El testigo rojo
~6 min · 1124 palabras
El termómetro de mercurio atornillado al marco exterior de la cabina marcaba cuatro grados bajo cero cuando el viento del norte arrancó la antena de telefonía del tejado. Renata Ibars estaba sentada frente a la mesa de contrachapado gris con el chaquetón de plumas abrochado hasta la barbilla y los guantes de lana sin dedos puestos, tecleando con dos dedos en un portátil que llevaba media hora avisando de batería baja. A través del ventanuco de doble cristal con rejas de hierro, el pico del Turbón era solo una mancha blanca donde la ventisca borraba las copas de los pinos negros y los hitos de piedra de la pista forestal.
—Si sigues aporreando el teclado con esa furia vas a partir la barra espaciadora —dijo Félix Otal desde el suelo, con medio cuerpo metido bajo el rack de amplificación y una linterna de dinamo apretada entre los dientes—. Y te recuerdo que este equipo pertenece al patrimonio municipal de 1986. No hay repuestos en doscientos kilómetros a la redonda.
—Estoy redactando el parte meteorológico de las siete, Félix. Ese que tú deberías haber transmitido hace cuarenta minutos si no te hubieras empeñado en subir con los neumáticos de verano.
—Subí con cadenas en el maletero, querida compañera. Que la pendiente del puerto tenga un cuarenta por ciento de inclinación y hielo vivo bajo la cellisca no es culpa de mi conducción, sino de la desidia del concejal de obras públicas.
Félix soltó una carcajada breve que terminó en un golpe seco de metal contra metal. Se deslizó hacia afuera sobre el linóleo desgastado con el mono de faena cubierto de grasa de transformador y una llave inglesa del doce en la mano derecha. Tenía el pelo castaño revuelto, tiznado en la sien por el hollín del tubo de escape del alternador diésel que zumbaba con ritmo constante detrás del tabique de chapa.
—Además —añadió él, incorporándose de un salto y sacudiéndose las rodillas con desgana—, no hay nadie escuchando. Con este temporal se ha caído el transformador de La Solana. Medio valle está a oscuras y con las velas encendidas.
—Don Amador tiene un transistor a pilas en la mesilla de noche —replicó Renata sin levantar la vista de la pantalla, con la lana tiesa de la bufanda raspándole la barbilla—. Y don Amador decide el lunes quién se queda con la locución fija de la mañana. No voy a perder una plaza de funcionaria interina porque a ti te dé pereza empalmar dos cables coaxiales.
—Qué obsesión con la plaza fija, Ibars. Te vas a marchitar en este valle antes de cumplir los veinticinco. Aquí la noticia más emocionante del mes es cuando a la cabra del alcalde se le atasca la cabeza en la valla del frontón.
—Es estabilidad, Félix. Una palabra que tú no conoces porque sigues viviendo en la buhardilla de tus padres reparando tostadoras viejas.
Silencio.
El comentario había salido más afilado de lo previsto. Félix bajó la llave inglesa despacio y la dejó sobre la chapa galvanizada de la mesa con un chasquido sordo. La mueca burlona de Félix desapareció de golpe, dejando a la vista una sombra cansada alrededor de los ojos.
—Mi padre levantó ese taller con sus manos antes de enfermar —dijo él en voz baja, sin rastro de burla—. No me avergüenza arreglar lo que otros tiran a la basura.
Renata se mordió el labio inferior. La pantalla del portátil parpadeó dos veces en blanco y se apagó de golpe, dejándolos a solas con el zumbido ronco del generador y el crujido del granizo estrellándose contra el cristal.
La oscuridad en la cabina nueve tenía el peso denso del polvo acumulado durante cuatro décadas de transmisiones olvidadas. Solo la bombilla de emergencia de doce voltios, alimentada por la batería del Panda encallado en la cuneta exterior, arrojaba un círculo mortecino sobre la consola de emisión analógica.
Hacía frío.
Un frío seco que se colaba por las rendijas de ventilación y mordía los tobillos a través de los calcetines de montaña. Renata apoyó la espalda contra el radiador apagado, frotándose las manos para recuperar el tacto en las yemas. En el rincón, Félix encendió un hornillo de gas de acampada con una cerilla que soltó un olor breve a azufre.
—Toma —dijo él, alargándole una lata abollada con agua tibia de nieve derretida—. No es café de filtro, pero al menos te calentará las palmas.
—Gracias —murmuró ella, sorprendida por el gesto.
—No te acostumbres, Ibars. Sigo queriendo la plaza de la mañana tanto como tú.
—Ya lo sé. Pero admitirás que tu dicción suena a carretero de segunda.
—Y la tuya suena a locutora de trenes de cercanías anunciando retrasos con voz de cera.
Renata no pudo evitar una sonrisa rápida que escondió detrás del borde de la lata. Durante dos minutos no dijeron nada, escuchando el aullido del temporal golpeando los tirantes tensores de la torre de acero exterior.
Renata estiró el brazo para alcanzar su termo de acero inoxidable con pegatinas de emisoras universitarias que descansaba junto al rack de potencia. Tenía los dedos tan entumecidos que el metal resbaló entre sus palmas enguantadas. El tapón de rosca cedió y medio litro de café negro hirviendo cayó directamente sobre el teclado de conmutación de la mesa de mezclas.
—¡Renata, aparta eso! —gritó Félix, abalanzándose sobre la consola.
Chispas azules saltaron con un silbido de azúcar quemado. Un relé interior chasqueó con la fuerza de un resorte roto y el ventilador del transmisor principal empezó a girar a máxima potencia.
Sobre el dintel de la puerta de contrachapado, una caja rectangular de baquelita que llevaba tres inviernos desconectada se encendió de improviso con una llamarada roja brillante. Las letras de plástico blanco destacaban con nitidez implacable contra la penumbra de la sala: EN EL AIRE.
—Dime que eso es un corto del fusible —susurró Renata, retrocediendo un paso.
—No es un corto —respondió Félix, mirando los vúmetros analógicos de aguja que oscilaban frenéticamente hacia la zona roja de modulación—. El café acaba de puentear el relé maestro de emisión directa. Estamos transmitiendo en el 102.4 a cinco kilovatios de potencia hacia toda la comarca.
Una cabina de radio a dos mil metros es el peor lugar del mundo para descubrir que tu enemigo tiene razón.
Antes de que ninguno de los dos pudiera desconectar el cable de tierra, el teléfono de baquelita negra empotrado en la pared del fondo —mudo y cubierto de telarañas desde las tres de la tarde— comenzó a repicar con timbrazos secos y continuos. En el pequeño visor digital de cristal líquido iluminado por la luz roja del piloto, parpadeaba el número privado que ambos conocían de memoria: el teléfono del domicilio particular de don Amador.
Fin del Episodio 1 · de 4
El testigo rojo
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