Cartucho tibio y orégano frío
~6 min · 1240 palabras
Eloy masticaba el borde gomoso de la masa con el ritmo mecánico de quien no tiene prisa ni esperanza de que mejore el sabor. Era una pizza familiar de cuatro quesos pedida a las diez de la noche anterior, olvidada sobre la mesa baja del salón, y a las cinco de la tarde del domingo ya ofrecía la consistencia exacta de una suela de chancla mojada. Con la uña del pulgar intentó despegar una costra de mozzarella tostada adherida a la solapa del cartón, desistió y se limpió el dedo en la pernera del vaquero.
El televisor Sanyo de veintiún pulgadas zumbaba.
No era un zumbido metafórico ni poético. Era el viejo silbido magnético de cincuenta hercios, ese chirrido agudo e invisible que los transformadores de tubo disparan al aire cuando llevan encendidos más de tres horas seguidas y que solo perciben los perros y la gente que pasa demasiado tiempo sola en casa. La pantalla no mostraba ningún canal: una cortina de nieve grisácea hervía con desgana, salpicada por una barra vertical de estática que cruzaba de izquierda a derecha cada cuatro segundos.
Eloy tragó el último trozo de corteza, que le bajó por la garganta como una canica fría.
Se inclinó hacia delante en la butaca de escay granate —la que crujía con el sonido de un globo desinflándose cada vez que cambiaba el peso de una nalga a la otra— y alargó la mano hacia la consola negra encajada en el hueco del mueble. El aparato desprendía un vaho denso de circuito integrado sobrecalentado, esa mezcla inconfundible de baquelita caliente, polvo churruscado y plástico barato. El cartucho gris, con la pegatina del guerrero con espada medio desgarrada por la esquina superior, estaba tibio al tacto. Llevaba diez minutos atascado en una pantalla negra.
Pensó en darle un golpe seco en la carcasa, justo sobre la ranura, pero—
El zumbido cambió de tono.
No subió de volumen; simplemente se hizo más espeso, como si la frecuencia de la bobina de cobre del televisor ya no vibrase en el aire del salón, sino dentro del cartílago de su mandíbula. Eloy parpadeó. La mota de orégano seco que le bailaba entre dos muelas pareció congelarse.
La nieve de la pantalla se detuvo.
Fue un corte limpio. No hubo truenos ni destellos dramáticos propios de una película de sobremesa. La alfombra ocre del pasillo, esa moqueta áspera con dibujo de rombos descoloridos que su madre se negaba a tirar desde 1994, empezó a estirarse en líneas perfectamente rectas, dividiéndose en baldosas cuadradas cuyos bordes no tenían sombra. Cuando Eloy bajó la vista hacia sus piernas, la tela de su cazadora vaquera había perdido cualquier arruga orgánica: las mangas se quebraban en tres planos poligonales rígidos que le rozaban los codos como láminas de acetato sin pulir.
[Inventario inicial: Cazadora de denim gastada (Defensa +1, abriga regular), zapatillas deportivas con la puntera izquierda medio despegada, doscientos cuarenta pesetas en calderilla y medio paquete de pañuelos arrugados en el bolsillo derecho].
—Qué demonios —murmuró.
Su propia voz sonó comprimida, como sampleada a ocho bits y reproducida a través del altavoz rajado de un radiocasete.
Se puso de pie porque la butaca sencillamente había dejado de existir entre un parpadeo y el siguiente. Ahora pisaba un suelo de losas grises que se extendía en un pasillo interminable, flanqueado por columnas de textura pixelada que no terminaban de encajar bien en las esquinas; la distancia de dibujado era ridícula: más allá de diez metros, todo se disolvía en una densa niebla de color cian desaturado.
Dio un paso torpe hacia delante. El cordón de su zapatilla derecha estaba desatado y arrastraba por el suelo, golpeando contra la piedra virtual.
Crack.
El crujido fue hueco, seco, repugnante. Eloy levantó la suela inmediatamente, temiendo haber aplastado una cucaracha, pero lo que había bajo su pie era un cilindro blanquecino y nudoso, astillado por el centro. Parecía una tira de cuero prensado con forma de fémur, de esos huesos sintéticos masticables que se compran en las tiendas de animales por tres duros. Olía a baba vieja y a perro mojado que se ha secado demasiado rápido contra una alfombra al sol.
Había decenas de ellos, esparcidos por el pasillo como casquillos de bala después de un tiroteo.
De pronto, el mundo se detuvo con un chasquido metálico. El aire adquirió un tono azulado y plano, congelando el polvo flotante en pequeños puntos luminosos. Justo en el centro de su campo visual apareció una caja de texto con marco blanco y fondo cian translúcido, sin antialiasing, escrita en una tipografía de píxeles tan afilada que casi molestaba a la vista.
A dos palmos del suelo, flotando con una ligera oscilación vertical de cuatro píxeles hacia arriba y cuatro hacia abajo, se materializó una banqueta redonda de madera de pino.
Sobre ella estaba sentada su abuela Consuelo.
Llevaba la misma bata guateada con estampado de margaritas amarillas que usaba para regar las macetas del patio los sábados por la mañana, y unas zapatillas de paño a cuadros con la suela de goma gastada. Sostenía entre los dedos un ganchillo de metal que se movía solo, tejiendo una bufanda interminable que caía al vacío y desaparecía antes de tocar el suelo.
—Te dije que te pusieras una camiseta interior antes de salir de la cama, Eloy —dijo ella, sin levantar la vista de la labor. Su voz no salía de su boca, sino que se deletreaba letra por letra en la caja de diálogo con un tableteo constante de máquina de escribir: tac-tac-tac-tac—.
—¿Abuela? —Eloy retrocedió medio paso, tropezando con su propio cordón suelto—. Estás... tú no puedes estar aquí. Tú te moriste en el hospital de Cruces hace siete años.
—Y tú te compraste una moto con el dinero de la libreta de ahorros en vez de pagar el nicho decente que te pedí, pero de eso no estamos hablando ahora, pedazo de sinvergüenza —respondió Consuelo, deteniendo el ganchillo en el aire para señalarle con la punta metálica—. Además, mira qué pelos traes. Pareces un espantapájaros de feria.
—Esto es un sueño. Me ha sentado mal el queso. El orégano estaba verde oscuro, casi negro...
—Ni sueño ni gaitas. Esto es lo que guardas en la cabeza, bobo.
La anciana dejó la labor en su regazo poligonal y apoyó las manos sarmentosas sobre las rodillas. La banqueta pegó un leve brinco hacia abajo, como si amortiguara el cambio de postura, y volvió a quedar suspendida sobre el vacío cian.
—La nostalgia no es un santuario; es una habitación sucia que olvidaste barrer hace veinte años —sentenció ella, y por primera vez le miró directamente a la cara con unos ojos grises que no tenían nada de píxel y sí todo el reproche lúcido de las mañanas de domingo—. Te crees que este trasto viejo te guardaba los sábados por la tarde de cuando tenías doce años, ¿verdad? El bocata de Nocilla, las tardes sin examen, la lluvia pegando en el cristal...
Eloy no respondió. Se rascó el puente de la nariz con el índice.
—Bueno, pues en esta habitación no solo están los juegos que no te terminaste porque te atascabas en la tercera pantalla —continuó Consuelo, alzando la barbilla hacia el fondo oscuro del pasillo, donde la niebla cian comenzaba a teñirse de un marrón sucio—. Al final del corredor hay alguien esperando. No le has dejado ni un cuenco de agua en todo este tiempo.
Fin del Episodio 1 · de 4
Cartucho tibio y orégano frío
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