La línea de guardia
~5 min · 1074 palabras
El timbre del teléfono fijo de la cabina nueve sonaba como un martillazo sobre zinc cada tres segundos. Renata Ibars se quedó inmóvil junto a la mesa de mezclas con el trapo húmedo en la mano, mientras Félix Otal intentaba secar las hendiduras del potenciómetro maestro con la manga de su camisa de franela. El piloto rojo de EN EL AIRE no parpadeaba: ardía fijo, reflejándose en las lentes de las gafas de Renata como una advertencia judicial.
—No descuelgues —susurró Félix entre dientes, sin mirarla—. Si descuelgas sabrá que estamos dentro y que hemos puenteado la consola por negligencia con un termo de café.
—Si no descuelgo enviará a la patrulla de la Guardia Civil del puerto a ver si nos hemos congelado dentro del coche municipal —replicó ella, arrebatándole el trapo—. Y cuando encuentren la antena transmitiendo estática a plena potencia nos abrirán expediente disciplinario a los dos.
El teléfono volvió a sonar.
Tres timbrazos largos.
Renata agarró el auricular de baquelita pesada con los dedos tiesos y apretó la horquilla contra la oreja.
—Radio Solana, frecuencia de emergencia —dijo con la voz más firme y profesional que pudo improvisar, estirando la espalda como si estuviera frente a un tribunal de oposición.
Al otro lado de la línea no tronó la voz ronca de don Amador. Se escuchó un carraspeo tímido, el crepitar de leña húmeda en un hogar de piedra y una respiración fatigada.
—¿Hija? ¿Eres la chica de las noticias de las dos? —preguntó una voz de mujer mayor, quebrada por la tos—. Habla doña Asunción, la cuñada de Amador. Estoy sola en su casa de las Hayas Altas, que él ha bajado al pueblo con el todoterreno. Se ha caído el tendido de la luz con el peso de la nieve y el termómetro de la cocina marca bajo cero. Tenía encendido el transistor de pilas para no dormirme con el frío y os he oído discutir como dos novios enfadados. Decidme si la quitanieves va a subir esta noche o si me meto en la cama vestida con el abrigo de pana.
Félix alzó la cabeza de golpe desde los cables. Se llevó un dedo a los labios y señaló el micrófono de condensador que colgaba del brazo articulado: la ganancia de entrada estaba abierta al máximo.
Cuando el valle entero se queda a oscuras, la gente no busca noticias; busca una voz humana que no tartamudee.
Renata tragó saliva despacio, acercó el codo hacia la mesa y bajó con suavidad el fader de los graves para amortiguar el zumbido de fondo del generador.
—Buenas noches, doña Asunción —dijo Renata al micrófono, modulando con esa calidez limpia que practicaba cada noche frente al espejo de su habitación—. Quédese tranquila junto a la chimenea. La máquina quitanieves comarcal tiene orden de despejar primero los accesos a las bordas altas del valle. No apague la radio. Nos quedamos con usted hasta que amanezca.
Félix la miró con las cejas arqueadas, sorprendido por la rapidez de su reflejo. Sin decir palabra, deslizó los auriculares por su cuello y le pasó un casco a ella. Luego buscó en el cajón de madera bajo la consola y sacó un viejo reproductor de casetes conectado por una clavija suelta. Pulsó la tecla de play con el pulgar: una melodía instrumental de guitarra acústica grabada en una cinta de gasolinera comenzó a sonar a través del canal auxiliar, llenando el silencio de la comarca con una calma tibia.
Durante las dos horas siguientes, la cabina nueve dejó de ser un refugio precario para convertirse en el único faro sonoro de La Solana. Los vecinos de los caseríos incomunicados comenzaron a llamar por turnos al teléfono de guardia: ganaderos preocupados por el tejado de los establos, un camionero de Burgos atrapado en el túnel del desfiladero y dos maestras de escuela que no podían regresar a la capital.
Renata gestionaba las llamadas con libreta y bolígrafo azul, apuntando coordenadas y niveles de nieve, mientras Félix verificaba las conexiones del mástil y daba instrucciones técnicas a los conductores con tono pausado.
—La presión del gasóleo baja con el hielo —explicaba Félix al micro, respondiendo a un transportista detenido en el kilómetro nueve—. Si no arranca a la primera, no insistas con la llave. Calienta el filtro con un paño seco y espera diez minutos antes de volver a tirar del cebador.
—Y para los que estéis escuchando desde la Solana Baja —intervenía Renata con una sonrisa que se notaba en la voz—, el panadero de la travesía nos avisa por teléfono fijo de que tiene el horno de leña encendido. No salgáis a la calle; mañana a las ocho repartirá con cadenas por la pista principal.
—Tienes buena voz cuando dejas de fingir que estás leyendo el Boletín Oficial del Estado —murmuró Félix mientras Renata daba paso a una cuña musical.
—Y tú eres casi tolerable cuando no usas el sarcasmo para esconder que te tiemblan las manos —respondió ella con una sonrisa cansada, pasándole la taza de lata.
Félix sonrió de lado y se agachó para ajustar el ventilador del alternador diésel, que empezaba a toser humo blanco por la rejilla de ventilación. Al inclinarse, el forro interior de su chaquetón de cuero gastado se rasgó contra la esquina afilada del bastidor metálico. Un sobre rectangular de papel grueso cayó al suelo entre las tablas de pino.
Renata se agachó para recogerlo antes de que el charco de nieve derretida lo estropeara.
Era una carta oficial del Ayuntamiento de La Solana, con el escudo municipal en tinta dorada y un sello rojo de entrada fechado dos semanas atrás. En la primera línea mecanografiada destacaba su propio nombre completo: Renata Ibars Vidal. Encima del texto, una línea roja tachaba la resolución del concurso de locución matinal.
Renata abrió el pliego con los dedos entumecidos. La plaza fija no estaba abierta a oposición libre: había sido adjudicada directamente por designación técnica de urgencia quince días antes del temporal, a nombre de Félix Otal.
Alzó la vista despacio hacia él. Félix la miraba con el destornillador suspendido en el aire y la respiración clavada en la garganta.
Antes de que Renata pudiera pronunciar una sola palabra, un golpe seco y tremendo sacudió la chapa blindada de la puerta exterior, haciendo temblar los cristales de la cabina. Desde la ventisca salvaje de la noche, la manija de hierro comenzó a girar hacia abajo con un crujido metálico.
Fin del Episodio 2 · de 4
La línea de guardia
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