

—A Iván le va a dar igual la clase cuando sepa esto. O a lo mejor no, a lo mejor él ya lo sabe.

Iván bajó lentamente de la tabla, sacudiéndose las rodillas.

—¿Saber qué?

Fito lo midió con desconfianza, rascándose la coronilla tostada por el salitre antes de extenderle a Abril un recibo de compra grasiento de la tienda de ultramarinos. Al dorso había una anotación a bolígrafo azul corrida por una gota de café.

—Lucas Arenas estuvo almorzando con el capitán del puerto hace dos horas —dijo Fito en voz baja, pero con el tono que usaba para las catástrofes—. Lucas no quiere esperar al viernes para la subasta de la caseta. Está diciendo que la escuela no tiene actividad real desde el mes pasado, que tus clases son una tapadera para retener la rampa y que va a mandar a los peritos municipales esta misma tarde para precintar el candado.

Abril sintió el tirón áspero de la rabia detrás de las sienes.

Sacó el móvil del bolsillo del short y buscó el número de Lucas. Tres años después de dejarlo, todavía lo tenía guardado con el apodo de entonces.

Lo guardó otra vez. De nada servía escribirle.

—Tengo una ficha de alumno firmada y cuatrocientos euros en la mesa —dijo Abril, señalando con la barbilla a Iván—. La actividad está registrada.

—Un alumno no hace una escuela, Abriluca. Lucas dice que este hombre es un actor que contrataste para burlar el estatuto. O peor: alguien que él mismo te mandó para tenderte una trampa.

Un silencio tenso se instaló entre las ráfagas de viento. La chapa de la caseta vibró a lo lejos.

—¿Yo parezco un actor? —preguntó Iván, con una ceja levantada.

—Pareces alguien que no ha tocado un tablón en su puñetera vida —le soltó Fito sin filtro—, y que casualmente llega con un pagaré de Lucas en el bolsillo.

Abril clavó la vista en Iván.

—¿Te envió Lucas?

—No —respondió él sin dudar, pero sin dar explicaciones.

—¿Entonces qué haces aquí, Iván?

—Aprender a ponerme de pie. Y evitar que cometas una estupidez antes del viernes.

Abril apretó la mandíbula. Las sospechas se le acumulaban en el pecho, pero el agua no esperaba por nadie y el oleaje en la orilla empezaba a levantar una espuma verdosa que anunciaba el cambio de marea.

—Fito, coge el termo de café y vete a la bocana del muelle. Si ves asomar el coche patrulla de la capitanía, silbas.

—Abril...

—Silbas, Fito. Ahora.

El chico dudó, miró a Iván con hostilidad manifiesta y terminó trotando de vuelta hacia la rampa, arrastrando las chanclas.

◇

—Al agua —dijo Abril secamente.

—Pensé que me ibas a interrogar —dijo Iván, recogiendo la tabla con un movimiento algo más fluido.

—El interrogatorio cuesta cincuenta euros la hora y no me fío de nada de lo que digas. El mar no miente. Si me estás mintiendo, la primera ola te va a reventar contra la orilla.

Caminaron hacia la espuma. El agua salobre le llegó a Abril por las pantorrillas, fría y limpia, cortando de golpe el calor agobiante de la arena seca. Se agachó frente a Iván.

—Levanta el pie derecho. Hay que ponerte el invento.

Iván levantó el tobillo. Abril desenrolló el cordón de uretano negro, sintiendo el velcro áspero contra las yemas de sus dedos.

—Si te caes, no intentes nadar tras la tabla. El invento la traerá de vuelta hacia ti. Solo preocúpate de salir a respirar.

—Entendido.

Abril se inclinó más para ajustar la tira de neopreno alrededor del tobillo de Iván. Desde esa posición, con la ráfaga de poniente empujando hacia el interior de la cala, la cremallera del cuello de Iván se abrió un par de centímetros, vencida por la sal y el viento.

Algo brilló contra su clavícula.

No era una cadena de plata fina ni un colgante de turista.

Era una pieza cilíndrica de cobre macizo, con los bordes verdosos por los años y el desgaste inconfundible de tres muescas limadas a mano en la boquilla. El silbato de salvamento marítimo de Celia Sotomayor.

El mismo que había desaparecido del cobertizo la noche en que su abuela murió, tres años atrás.

Abril se quedó inmóvil, con los dedos todavía cerrados sobre el velcro.

—¿De dónde has sacado esto?

Iván bajó la mirada, y por primera vez en todo el día, no supo qué responder.

Fin del Episodio 2 · de 4

Equilibrio sobre fibra picada

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