Mil versiones de nosotros·Episodio 03

La tinta bajo la muñeca

~2 min · 490 palabras

La luz de este mundo no tenía sombras: caía cenital desde paneles de cristal electroluminiscente empotrados en las arcadas de una ciudad blanca y aséptica.

Amalia despertó sentada en un banco de polímero transparente frente al Archivo Central de Biometrías. Todo el mundo vestía túnicas minimalistas de lino gris y caminaba mirando el dorso de la muñeca izquierda con una devoción obsesiva.

Se miró el brazo: bajo su piel no había números, ni códigos de barras, ni el tenue fulgor azul que emitían las venas de los peatones que cruzaban la plaza.

—Piel limpia —susurró para sí misma—. Una anomalía estadística. Otra vez.

Entró al vestíbulo del archivo siguiendo el sonido de fichas perforadas deslizándose por rieles neumáticos. Detrás del mostrador de clasificación, un joven con el pelo corto peinado hacia atrás sellaba certificados de defunción preventiva.

Tenía los mismos ojos pardos con motas doradas que ella había visto apagarse en tres realidades distintas. Llevaba una chaqueta entallada con el broche de los Escribanos del Tiempo.

—Ficha ciudadana, por favor —pidió él sin levantar la mirada del escáner óptico.

Amalia apoyó la palma abierta sobre el sensor de vidrio.

El aparato emitió un pitido grave de error que hizo levantar la cabeza al funcionario. Óliver la miró fijamente a través de sus anteojos de montura transparente.

—No tiene registro de expiración —dijo él, frunciendo el ceño—. Eso es médicamente imposible. Desde la reforma sanitaria de 2140, todos los ciudadanos nacen con el cronómetro genético sellado en el tejido subcutáneo.

—No soy de este distrito, Óliver.

El muchacho se tensó al escuchar su nombre. Bajó la manga de su uniforme para ocultar su propia muñeca, pero Amalia ya lo había visto: los números bioluminiscentes brillaban con un rojo febril que titilaba con angustiosa regularidad.

00:41:18.

Le quedaban cuarenta y un minutos de vida.

—Tenés que salir de este edificio —dijo ella, inclinándose sobre el mostrador y sujetándole la mano con desesperación—. Dejá las fichas, dejá el sello. Hay una salida de emergencia hacia los jardines del acueducto.

Óliver soltó una risita melancólica, limpia de miedo, y no apartó sus dedos de los de ella.

—¿Por qué se preocupa una extranjera sin tiempo por los minutos que le quedan a un archivista desconocido? —preguntó con voz serena—. Los números no mienten, señorita. El corazón se detiene cuando el suero del marcador se agota. Está programado en los telómeros.

—Los números mienten en mil mundos distintos, idiota —espetó Amalia con lágrimas de rabia quemándole las pestañas—. En uno no sabías qué era un bombillo y me diste media castaña; en otro me pediste fuego en el metro. No voy a dejar que te mueras sentado detrás de un mostrador de plástico.

Óliver la miró con una hondura repentina, como si una campana sumergida hubiera sonado en el fondo de su memoria.

—Castaña... —repitió él, tocándose la comisura del labio—. Qué palabra tan extraña. Nunca la había escuchado, pero me sabe a humo caliente.

Fin del Episodio 3 · de 6

La tinta bajo la muñeca

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