Nivel uno contra mi perro·Episodio 04

Guardar partida sin apagar la consola

~5 min · 1046 palabras

Eloy bajó la espada de pino hasta que la punta rozó el tejido áspero de la alfombra ocre.

Corcho no atacó. Mantuvo las cuatro patas rígidas hacia arriba, balanceando el lomo con la torpeza pesada de una furgoneta volcada. Entre sus colmillos cuadrados asomaba la lengua pixelada, seca como una bayeta al sol, mientras la barra roja sobre su pecho parpadeaba con la prisa histérica de una alarma de reloj Casio.

—Si le vas a rascar la tripa, hazlo con ganas —soltó la abuela Consuelo sin levantar la vista de las agujas—. Que para medias tintas ya estaba tu tío Ramón cuando le tocaba pintar la cancela del patio.

—No es tan fácil, abuela. Pesa como dos sacos de cemento y tiene la barra de hostilidad al límite.

—Excusas de mal estudiante.

Eloy soltó un bufido y se pasó el dorso de la mano por la frente. La cota de malla de principiante le pellizcó la piel del costado, rígida como un mantel de plástico barato doblado demasiadas veces. Se arrodilló entre dos vértebras de cuero prensado que crujieron bajo su peso con un chasquido hueco, similar al de una caja de zapatos pisoteada.

Corcho dejó escapar un gemido bronco, un sonido de baja frecuencia que hizo vibrar el aire con olor a serrín y pienso barato.

A un paso del hocico de la bestia, casi enterrado bajo una pila desmoronada de golosinas de perro, brillaba un objeto metálico que no pertenecía a la arquitectura digital del castillo.

[Plato de aluminio abollado] Accesorio de intendencia, Peso: 0.3 kg. Recipiente circular con el borde mordisqueado y una hendidura en la base producida por una patada accidental en el verano de 2005. Contiene restos microscópicos de arroz con pollo y una capa indestructible de cal.

Eloy estiró el brazo y apartó tres huesos sintéticos. El cuenco estaba frío. En el fondo, grabadas en el metal gastado, tres letras mayúsculas parpadeaban en blanco quemado:

V-A-C-I-A-R

—Tienes que soltar los puntos, Eloy —dijo Consuelo. La banqueta de madera sobre la que flotaba descendió un palmo, dejando que los flecos de su toquilla rozaran el suelo—. Todos. Los de agilidad, los de temple y los que ganaste dándote cabezazos contra las columnas del pasillo.

—Son casi cuatro mil —protestó él, palpándose los bolsillos de la cazadora vaquera—. Me ha costado Dios y ayuda llegar al nivel tres sin que me desnucara una textura rota. Si los pierdo, vuelvo a ser un muñeco de trapo.

—¿Y para qué quieres ser de hierro si vas a estar solo?

Eloy no contestó.

Se miró las zapatillas. Tenía el cordón izquierdo desatado otra vez, con la punta deshilachada pisada bajo el talón.

—Tu madre me dijo que habías dejado el fútbol sala —comentó ella de pronto, con un tono plano, neutro, cambiando de tema como quien comenta el parte meteorológico.

—Hacía mucho frío en el polideportivo de los Salesianos.

—Siempre andas con frío en los pies.

—Es que las baldosas estaban heladas, abuela.

—Tonterías de señorito.

Silencio.

El televisor gigante e invisible que sostenía la cúpula del cielo emitió un chasquido de estática, proyectando una sombra azul cian sobre el hocico de Corcho. La bestia entrecerró los ojos poligonales, reconociendo el tintineo del cuenco cuando Eloy lo arrastró unos centímetros por la alfombra.

Era el mismo ruido de todas las tardes a las ocho y cuarto.

Eloy envainó la espada de pino en la espalda, sintiendo la madera nudosa presionar contra sus omóplatos a través de la malla. Levantó la mano derecha hacia el menú flotante que titilaba a la altura de sus ojos. El cursor parpadeó sobre la cifra dorada de experiencia acumulada: 3.850 EXP.

Si pulsaba aceptar, la barra descendería a cero sin posibilidad de marcha atrás. Cero armadura, cero bonificación de salto, cero gloria.

Arrastró el icono con el pulgar tembloroso y lo volcó sobre el plato.

Una cascada de chispas amarillentas, densas como granos de maíz crujiente, brotó del aire y cayó rebotando contra el metal abollado con un repiqueteo seco. Cada chispa reducía un dígito de su contador personal. Eloy sintió un aflojamiento físico en los hombros, como si le quitaran de golpe una mochila escolar cargada de enciclopedias mojadas.

Corcho no esperó a que se llenara el fondo. Se dio la vuelta con un movimiento torpe y pesado, clavó las patas delanteras en la alfombra y metió el morro cuadrado dentro del cuenco.

Lamía la luz con fruición desesperada, tragándose los números y las estadísticas a lengüetazos anchos, haciendo girar el plato contra el suelo con ese chirrido estridente que solía sacar de quicio a todo el mundo en la cocina de la casa vieja.

La barra roja de alerta parpadeó por última vez, viró a un verde pálido de hierba recién cortada y se desvaneció en el aire.

Corcho levantó la cabeza, dio dos pasos pesados hacia adelante y apoyó la barbilla húmeda sobre el muslo de Eloy, empapándole los vaqueros con una mancha tibia que olía a río y a lluvia antigua.

Salvar la partida nunca significó derrotar al jefe, sino aceptar volver a casa con las manos vacías pero limpias.

—Ves qué pronto —murmuró Consuelo, guardando las agujas en la faltriquera con un tintineo apagado—. Si cuando no te pones cabezón, hasta pareces espabilado.

—Se ha comido hasta el bonus de resistencia, abuela.

—Que le aproveche. Estaba muy flaco.

El perro soltó un suspiro hondo, cerró los ojos y se dejó caer sobre los pies de Eloy como una alfombra de lana caliente.

Entonces, el zumbido magnético de cincuenta hercios cesó de golpe.

◇

El aire se volvió áspero y espeso.

Eloy abrió los ojos tirado en la moqueta del salón, junto a la butaca de escay.

La luz de la farola se colaba por la persiana e iluminaba la caja de pizza abierta, con los bordes de cartón aplastados y manchados de grasa fría. Frente a él, en el hueco del mueble, el televisor Sanyo de veintiún pulgadas mostraba una pantalla negra, muda, con el led rojo parpadeando en modo de espera.

No había armadura de plástico ni cielo azul cian.

Sólo el frío del suelo colándose por la costura de su cazadora y, descansando sobre sus zapatillas desgastadas, la presión densa e inconfundible de un peso caliente que no proyectaba ninguna sombra.

Fin del Episodio 4 · de 4

Guardar partida sin apagar la consola

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