La cera y el pagaré
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La llave de latón tenía más costra verde que metal útil, pero encajó en el candado tras el tercer golpe de cadera contra el marco.
Abril no necesitó abrir los ojos del todo para saber lo que le esperaba dentro. El golpe de aire le llegó directo a la cara: parafina rancia con aroma sintético a coco tostado al sol, goma húmeda fermentando en cajones cerrados desde el invierno pasado y esa salmuera estancada que parecía haberse filtrado en la madera hasta pudrir los nudos del pino. El techo de chapa ondulada trepidaba con un zumbido metálico y sordo, quejándose con cada golpe del viento de poniente.
Metió la mano izquierda en el bolsillo del cortavientos. La carta de la Fundación Océano Atlántico seguía ahí, reducida a una bola compacta de celulosa arrugada con los bordes sudados. Cuatro párrafos impecables para comunicarle que su perfil «no se alineaba con las prioridades estratégicas del programa de posgrado».
Una forma muy limpia de decirte que te busques la vida.
—Te dije que el truco está en levantar la puerta mientras giras —dijo Fito Varela desde la barandilla de madera, masticando un buñuelo de crema con la calma de quien no tiene una hipoteca ni vergüenza—. Mi tía tiene el mismo candado en el gallinero. Si no le das el tirón hacia arriba, se emperra.
Fito llevaba puesta una sudadera gris descolorida con el logotipo de la regata de 2018. La llevaba desde hacía tantos veranos que ya formaba parte de él, como el pelo tostado y las chanclas.
—La puerta no tiene la culpa de tener ochenta años, Fito —respondió ella, empujando la hoja de madera astillada con el hombro.
—Tiene ochenta y dos. Tu abuela la puso el año que cerraron la conservera.
Abril ignoró el dato. Tenía el móvil encendido sobre el termo de café —el azul abollado con la pegatina de una foca tuerta— y una canción de pop pegajoso de hacía cuatro veranos sonándole en los auriculares, demasiado alta, filtrándose como un mosquito en el tímpano.
Miró la pantalla. En el chat con Lucas Arenas había un mensaje que había escrito a las siete de la mañana y que había borrado tres segundos después de redactarlo:
«Lucas, la concesión municipal de la rampa de varada sigue vigente hasta final de temporada y lo sabes perfectamente, así que deja de mandar a tus empleados a husmear.»
Borrado. En su lugar, la pantalla mostraba la notificación del único formulario web que Fito había logrado reactivar en la vieja página del club.
Para ese día se había prohibido tres cosas: releer la carta de rechazo, preguntarle a Fito por qué olía a fritanga a las nueve de la mañana y asumir que el verano iba a ser una catástrofe absoluta.
—Oye —soltó Fito, sacudiéndose el azúcar glas de los dedos sobre la arena—. El alumno llegó hace veinte minutos. Le dije que fuera pasando para ganar tiempo.
Abril se detuvo en seco.
—¿Que hiciste qué?
—Que le abrí con la copia de la ferretería y le di un traje. Para que fuera adelantando faena. Dijiste que necesitábamos liquidez urgente o Lucas nos precintaba el chiringuito el viernes.
—Fito, las tablas no están enceradas. Las perchas gotean agua podrida sobre las tablas viejas. Hay una familia de tijeretas viviendo en el bidón del agua dulce.
—Pues ya tienen conversación.
—Te voy a tirar al puerto con una ancla atada a los tobillos.
Abril cruzó el umbral.
El cobertizo estaba en esa penumbra dorada y densa que se forma cuando el sol de media mañana rebota contra la fibra de vidrio picada de los tablones acumulados contra las paredes. En una esquina, sobre las tablas descoloridas del suelo donde caía un goteo rítmico y pegajoso de los trajes colgados a secar, una figura masculina luchaba a muerte contra tres milímetros de neopreno reforzado.
No iba ganando.
El tipo medía fácilmente metro ochenta y cinco, tenía los hombros anchos de quien probablemente nadaba o iba a un gimnasio con cuotas impagables, y estaba atrapado de una manera tan geométrica que resultaba casi admirable.
Se había puesto el traje del revés.
La cremallera dorsal, diseñada para subir recta por la columna vertebral, le cruzaba el pecho en diagonal como la banda de un general decimonónico. La solapa del cuello le apretaba la nuez con saña homicida, empujándole la barbilla hacia arriba y tiñéndole las orejas de un escarlata furioso. Los brazos los tenía inmovilizados en un ángulo rígido de pingüino desconcertado.
—Buenos días —dijo el hombre. Su voz sonó como si estuviera hablando a través de una tubería de plomo obstruida.
Abril apoyó las manos en las caderas. Respiró hondo. La sal seca de las pestañas le picó en la comisura del párpado.
—Buenos días. Asumo que viene usted a la clase de iniciación.
—Contraté el curso completo por la web —respondió él, intentando girar el torso sin partirse la clavícula—. Una semana intensiva. Aunque creo que este modelo tiene un defecto estructural en el tiro.
—El defecto estructural es que lleva la espalda puesta en el esternón, señor...
—Iván.
—Señor Iván.
Fito asomó la cabeza por encima del hombro de Abril, mordisqueando el último tercio del buñuelo.
—Te dije que la cremallera iba atrás, tío.
