Nivel uno contra mi perro·Episodio 02

El inventario de la Abuela Consuelo

~6 min · 1149 palabras

Eloy dio un traspié hacia atrás y la suela de goma patinó sobre una masa informe que emitió un clac seco, hueco, como pisar una cuchara de plástico en un cumpleaños infantil.

Bajo la zapatilla izquierda —la que tenía la puntera medio despegada y acumulaba pelusas del felpudo— yacía un hueso de cuero prensado. Estaba modelado con apenas seis caras planas y una textura granulada de color beige sucio. Al pisarlo, no se rompió; simplemente rebotó contra el zócalo con un cascabeleo sordo de dieciséis bits.

—¿Un cuenco de qué? —preguntó Eloy, frotándose la nuca—. Abuela, no me fastidies. No me digas que...

Un tintineo metálico congeló el aire. La niebla cian que ondulaba al fondo del pasillo se detuvo en seco, convertida en un bloque de hielo digital. Consuelo no pestañeaba. Frente a ella se desplegó un rectángulo flotante de azul desaturado con un borde blanco titilante, dentro del cual las letras aparecían a golpes de máquina de escribir.

—Cierra la boca, que se te enfrían las muelas —dijo ella, aunque su boca poligonal no se movía al compás de la voz—. Y ponte derecho. Llevas la espalda como un signo de interrogación desde tercero de la ESO.

El menú de inventario parpadeó entre los dos.

[OBJETO EQUIPADO: Cota de malla de principiante (Nivel 1). Defensa: +3. Textura: Polígonos sin biselar. Efecto secundario: Pica que te mueres.]

Eloy miró hacia abajo justo cuando una cuadrícula de láminas metálicas se materializaba sobre su camiseta de propaganda. La cota de malla poligonal raspaba la piel como plástico rígido sin pulir, rígida en las axilas y con bordes afilados que no se doblaban con las costillas, sino que atravesaban la tela sin romperla, pellizcando con saña.

—Esto corta —protestó él, intentando meter un dedo por el cuello para rascarse la clavícula.

—No corta, abrocha —sentenció Consuelo desde su banqueta—. Y no te quejes, que a tu primo Manolo le compramos una de lana de los saldos de Pryca que daba alergia con solo mirarla y no montó este circo.

—Manolo tiene treinta y cinco años y vende seguros.

—Y bien colocado que está.

El marco azul desapareció con un chasquido agudo. El tiempo volvió a correr de golpe; una corriente de aire templado, cargada de un olor denso a circuito recalentado y cartón grasiento de pizzería de barrio, le despeinó el flequillo.

—Pruébate el movimiento —ordenó la vieja, señalando el pasillo con una de sus agujas de tejer, que no tenían punta sino vértices afilados—. El botón de esquivar se aprieta con suavidad, igual que pelar una patata. Si le das un zarpazo, te llevas media pulpa por delante y te quedas vendido contra la pared.

Eloy flexionó las rodillas. La articulación de la armadura sonó como dos fiambreras chocando dentro de una mochila.

—No sé pelar patatas con suavidad, abuela. Yo uso el pelador ese de plástico que va de lado.

—Una vergüenza de invento —masculló ella—. Anda, rueda.

Dio un salto lateral hacia la derecha. La caja de colisión del zócalo lo escupió en seco con un chirrido sordo que le sacudió los empastes, obligándole a trastabillar dos pasos antes de recuperar el equilibrio. La cota de malla le dejó una franja roja y ardiente en el costado.

—¿Ves? Como un saco de arena —dictaminó Consuelo, sin levantar la vista de su labor—. Tienes los reflejos de un ladrillo.

—Es que la pared no cede ni un milímetro.

—Las paredes nunca ceden, zopenco.

Silencio.

◇

Avanzaron diez metros por el pasillo. Consuelo no caminaba; su banqueta simplemente se deslizaba sobre la alfombra ocre con un zumbido eléctrico continuo, exactamente igual al que hacía el transformador del televisor Sanyo cuando se quedaba encendido toda la noche sin señal.

Eloy hurgó en los bolsillos de su cazadora vaquera mientras caminaba, esquivando otro par de huesos sintéticos esparcidos por las losas. Sacó los restos de una galleta María, partida en tres pedazos y llena de pelusas del forro.

La sopló con desgana.

—¿No había nada de comer en este mapa? —murmuró, metiéndose el trozo más grande en la boca. Sabía a polvo y vainilla rancia.

—Hay caldo en la nevera de arriba, pero no te has molestado en calentarlo —respondió Consuelo sin mirarlo—. Siempre igual. Esperando a que las cosas se hagan solas. Igual que el jardín.

Eloy se detuvo. El trozo de galleta se le quedó pegado al paladar, seco como la yesca.

—El jardín no era solo cosa mía.

—Tú eras el que tenía piernas para salir con la correa antes de que dieran las ocho.

—Tenía exámenes, abuela. Entraba a las ocho y media al instituto y—

Se calló.

No tenía sentido discutir con un bloque de datos que olía levemente a naftalina y a soldadura de estaño. Además, al fondo del recodo se distinguía una estructura familiar: un pedestal hexagonal de plástico negro sobre el que giraba lentamente una tarjeta de memoria de ocho megas, emitiendo un resplandor amarillento que teñía las paredes pixeladas.

A los pies del pedestal descansaba un baúl de hierro oxidado, con remaches del tamaño de tapones de botella y la tapa entreabierta apenas un par de dedos.

—Mira a ver si hay un ungüento ahí dentro —dijo Consuelo, deteniendo su banqueta a un metro del pedestal—. Que traes la cara desencajada y todavía no has visto ni el primer nivel.

Eloy se agachó. El metal del baúl estaba helado, con esa frialdad artificial de los objetos renderizados que no conocen el sol. Tiró de la tapa hacia arriba; las bisagras chirriaron con un audio tan comprimido que parecía el graznido de una gaviota enlatada.

Dentro no había frascos verdes de poción ni tiras de vendas.

Sobre el fondo de chapa carcomida descansaba una pelota de tenis de la marca Penn. El fieltro amarillo estaba desgastado, ennegrecido por la tierra húmeda del patio trasero y surcado por cuatro marcas profundas y paralelas: dos colmillos superiores, dos inferiores, hundidos en la goma con la fuerza desesperada de una mandíbula joven en el verano de 2004.

Eloy la recogió con la punta de los dedos. Aún conservaba un residuo pegajoso, una mezcla fósil de baba seca y césped cortado.

Un perro no guarda rencor; solo se acuerda de la hora de salir.

La frase no apareció en ningún menú azul. Sonó clara, nítida, dicha por la voz cascada de Consuelo justo a su espalda, pero cuando Eloy se giró para mirarla, la anciana seguía inmóvil, tejiendo su ovillo infinito con los ojos fijos en la nada.

Y entonces, desde el piso superior, la alfombra ocre se onduló como la superficie de un estanque al recibir una pedrada.

El aullido cayó sobre ellos como una viga de hormigón. No era el ladrido cascado de un animal enfermo, sino un bramido colosal, amplificado por conos de altavoz invisibles, que hizo vibrar el techo poligonal y soltó una lluvia de píxeles grises sobre los hombros de Eloy.

Fin del Episodio 2 · de 4

El inventario de la Abuela Consuelo

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