Mujercitas·Episodio 01

Haciendo de peregrinos · I

~12 min · 2351 palabras

La Navidad no será Navidad sin ningún regalo —se quejó Jo, tendida en la alfombra.

—¡Es tan terrible ser pobre! —suspiró Meg, mirando hacia abajo su viejo vestido.

—No me parece justo que algunas chicas tengan montones de cosas bonitas y otras chicas nada en absoluto —añadió la pequeña Amy con un sollozo ofendido.

—Tenemos a papá y a mamá, y nos tenemos la una a la otra —dijo Beth contenta desde su rincón.

Los cuatro rostros jóvenes sobre los que brillaba la luz del fuego se iluminaron ante las alegres palabras, pero volvieron a ensombrecerse cuando Jo dijo con tristeza: —No tenemos a papá, y no lo tendremos por mucho tiempo. —No dijo «tal vez nunca», pero cada una lo añadió en silencio, pensando en el padre muy lejos, allí donde se luchaba.

Nadie habló durante un minuto; luego Meg dijo en otro tono: —Ya sabéis que la razón por la que mamá propuso no hacer ningún regalo estas Navidades fue porque va a ser un invierno duro para todos; y piensa que no debemos gastar dinero en placeres, cuando nuestros hombres están sufriendo tanto en el ejército. No podemos hacer gran cosa, pero podemos hacer nuestros pequeños sacrificios, y debemos hacerlo con alegría. Pero me temo que yo no lo hago —y Meg sacudió la cabeza, al pensar con pesar en todas las cosas bonitas que deseaba.

—Pero no creo que lo poquito que gastáramos sirviera de nada. Cada una tenemos un dólar, y el ejército no se ayudaría mucho con que lo demos. Estoy de acuerdo en no esperar nada de mamá ni de vosotras, pero de verdad quiero comprarme Undine y Sintran. Lo deseo desde hace tanto tiempo —dijo Jo, que era un ratón de biblioteca.

—Pensé gastar el mío en música nueva —dijo Beth con un pequeño suspiro que nadie oyó salvo el cepillo de la chimenea y el agarrador.

—Me compraré una bonita caja de lápices de dibujo Faber; de verdad los necesito —dijo Amy con decisión.

—Mamá no dijo nada de nuestro dinero, y no querrá que renunciemos a todo. Comprémonos cada una lo que queramos y divirtámonos un poco; ¡estoy segura de que trabajamos bastante para ganárnoslo! —exclamó Jo, examinando los talones de sus zapatos de un modo varonil.

—Sé que yo sí lo hago, enseñando a esos niños pesados casi todo el día, cuando estoy deseando disfrutar en casa —comenzó Meg, de nuevo con su tono quejumbroso.

—Tú no lo pasas ni la mitad de mal que yo —dijo Jo—. ¿Cómo te gustaría estar encerrada durante horas con una vieja señora nerviosa y quisquillosa, que te tiene de aquí para allá, nunca está contenta y te atormenta hasta que estás lista para volar por la ventana o llorar?

—Es malo enfadarse, pero creo que lavar los platos y mantener las cosas ordenadas es el peor trabajo del mundo. Me pone de mal humor y se me quedan las manos tan rígidas que no puedo practicar bien en absoluto. —Y Beth miró sus ásperas manos con un suspiro que cualquiera habría podido oír esta vez.

—No creo que ninguna de vosotras sufra como yo —exclamó Amy—, porque vosotras no tenéis que ir a la escuela con chicas impertinentes, que os atormentan si no os sabéis las lecciones, se ríen de vuestros vestidos, etiquetan a vuestro padre si no es rico y os insultan cuando vuestra nariz no es bonita.

—Si quieres decir difaman, yo diría eso, y no hablaría de etiquetas, como si papá fuera un frasco de encurtidos —aconsejó Jo riendo.

—Sé lo que quiero decir, y no hace falta que te pongas satírica al respecto. Es apropiado usar buenas palabras y mejorar el vocabularios —replicó Amy con dignidad.

—No os picoteéis la una a la otra, niñas. ¿No desearíais que tuviéramos el dinero que papá perdió cuando éramos pequeñas, Jo? ¡Válgame Dios! ¡Qué felices y buenas seríamos si no tuviéramos preocupaciones! —dijo Meg, que podía recordar tiempos mejores.

—Dijiste el otro día que pensabas que éramos mucho más felices que los niños King, pues ellos se pasaban el día peleando y rabiando a pesar de su dinero.

—Eso dije, Beth. Bueno, creo que lo somos. Pues aunque tenemos que trabajar, nos burlamos de nosotras mismas y somos un grupo bastante alegre, como diría Jo.

—¡Jo usa unas palabras tan vulgares! —observó Amy con una mirada reprobadora a la larga figura tendida en la alfombra.

Jo se incorporó de inmediato, se metió las manos en los bolsillos y se puso a silbar.

—No lo hagas, Jo. ¡Es tan de chico!

—Por eso lo hago.

—¡Detesto a las chicas groseras y poco femeninas!

