El asedio de los tres puentes
~3 min · 505 palabras
La lluvia sobre el río Dunas no caía ni subía: se estrellaba de costado, empujada por rachas de viento helado que hacían gemir los tirantes del puente de pontones.
Amalia despertó con una coraza ligera de cuero endurecido ceñida sobre el pecho y una espada de duelo con empuñadura de cazoleta en la mano diestra. El barro de la trinchera le salpicaba las polainas hasta las rodillas. A su alrededor, soldados con capotes impermeables verdes vigilaban la orilla norte a través de aspilleras de sacos terreros.
—¡La capitana está lista! —gritó un corneta a su espalda—. ¡Duelo de honor por el paso del tercer pontón!
Un silbato rasgó la llovizna. Amalia fue empujada hacia la plataforma de madera flotante amarrada en el centro de la corriente turbia.
Desde el extremo sur avanzaba su oponente. Vestía el capote azul pizarra del ejército del delta, con las hombreras empapadas y el rostro cubierto por una máscara de esgrima de malla de acero fino.
El hombre se detuvo a tres metros, clavó la punta de su hoja en la tarima y se levantó la rejilla protectora con un golpe seco de muñeca.
Óliver.
Tenía una cicatriz fresca que le bajaba desde el pómulo derecho hasta la comisura de los labios, el pelo pegado a las sienes por el agua y una mirada feroz, curtida en asedios de artillería.
—Tres toques a la pechera, capitana Varela —dijo él, sin saludar—. El que caiga al río cede la esclusa hasta el cambio de guardia de medianoche.
—No quiero tu esclusa, Óliver —dijo ella, manteniendo la guardia en sexta con la precisión muscular de un cuerpo que no era del todo el suyo—. Quiero que me mires bien a la cara antes de tirar la primera estocada.
El acero chocó con un chasquido agudo que vibró hasta la empuñadura. Óliver atacó con un desenganche rápido hacia el flanco izquierdo; Amalia paró en cuarta y respondió con una riposta que le rozó el botón de la solapa.
Cruzaron hierros en el centro de la plataforma. La madera crujía bajo las suelas claveteadas mientras el río bramaba debajo de ellos.
—Peleás como si me conocieras de toda la vida —jadeó Óliver, empujando con la cazoleta para desequilibrarla—. Y con una rabia que no se aprende en la academia de armas.
—Te conozco de vidas donde no tenías esa cicatriz y sabías sonreír sin parecer un perro guardián —soltó Amalia, esquivando un tajo alto con una flexión de rodillas y apoyando la punta de su espada en el centro exacto de la botonadura azul de él.
Óliver se congeló. La punta de acero presionaba el paño empapado, a milímetros de su corazón.
Durante cinco segundos eternos, bajo el aguacero que borraba los puentes, sus ojos claros buscaron los de ella. No había odio en su mirada; había un desconcierto profundo, una grieta en la coraza militar.
—¿Quién sos? —preguntó en un susurro que la lluvia apenas dejó oír—. He soñado con tus ojos en las guardias de trinchera. Siempre con esa misma bufanda rota.
Fin del Episodio 4 · de 6
El asedio de los tres puentes
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.