—Me dijiste: «Póntelo como puedas y no toques los remos» —replicó Iván, clavándole una mirada gris y afilada que no perdió compostura a pesar de estar siendo estrangulado por goma vulcanizada.
—Detalles de intendencia —descartó Fito, dando un paso atrás hacia la salida—. Abril, yo bajo a la dársena a ver si el camión del hielo trajo la parafina buena. Los dejo para la parte teórica.
—Fito, ni se te ocurra...
La puerta chirrió. La suela de las chanclas de Fito repiqueteó alegremente sobre la madera exterior hasta perderse en el rumor de la marea baja.
Silencio.
El único sonido en la caseta era el viento combando la chapa del tejado y el silbido forzado del aire entrando por la nariz de Iván.
—¿Va a quedarse ahí mirándome o piensa ayudarme a salir de este sarcófago? —preguntó él.
—Me estoy cobrando mentalmente el tiempo que voy a perder quitando la cera vieja de las tablas de espuma —dijo Abril, pero dio un paso al frente y sacó las manos del bolsillo—. No se mueva. Si tira hacia abajo se va a rajar el cuello con los dientes de plástico.
Se acercó. Iván olía a ropa limpia y a jabón caro, una nota extrañamente fuera de lugar entre el salitre muerto del cobertizo y el polvillo de parafina que cubría las vigas. Abril metió los dedos entre la goma tirante y la base del cuello del tipo. La piel de la garganta estaba caliente, tirante por la fricción.
—Baje la barbilla —ordenó.
—Si la bajo me asfixio.
—Si no la baja le arranco un pellizco de piel. Elija.
Iván bajó la barbilla dos milímetros. Abril tiró del cursor de latón con un crujido áspero de salitre que protestó antes de ceder. La cremallera bajó de golpe hasta el ombligo. El pecho de Iván se expandió en una bocanada larga, honda y poco digna, liberando los hombros de la trampa.
Dio dos pasos atrás, flexionando los dedos como si acabara de recuperar la circulación.
—Gracias —dijo, pasándose la mano por la nuca enrojecida.
—De nada. La primera lección de surf es gratis: el logo de la marca siempre va sobre el pecho, no en los riñones.
—Tomaré nota para mi próxima humillación matutina.
Iván se sentó en el taburete cojo junto a la mesa de reparaciones mientras Abril vertía café tibio del termo abollado en un vaso de plástico con el borde mordisqueado.
—No tengo azúcar —dijo ella, empujándole el vaso—. Y si tuviera, probablemente sabría a parafina.
—Está bien.
Bebió un sorbo sin pestañear. Ni una queja. Abril lo observó de reojo mientras recogía un cabo suelto del suelo y lo enrollaba con mecánicas de costumbre. Llevaba unos pantalones chinos doblados con precisión quirúrgica sobre el banco de trabajo, junto a unos zapatos náuticos que jamás habían tocado agua salada. Demasiado pulcro para la rampa de varada de la ensenada.
—¿Por qué esta escuela? —preguntó Abril—. El club náutico de la bahía tiene duchas con agua caliente, monitores con titulación internacional y tablas que no tienen parches de fibra hechos a mano.
—Su página web permitía reservar sin hablar por teléfono con nadie.
—Una ventaja competitiva indiscutible.
—Además —Iván dejó el vaso en el mostrador carcomido por la carcoma marina—, decían que la dueña era la nieta de Celia Sotomayor. Mi padre decía que Celia era la única persona en esta costa capaz de leer el fondo de arena antes de que rompiera la serie.
Abril sintió un pinchazo seco en la base del estómago. La carta rechazada en el bolsillo pareció pesar el doble.
—Mi abuela sabía cuándo entrar al agua y cuándo quedarse en tierra —dijo ella en voz baja—. Decía siempre lo mismo: el mar no perdona la debilidad, pero los bancos perdonan todavía menos.
Iván no sonrió. Se limitó a mirarla con una atención que se volvió densa, casi incómoda, como si estuviera midiendo la resistencia del suelo bajo sus pies antes de pisar con todo el peso.
—Una mujer sabia —dijo él.
—Una mujer que sabía sumar, que es distinto.
Abril se limpió las palmas en los pantalones cortos, dejando dos marcas blanquecinas de salitre sobre la tela azulada. El zumbido de la chapa aminoró por un instante, dejando que el rumor sordo de las olas contra el espigón llenara la caseta.
—Bueno —dijo ella, poniéndose en pie con falsa energía ejecutiva—. Si quiere aprender a remar antes de que suba la marea, le sugiero que se ponga el traje al derecho. Son cuatrocientos euros por la semana, material incluido. Se paga por adelantado.
Iván metió la mano bajo la solapa de su chaqueta colgada del respaldo del taburete. Sacó una cartera de piel negra, sobria, sin marcas visibles.
Abril esperó el regateo habitual, el «oye, ¿y si solo vengo tres días?», la excusa de la transferencia que tarda veinticuatro horas.
No hubo nada de eso.
Iván dejó sobre el mostrador de madera carcomida cuatrocientos euros en billetes sobados y, junto a ellos, deslizó la notificación de embargo que Lucas Arenas había conseguido del juzgado.
El papel timbrado traía la fecha de esa misma mañana.
—Tenemos que hablar de la concesión, Abril.
Fin del Episodio 1 · de 4
La cera y el pagaré
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