—¡Odios a las niñatas afectadas y remilgadas!

—Los pajaritos en sus nidos están de acuerdo —cantó Beth, la pacificadora, con una cara tan graciosa que ambas voces ásperas se suavizaron hasta convertirse en risa, y el «picoteo» terminó por esa vez.

—De verdad, chicas, las dos tenéis la culpa —dijo Meg, comenzando a dar sermones a su modo de hermana mayor—. Sois los suficientemente mayores como para dejar los modales de chicos y portaros mejor, Josephine. No importaba tanto cuando eras una niña, pero ahora que eres tan alta y te recoges el pelo, deberías recordar que eres una señorita.

—¡No lo soy! Y si recogerme el pelo me convierte en una, lo llevaré en dos coletas hasta los veinte —exclamó Jo, quitándose la red y sacudiendo una melena castaña—. ¡Odio pensar que tengo que crecer, ser la señorita March, llevar vestidos largos y parecer tan estirada como un aster de China! ¡Es bastante malo ser una niña de todos modos, cuando me gustan los juegos, el trabajo y los modales de los chicos! No consigo superar mi decepción por no ser un chico. Y ahora es peor que nunca, porque me muero por ir a luchar con papá. ¡Y solo puedo quedarme en casa y hacer punto, como una vieja aburrida!

Y Jo sacudió el calcetín azul del ejército hasta que las agujas repiquetearon como castañuelas y su ovillo botó por toda la habitación.

—¡Pobre Jo! Es una pena, pero no se puede remediar. Así que debes intentar contentarte con hacer que tu nombre suene a chico y hacer de hermano para nosotras, las chicas —dijo Beth, acariciando la desgreñada cabeza con una mano que por mucho que lavara platos y quitara el polvo jamás perdería la suavidad en su tacto.

—En cuanto a ti, Amy —continuó Meg—, eres demasiado quisquillosa y estirada. Tus aires tienen gracia ahora, pero vas a convertirte en una petimetra afectada si no tienes cuidado. Me gustan tus buenos modales y tus maneras refinadas de hablar cuando no intentas ser elegante. Pero tus palabras absurdas son tan malas como las groserías de Jo.

—Si Jo es una marimacho y Amy una petimetra, ¿qué soy yo, por favor? —preguntó Beth, dispuesta a compartir el sermón.

—Tú eres un encanto y nada más —respondió Meg con calidez, y nadie la contradijo, pues el «Ratón» era el mimado de la familia.

Como a los jóvenes lectores les gusta saber «qué aspecto tienen», aprovecharemos este momento para ofrecerles un pequeño esbozo de las cuatro hermanas, que seguían haciendo punto en la penumbra, mientras la nieve de diciembre caía silenciosamente afuera y el fuego parpadeaba alegremente en el interior. Era una habitación acogedora, aunque la alfombra estaba descolorida y los muebles eran muy sencillos, pues un par de buenos cuadros colgaban de las paredes, los libros llenaban los huecos, los crisantemos y las rosas de Navidad florecían en las ventanas y una agradable atmósfera de paz hogareña la impregnaba.

Margaret, la mayor de las cuatro, tenía dieciséis años y era muy bonita; era regordeta y rubia, con grandes ojos, abundante y suave cabello castaño, boca dulce y manos blancas, de las cuales era un tanto vanidosa. Jo, de quince años, era muy alta, delgada y trigueña, y recordaba a un potrillo, pues parecía no saber nunca qué hacer con sus largas extremidades, que le estorbaban muchísimo. Tenía una boca decidida, una nariz cómica y unos agudos ojos grises que parecían verlo todo y que alternativamente se mostraban feroces, divertidos o pensativos. Su cabello largo y espeso era su única belleza, pero solía llevarlo metido en una red para que no le estorbase. Jo tenía los hombros encorvados, manos y pies grandes, un aspecto desaliñado en la ropa y la incómoda apariencia de una muchacha que se estaba estirando rápidamente para convertirse en mujer y a la que no le gustaba. Elizabeth, o Beth, como todos la llamaban, era una niña de trece años, de mejillas rosadas, cabello liso y ojos brillantes, de modales tímidos, voz apacible y una expresión serena que rara vez se alteraba. Su padre la llamaba «la pequeña señorita Tranquilidad», y el nombre le iba de maravilla, pues parecía vivir en un mundo feliz que era solo suyo, y del que solo se aventuraba a salir para encontrarse con los pocos a quienes confiaba y amaba. Amy, aunque era la menor, era una persona importantísima, al menos según su propia opinión. Toda una doncella de nieve, de ojos azules y cabello amarillo rizado sobre los hombros, pálida y esbelta, que se portaba siempre como una joven señorita muy pendiente de sus modales. Cómo eran los caracteres de las cuatro hermanas, dejaremos que se descubra.

