Nivel uno contra mi perro·Episodio 03

La alfombra ocre del trono

~5 min · 996 palabras

Eloy arrancó a correr escaleras arriba antes de que la segunda sacudida le tirara de espaldas contra los peldaños.

El plástico rígido de la cota de malla le golpeaba los flancos con cada zancada, un roce áspero y seco que no daba tregua sobre la tela de la camiseta. En el rellano del piso superior, el aire cambió de golpe: una ráfaga tibia donde flotaba ese inconfundible tufo químico a champú antipulgas de oferta mezclado con el hedor a placa base recalentada. Olía a transistor fundido, a tardes encerrado en el cuarto y a perro empapado secándose contra el radiador.

Al doblar la última esquina, los pies le patinaron.

—¡Frena, zopenco! —rugió la abuela Consuelo.

La anciana apareció de la nada, flotando en su banqueta de madera con las agujas detenidas en el aire. Con un tintineo metálico, una franja azul pálido cubrió el campo de visión de Eloy, congelando en seco las motas de polvo y los fragmentos grises que caían del techo.

—¿Pero tú has visto cómo llevas los cordones? —le espetó ella, señalándole la zapatilla izquierda con la punta afilada de una aguja de tejer—. Te vas a desnucar antes de que empiece la faena. Anda que si tu madre te viera entrar así a los sitios...

Eloy apoyó la rodilla en el suelo poligonal, bufó y tiró del nudo corredizo deshilachado hasta apretarlo con rabia. Metió la mano en el bolsillo de la cazadora buscando algo de aire, pero solo rozó tres galletas de barquillo convertidas en serrín y pelusa.

—Ya está, abuela. Listo. Descongela esto, que se me duerme la pierna.

—Luego no me llores si sales rebotado.

El marco azul se desvaneció con un zumbido agudo y el mundo recuperó de golpe su peso y su volumen.

Frente a ellos se abría una cámara inmensa tapizada por una alfombra ocre gastada, idéntica a la que cubría el salón de sus padres en 1999, con los mismos bordes deshilachados donde siempre se enganchaban las patas de las sillas. Al fondo, bloqueando un portal de luz blanca que vibraba con un zumbido sordo de cincuenta hercios, se alzaba una pirámide irregular. No eran piedras: eran cientos de huesos de cuero prensado, masticados, baboseados y vueltos a secar, apilados como trofeos de guerra.

Encima de la montaña, recortado contra el brillo pixelado, aguardaba Corcho.

El perro mestizo tenía el tamaño de un ternero robusto. Su pelaje canela, renderizado en planos ásperos que encajaban con costuras visibles, se erizaba a lo largo del lomo mientras sus fauces cuadradas dejaban escapar un gruñido grave, rítmico, que hacía vibrar el suelo bajo las suelas de Eloy.

—Corcho... —susurró el chico, dando un paso vacilante al frente.

Objeto detectado en mano derecha: [Espada de madera de pino (Nivel 1) - Durabilidad: 12/12. Daño por golpe: 3-5. Descripción: Rama toscamente afilada con navaja durante un campamento de verano].

El crujido hueco de un hueso de cuero partiéndose bajo su suela rompió el compás.

Corcho alzó las orejas puntiagudas, clavó en él dos ojos oscuros sin pupilas definibles y soltó un ladrido que sonó como dos chapas de hierro chocando a toda velocidad. Saltó desde la cima de la pila sin perder el equilibrio y aterrizó a cuatro patas sobre la alfombra ocre, levantando una nube de polvo que olía a tierra de patio y a lluvia vieja.

—No te va a pedir la patita, Eloy —dijo Consuelo desde atrás, balanceando las piernas sobre la banqueta sin soltar el ovillo de lana—. Te reconoce, sí, pero aquí eres un invasor con armadura barata. Para él solo eres un muñeco que hace ruido.

—Tiene la pelota Penn —respondió Eloy sin apartar la mirada del animal—. La amarilla chillona que perdió debajo de la leñera el invierno de las heladas.

—Tú sabrás lo que haces con el palo. Pero te advierto una cosa: no puedes subir de nivel destrozando lo único que te esperaba despierto en la penumbra del pasillo.

Eloy bajó apenas dos centímetros la punta de la rama. Entre los huesos masticados asomaba un trozo de cinta aislante negra pegada a un cartón de leche descolorido. Un residuo estúpido de cuando Corcho entraba en la cocina a robar basura mientras nadie miraba, esperando que alguien fingiera enfadarse solo para perseguirlo por el pasillo con una zapatilla en alto.

Silencio.

El perro dio tres pasos laterales, calculando la distancia. Su cola corta y mocha daba latigazos secos contra el aire.

Eloy aferró la empuñadura de madera astillada. Recordaba perfectamente aquella respiración con silbido en la cocina, los paseos bajo la llovizna cuando nadie más en la casa quería sacar la correa, el roce de ese morro áspero contra la mesa mientras terminaba los deberes de matemáticas a las tantas de la madrugada.

Corcho flexionó los cuartos traseros.

—¡Cuidado con la caja! —gritó Consuelo.

El animal se catapultó hacia delante como un proyectil canela. El aire silbó a su paso. Eloy alzó la espada instintivamente, cerrando los ojos a medias y esperando el impacto demoledor contra su pecho.

Pero el choque no llegó.

Apenas a medio metro de la punta de la madera, las garras del mestizo derraparon sobre la alfombra ocre con un chirrido de goma quemada. Frenó en seco, clavó el hocico contra el suelo y, con un movimiento torpe y familiar, dejó caer el lomo hacia un lado hasta quedar completamente panza arriba entre los huesos triturados.

Sobre su pecho poligonal, flotando en el aire con un parpadeo intermitente de alerta crítica, su barra de estado brillaba en un rojo incandescente, vacía de violencia, esperando con un temblor estático una caricia o el golpe de gracia.

Consuelo dejó caer las manos sobre el regazo y el ovillo rodó un par de palmos por la alfombra ocre hasta detenerse junto a una zapatilla de Eloy. La espada de pino pesaba de pronto el doble, no por la física del juego, sino por la absurda certeza de que cualquier decisión torpe iba a quedar grabada en el disco para siempre.

Fin del Episodio 3 · de 4

La alfombra ocre del trono

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