El tren de las dos bocinas
~3 min · 635 palabras
El traqueteo no se parecía al chirrido de los túneles urbanos: era un galope metálico, suave y continuo sobre durmientes de madera petrificada.
Amalia abrió los ojos en un compartimento de segunda clase con asientos tapizados en cuero rojo y cortinas de terciopelo ajado. Por la ventanilla abierta entraba un aire tibio que olía a salitre seco y a sol de mediodía. Afuera se extendía un salar infinito, blanco y cegador como una sábana de cal bajo un cielo de un azul cobalto tan puro que lastimaba las retinas.
El convoy parecía no tener principio ni fin: decenas de vagones de dos pisos enlazados como un ciempiés de hierro atravesando el desierto.
En el pasillo exterior sonó el repiqueteo metálico de un alicate perforador de boletos.
Apareció el revisor. Llevaba el uniforme azul marino de los ferrocarriles del desierto, con botonadura dorada y una gorra con visera de charol. En la solapa izquierda lucía una pequeña insignia de plata con forma de brújula.
Óliver.
—Boleto de tránsito, por favor —dijo él con la cortesía automática del empleado ferroviario que ha revisado diez mil pasajes esa mañana.
Amalia no buscó en sus bolsillos. Se puso de pie en el estrecho compartimento y se plantó frente a él, tapándole el paso.
—No tengo boleto, Óliver. Y vos tampoco deberías tenerlo.
El muchacho suspiró con cansancio burocrático y levantó el alicate.
—Señorita, si viaja sin pase tendrá que apearse en la estación de Salar Chico, y le advierto que el próximo tren pasa dentro de tres semanas terrestres.
—En el pueblo de pescadores me preparaste café de puchero y me besaste en la sien —soltó Amalia, con la voz templada por el dolor de mil despedidas acumuladas—. En la trinchera del río te puse la punta de mi espada en el pecho y me preguntaste por qué soñabas con mi bufanda. Y en Canteras, cuando la lluvia subía hacia el cielo, me pediste fuego para no tener que mirarme a la cara.
Óliver frunció el ceño. Por primera vez, el revisor bajó el alicate a un costado de la pierna.
—¿Qué... qué está diciendo?
—Digo que llevamos doce vidas persiguiéndonos como dos idiotas a través de un espejo roto —dijo ella, dando un paso adelante y extendiendo la mano derecha hacia la solapa de su uniforme.
En el instante en que las yemas de los dedos de Amalia rozaron los botones de latón de la chaqueta de Óliver, no hubo un simple contacto de tela y piel.
Una descarga eléctrica azulada, violenta y chisporroteante, saltó entre sus manos.
El aire del compartimento olió a ozono de tormenta. El tren entero dio un bandazo sobre los rieles, como si una mano invisible hubiera tirado de la palanca de frenado de emergencia.
Óliver dio un traspié hacia atrás, golpeándose la espalda contra el marco de madera del pasillo. Se llevó la mano al pecho, jadeando como si acabara de salir de una inmersión profunda en agua helada.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Las pupilas se le dilataron en un destello de oro puro, idéntico al de las llamaradas de gas del universo dos.
—Tu chaqueta... —balbuceó el revisor, señalando la ropa de ella con un dedo tembloroso—. Tu chaqueta vaquera no era azul marino en la marquesina de Canteras. Tenía los puños deshilachados... y olía a tabaco de tu hermano.
Amalia sintió que el suelo se le abría bajo los pies, pero esta vez no era de terror: era de una alegría salvaje, desbordante y luminosa.
—Te acordás —susurró ella, dando un paso hacia él—. Por fin te acordás.
A lo lejos, en la cabina de la locomotora, la doble bocina del tren del desierto bramó con un sonido desgarrado mientras el cielo azul comenzaba a rajarse en una telaraña de grietas violetas: la arquitectura del multiverso empezaba a crujir.
Fin del Episodio 6 · de 6
El tren de las dos bocinas
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.
Para seguir leyendo

Un novio falso en Cartagena
Para esquivar las preguntas impertinentes de su ruidosa familia en la boda del año en Cartagena, Manuela inventa que llega con pareja formal. La pesadilla estalla cuando el único cómplice disponible resulta ser Rodrigo, el fotógrafo oficial del evento y el mismo chico que le destrozó el corazón en secundaria. Entre tías chismosas, calor sofocante y miradas compartidas tras el lente, sostener la farsa amenaza con reabrir viejas heridas o encender un desastre irresistible.