El reloj dio las seis y, tras barrer el hogar, Beth puso un par de zapatillas a calentar. De algún modo, la visión de los viejos zapatos produjo un buen efecto en las muchachas, pues mamá estaba por llegar y todas se animaron para recibirla. Meg dejó de regañar y encendió la lámpara, Amy se levantó del sillón sin que se lo pidieran y Jo olvidó lo cansada que estaba al incorporarse para acercar más las zapatillas a la lumbre.

—Están de todo punto gastadas. Mamá debe tener un par nuevo.

—Pensé en comprárselos yo con mi dólar —dijo Beth.

—¡No, los compraré yo! —exclamó Amy.

—Soy la mayor —empezó Meg, pero Jo la interrumpió con un decidido—: Ahora que papá está fuera, el hombre de la casa soy yo, y yo proveeré las zapatillas, pues él me mandó que cuidara especialmente de mamá mientras no estuviera.

—Te diré lo que haremos —dijio Beth—: vamos a regalarle algo cada una para Navidad, y no compraremos nada para nosotras.

—¡Eso es propio de ti, querida! ¿Qué le regalaremos? —exclamó Jo.

Todas pensaron seriamente durante un minuto, y entonces Meg anunció, como si la idea le hubiera venido a la mente al ver sus propias manos bonitas: —Le regalaré un buen par de guantes.

—Botas de campaña, las mejores que se pueden conseguir —exclamó Jo.

—Unos pañuelos, todos dobladillados —dijo Beth.

—Compraré un botecito de colonia. Le gusta y no cuesta mucho, así que me sobrará para comprar mis lápices —añadió Amy.

—¿Cómo le daremos las cosas? —preguntó Meg.

—Pongámoslas sobre la mesa, hagámosla entrar y veámosla abrir los paquetes. ¿No te acuerdas de cómo solíamos hacerlo en nuestros cumpleaños? —contestó Jo.

—A mí me daba tanto miedo cuando me tocaba sentarme en la silla con la corona y veros a todas marchar en procesión para darme los regalos con un beso. Me gustaban las cosas y los besos, pero era horrible teneros ahí mirándome mientras abría los paquetes —dijo Beth, que estaba tostando su cara y el pan para la merienda al mismo tiempo.

—Hagamos creer a Marmee que estamos comprando cosas para nosotras y luego démosle la sorpresa. Mañana por la tarde tenemos que ir de compras, Meg. Hay tanto que hacer con la obra para la noche de Navidad —dijo Jo, marchando de un lado a otro con las manos a la espalda y la nariz en alto.

—No Pienso actuar más después de esta vez. Me estoy haciendo demasiado vieja para esas cosas —observó Meg, que seguía siendo tan niña como siempre para los devaneos de «disfrazarse».

—Sé que no vas a parar mientras puedas arrastrarte con un vestido blanco, el pelo suelto y llevar joyas de papel dorado. Eres la mejor actriz que tenemos y esto se acabará si dejas las tablas —dijo Jo—. Tendríamos que ensayar esta noche. Ven aquí, Amy, y haz la escena del desmayo, porque estás tan rígida como un palo en esa parte.

—No puedo evitarlo. Nunca he visto desmayarse a nadie y no me da la gana ponerme toda llena de moratones cayéndome de plano como tú. Si puedo bajar suavemente, me dejaré caer. Si no, me sentaré en una silla con elegancia. No me importa que Hugo venga hacia mí con una pistola —replicó Amy, que no estaba dotada de talento dramático, pero había sido elegida porque era lo bastante pequeña como para que el villano de la obra la sacara en brazos gritando.

—Hazlo así. Junta las manos de este modo y cruza la habitación tambaleándote, gritando frenéticamente: «¡Roderigo! ¡Sálvame! ¡Sálvame!» —y Jo se fue con un grito melodramático que verdaderamente ponía los pelos de punta.

Amy la siguió, pero estiró las manos rígidamente ante ella y avanzó a tirones como si fuera de cuerda, y su «¡Ay!» sugería más que le estaban clavando alfileres que el miedo y la angustia. Jo lanzó un gemido de desesperación y Meg soltó una carcajada, mientras Beth dejaba que su pan se quemara al contemplar la diversión con interés—. ¡No sirve de nada! Haz lo mejor que puedas cuando llegue el momento, y si el público se ríe, no me culpes. Vamos, Meg.

Entonces las cosas marcharon sobre ruedas, pues don Pedro desafió al mundo en un discurso de dos páginas sin una sola pausa. Hagar, la bruja, entonó un conjuro espeluznante sobre su caldero lleno de sapos hirvientes con un efecto fantasmal. Roderigo rompió sus cadenas varonilmente y Hugo murió entre agonías de remordimiento y arsénico con un salvaje «¡Ja, ja!».

—Es la mejor que hemos hecho hasta ahora —dijo Meg, mientras el villano muerto se sentaba y se frotaba los codos.

—No sé cómo puedes escribir y representar cosas tan magníficas, Jo. ¡Eres una auténtica Shakespeare! —exclamó Beth, que creía firmemente que sus hermanas estaban dotadas de un genio maravilloso en todo.

Fin del Episodio 1 · de 96

Haciendo de peregrinos · I

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