Modulación de mañana
~5 min · 1030 palabras
El chillido de estática cesó tan bruscamente como había empezado, dejando en los altavoces de la cabina el ruido hueco de un motor diésel acelerando en primera marcha sobre nieve compacta. A través del cristal empañado del ventanuco, dos faros halógenos amarillos cortaban la ventisca desde la curva del pino, barriendo la fachada de chapa de la cabina nueve con un haz cegador.
Paco se despertó de golpe sobre el banco de herramientas, restregándose los ojos con las palmas encallecidas.
—Ese ruido es el Patrol de don Amador —dijo Paco con un bostezo ronco—. Conoce esa subida con los ojos cerrados desde que no había ni carretera asfaltada.
Félix y Renata intercambiaron una mirada rápida en silencio. No había tiempo para reproches ni disculpas largas. Félix comprobó los niveles de modulación en la consola y le tendió a Renata el micrófono de mesa con un ademán limpio y seguro.
—Si nos van a despedir —dijo Félix con una media sonrisa tranquila—, que sea firmando el mejor cierre de emisión que ha tenido esta radio en cuarenta años.
Renata asintió despacio, respiró hondo y abrió el fader maestro hacia la máxima ganancia.
—Siete de la mañana en Radio Solana —dijo Renata con voz templada y firme, mientras las primeras luces del amanecer teñían de rosa pálido las crestas nevadas del Turbón—. El temporal de nieve comienza a remitir en la cabecera del valle. La máquina quitanieves sigue bloqueando la curva de las Hayas en el kilómetro doce, pero ningún vecino ha sufrido daños. Quédense en casa, preparen café caliente y escuchen las recomendaciones de los servicios comarcales. Les hemos acompañado toda la noche desde la cabina nueve. Gracias por dejarnos entrar en sus cocinas.
Félix bajó la música instrumental con suavidad milimétrica, cerró los potenciómetros y pulsó el conmutador de desconexión. El testigo rojo de EN EL AIRE se apagó por fin con un chasquido metálico que sonó a tregua.
Silencio.
Un silencio redondo y denso que llenó cada rincón de la cabina. Durante unos segundos solo se escuchó el zumbido suave del alternador exterior y el goteo de la escarcha derritiéndose sobre el marco de hierro de la ventana. Félix revisó el panel de telemetría: la antena había sostenido cinco kilovatios limpios sin una sola caída de señal desde las dos de la madrugada.
La puerta exterior se abrió despacio sin aspavientos. Don Amador entró sacudiéndose la nieve de las botas de cuero en el felpudo de goma, con una zamarra de pastor cubierta de escarcha y una boina calada hasta las cejas. En la mano izquierda sostenía una fiambrera de hojalata y en la derecha un termo grande de café con leche que despedía un vapor aromático.
Atrás quedaba la tormenta.
El director miró los cables quemados por el café, el charco en el suelo, a Paco con la venda en la ceja y a los dos jóvenes de pie junto a la consola con ojeras profundas y los abrigos manchados de grasa de alternador.
—Ha sido una noche ruidosa —dijo don Amador con su voz cavernosa, dejando el termo sobre la mesa de pino con un golpe seco—. En ochenta años de vida no había visto a todo el pueblo pegado al transistor desde las elecciones del setenta y siete. Mi cuñada en las Hayas dice que la voz de la chica la salvó de una crisis de angustia, y el veterinario de abajo asegura que el chico del taller le explicó cómo purgar la caldera de la granja mejor que el técnico oficial de la marca.
Don Amador abrió la fiambrera sobre la mesa de herramientas. Dentro había media hogaza de pan de centeno recién cortada, mantequilla salada envuelta en papel encerado y una lata de sardinas en aceite de oliva. Sacó una navaja de mango de asta del bolsillo del chaleco y cortó tres rebanadas gruesas.
—Comed algo antes de que se os enfríe el estómago —ordenó el viejo, pasando los trozos de pan—. Esta emisora se montó en la riada del ochenta y dos con un transmisor clandestino de pesca para coordinar las barcas de rescate. Desde entonces ningún alcalde ha entendido que una radio local no es un sueldo municipal ni una tribuna de discursos: es un timbre que suena en todas las cocinas del valle a la vez.
Don Amador sacó del bolsillo interior de su zamarra una carpeta azul con dos folios grapados. Encima del papel había un bolígrafo de plástico mordisqueado en el extremo.
—He hablado con el alcalde a las cinco desde el todoterreno —continuó el anciano, señalando las hojas con el índice torcido—. La resolución anterior de la plaza única se va a la papelera del juzgado de paz. La emisora necesita dos voces para cubrir la mañana: una que sepa hablar con la gente sin asustarla y otra que sepa mantener los cacharros funcionando cuando el cielo se cae encima.
No hacía falta inventar palabras brillantes cuando la verdad cabía en un café caliente y una frecuencia limpia.
Renata miró el contrato de co-dirección redactado a mano con notas a lápiz en los márgenes. Cubría el magacín de siete a diez de la mañana: parte de nieve, noticias de la vega, entrevistas a pie de calle y música seleccionada a mano. Luego miró a Félix, que la observaba con los ojos atentos y una timidez sincera que nunca le había visto en el pueblo.
—Solo firmo si el termo de café se queda a dos metros de la mesa de mezclas —dijo Renata con ironía limpia.
—Acepto la cláusula de seguridad —respondió Félix, pasándole el bolígrafo.
Renata estampó su firma con trazo rápido y firme en la primera línea. Félix firmó debajo con caligrafía ancha de taller mecánico. Don Amador recogió las hojas, les sirvió dos tazas de café con leche del termo y anotó con tiza blanca las 08:14 en el libro de incidencias de la pared.
Salieron juntos al andén de carga de hormigón. El aire helado de la mañana les despejó la cara mientras contemplaban el valle de La Solana abrirse bajo la nieve reciente, esperando el sonido del primer autobús de línea que subía abriendo huella por la carretera del puerto.
Fin del Episodio 4 · de 4
Modulación de mañana
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.
Para seguir leyendo

Solo para dos violines
Sara Ospina y Matías Calle llevan seis años disputándose el primer atril del conservatorio de Medellín a golpe de miradas asesinas y ensayos feroces. Cuando el maestro Ezequiel Pineda los obliga a tocar juntos en la gala del Teatro Lido, con el delegado vienés Franz Gruber en la fila dieciocho y un viaje a Viena en juego, cada compás compartido los empuja a hundir al rival o a confesar lo que nunca se dijeron.