Tres metros de visibilidad
~5 min · 1067 palabras
La manija de hierro de la puerta exterior terminó de bajar con un chasquido oxidado y la hoja de chapa se abrió de golpe empujada por una ráfaga de cellisca que apagó la bombilla auxiliar. Un bulto informe envuelto en una lona amarilla empapada cayó de rodillas sobre el felpudo de goma de la cabina nueve, tosiendo con fuerza y dejando un rastro espeso de nieve congelada sobre los tablones.
—¡Cierra, cierra que se cuela todo el puerto dentro! —gritó la figura con una voz ronca que retumbaba en las vigas del techo.
Félix reaccionó antes de que la corriente helada alcanzara la mesa de mezclas. Se lanzó contra la puerta, empujó con todo su peso contra el vendaval y pasó el cerrojo de seguridad mientras el viento aullaba como una sierra circular contra las junturas de goma.
Nieve por todas partes.
Renata guardó la carta del ayuntamiento en el bolsillo interior de su chaquetón con un movimiento seco, sin quitarle los ojos de encima a Félix. La rabia le quemaba detrás de los párpados, pero la emergencia inmediata no concedía tregua.
El hombre del suelo se quitó las gafas de ventisca amarillas y el pasamontañas de lana empapado. Era Paco Ezcurra, el veterano conductor del camión quitanieves comarcal. Tenía las cejas cubiertas de escarcha dura y una brecha en la ceja izquierda que manchaba de rojo la solapa de su impermeable.
—Se ha ido la máquina en la curva de las Hayas —dijo Paco, sentándose con pesadez en el taburete bajo y frotándose los muslos con manos hinchadas por el frío—. Una placa de hielo negro de veinte metros. La pala delantera quedó clavada en el talud y casi me voy barranco abajo hasta el fondo del torrente. Tuve que subir a pie el último kilómetro agarrándome a los mojones de la carretera.
—Estás sangrando, Paco —dijo Renata, cogiendo el botiquín de chapa de la pared.
—Es un rasguño de nada, muchacha. Lo grave es que el camión corta los dos carriles del puerto. Si alguien intenta subir en coche desde el pueblo antes del amanecer se va a estrellar de lleno contra la tolva de sal.
Félix señaló con el pulgar hacia la consola encendida: el piloto rojo seguía brillando y los vúmetros temblaban con el rumor de la respiración agitada de Paco.
La complicidad es eso que aparece cuando dos personas descubren que están fingiendo el mismo tipo de seguridad.
Renata entendió la seña al instante. Colocó una gasa limpia sobre la frente del conductor, ajustó el brazo del micrófono principal frente a la boca de Paco y deslizó un papel amarillo sobre la mesa con tres palabras escritas en rotulador: Dilo al aire.
—Paco —dijo Renata con voz templada mientras abría el canal dos de modulación—, estás en directo en Radio Solana para todo el valle. Explica con calma exactamente dónde está bloqueada la calzada.
Paco pestañeó desorientado al ver la luz roja, pero el instinto de treinta años cuidando la carretera se impuso al desconcierto. Se inclinó hacia la esponja negra del micrófono y describió el punto exacto del accidente: la curva cerrada del kilómetro doce, el peligro de la nieve virgen y la recomendación tajante de no encender los motores en ninguna aldea hasta que amaneciera y llegara la grúa pesada de la capital.
Durante cuarenta minutos, la cabina nueve coordinó la seguridad del valle con una precisión milimétrica. Renata organizaba las llamadas de los conductores atrapados en la vertiente sur; Félix calibraba los transmisores para que la voz no se distorsionara por el frío; y Paco respondía preguntas prácticas con su habitual franqueza campesina, convirtiendo una catástrofe en una conversación comunitaria que mantenía despierto al valle.
Hubo momentos de humor espontáneo entre la tensión.
Cuando un ganadero de los caseríos altos preguntó si podía bajar con el tractor a buscar tabaco, Paco soltó una carcajada seca ante el micrófono que sacudió los niveles de audio: «Si bajas esta noche con el tractor, Manolo, vas a llegar a La Solana rodando por el barranco y con los cigarros mojados. Quédate en la cocina y ponle otra astilla a la estufa».
Renata sonrió al otro lado del cristal, mirando a Félix mientras este bajaba con elegancia la ganancia del master para que la risa de Paco no saturara la señal. Por primera vez en seis meses de rivalidad sorda en los pasillos de la emisora, no había cuentas pendientes entre ellos: solo dos personas sosteniendo una frecuencia viva en mitad de la ventisca.
A las cinco y media de la madrugada, Paco se quedó dormido sentado en el banco de herramientas, roncando con ritmo pesado con la cabeza apoyada en un rollo de cable de repuesto.
Renata bajó la música de fondo a un nivel casi imperceptible y se quitó los auriculares. Se cruzó de brazos frente a la mesa, mirando a Félix fijamente a través de la penumbra.
—Ahora me vas a explicar la carta —dijo ella en un susurro cortante—. La carta con el sello de la alcaldía donde me quitan la plaza para dártela a ti sin concurso.
Félix se pasó la mano por la nuca, cabizbajo. Tenía los hombros caídos y el destornillador abandonado sobre la libreta de incidencias.
—Iba a renunciar esta noche, Renata —dijo él despacio, sin levantar la vista—. Mi tío es teniente de alcalde. Arregló la resolución por su cuenta para que no tuviera que cerrar el taller de mi padre. Me enteré hace tres días cuando me llegó la notificación a casa. Subí hoy al repetidor con la intención de dejar la carta en el buzón de don Amador y marcharme a Zaragoza.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes de subir al puerto?
—Porque eres mejor locutora que yo y me daba vergüenza mirarte a la cara sabiendo que ibas a pensar que soy un enchufado de pueblo.
Renata abrió la boca para replicar, pero un chillido agudo y ensordecedor reventó por los altavoces de control de la cabina. Las agujas de los diales rebotaron violentamente contra el tope derecho con un zumbido estridente de radiofrecuencia.
A través de los monitores de retorno se filtró un chasquido de estática espesa, seguido por una voz metálica y entrecortada que entraba por el canal de enlace exterior:
—Repetidor del Turbón, corten la emisión de inmediato. Están interviniendo una frecuencia no autorizada y hay una patrulla subiendo por la pista sur.
Fin del Episodio 3 · de 4
Tres metros de visibilidad
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