Diez años de sal y manteles
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El sol entraba por los visillos de lino blanco dibujando cuadrados dorados sobre una mesa de pino encerado.
La cocina olía a café recién molido, masa de pan leudando bajo un paño de cuadros y tomillo seco colgado de las vigas de madera vieja. Afuera, el graznido de las gaviotas y el rumor acompasado de las olas rompiendo contra las rocas del muelle anunciaban una mañana de marea baja.
Amalia levantó la mano izquierda: en el dedo anular brillaba una alianza de oro gastada, con los bordes redondeados por años de fregar platos y tender sábanas al viento marino.
Se levantó de la mecedora despacio, conteniendo las ganas de llorar. La casa no era una marquesina oxidada, ni una trinchera empapada, ni un archivo blanco. Era un hogar real, con platos de barro en el aparador, una hilera de botas de lluvia junto a la entrada y dos abrigos colgados del mismo perchero de hierro.
La puerta trasera que daba al huerto se abrió.
Entró Óliver con una caja de madera cargada de verduras recién arrancadas: puerros con tierra en las raíces, zanahorias atadas con esparto y un manojo de perejil fresco. Tenía el pelo castaño algo revuelto, líneas de risa en las comisuras de los ojos y vestía un suéter de lana gruesa azul marino con los puños doblados hacia arriba.
—Ya bajó la marea, flaca —dijo él con esa naturalidad cotidiana, sin ceremonia ni sorpresa—. Don Anselmo me guardó dos lomos de corvina para el almuerzo. ¿Se te pasó el dolor de cabeza de anoche?
Dejó la caja sobre la mesada, se secó las manos en el delantal que colgaba del clavo y se acercó a ella.
Le pasó un brazo por la cintura con la comodidad ciega de diez años de convivencia y le dio un beso suave en la sien, justo donde la piel late con más fuerza.
Amalia cerró los ojos y se aferró a la lana de su pecho con los puños cerrados, aspirando su olor: salitre, madera vieja, cáscara de naranja y el jabón de barra de siempre. Su cuerpo entero temblaba.
—Ey... ¿qué pasa? —preguntó Óliver en voz baja, apartándose apenas unos centímetros para mirarla a los ojos con preocupación sincera—. Estás pálida, Amalia. ¿Tuviste otra de esas pesadillas donde no sabés dónde estás?
—No es una pesadilla, Óliver —dijo ella, sintiendo que las lágrimas le rodaban por las mejillas sin freno—. Es que... es que sos tan real acá. Tan bueno.
Óliver soltó una carcajada tibia y le acarició el pelo con la yema de los pulgares.
—Llevamos diez años peleándonos por quién limpia la chimenea y quién saca los perros a las seis de la mañana, y todavía me decís que soy bueno. Sentate. Te voy a servir un café caliente antes de que se enfríe la tostada.
Amalia se sentó en la silla de pino y tomó la taza humeante entre sus manos temblorosas.
Miró el reloj de péndulo de la pared. Las agujas marcaban las nueve y media de la mañana. Sabía que al caer el sol, cuando el cansancio venciera a su cuerpo y sus párpados se cerraran en la cama matrimonial junto al hombre que respiraba a su lado, la gravedad volvería a romperse, el pueblo pesquero se disolvería como azúcar en agua hirviendo y ella despertaría sola en otro rincón del infinito.
—Quedate conmigo hoy —le pidió ella en un susurro, sujetándole la manga—. No vayas al muelle. Quedate acá en la mesa hasta que se apague la luz.
Fin del Episodio 5 · de 6
Diez años de sal y manteles
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